Mostrando entradas con la etiqueta El tacto.... Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El tacto.... Mostrar todas las entradas

martes, 18 de marzo de 2008

Vídeo de ENCONTRES

Aquí os dejo el vídeo de mi intervención en el programa ENCONTRES, emitido el 10 de marzo en Punt dos, canal de Televisión Valenciana.

viernes, 29 de febrero de 2008

EL tacto... en Televisión Valenciana

La dirección del programa ENCONTRES —dirigido y presentado por el escritor Ricardo Bellveser y enfocado como lugar de reunión y conversación de los creadores valencianos alrededor de sus propias creaciones y sobre la actualidad de la cultura valenciana, española y europea— ha tenido la amabilidad de invitarme el próximo 10 de marzo para presentar mi libro de cuentos EL TACTO DE UN BILLETE FALSO.

ENCONTRES se emite en Punt dos, canal de Televisión Valenciana, los lunes a las 23:00 horas, y los viernes a las 02:15 horas.

martes, 19 de febrero de 2008

"El tacto..." en el Ayuntamiento de Alfafar

Siegfried en la forja de Reginn
Siegfried contempla fascinado cómo Reginn forja de nuevo los fragmentos rotos de la espada de su padre regalo de Odin. La espada conquistadora ayudará a Siegfried en la misión que se le ha asignado de matar al dragón Fafnir.
W. Von Hanschild. Fresco 1880
.

El maestro forjador de espadas comenzaba con una barra que consistía en ocho capas de acero separadas por y envueltas en varias capas delgadas de hierro. Esto sería calentado, martillado y doblado repetidas veces, hasta que fuera transformado en una matriz de espada de cerca de mil capas, lista para darle los acabados. Para forjar una espada superior el trozo de metal se debe templar y martillar más de cien veces. Aunque una hoja acabada pesa solamente cerca de 1.2 kilogramos, él tiene que comenzar con 1.8 kilogramos de acero de alta calidad, ya que mucho del metal se quita durante los procesos de limadura final, afilado y pulido.

Hablo de memoria si digo que cuando yo contaba diez años Manolo Montero andaría rondando la treintena. Por aquella época Manolo Montero era uno de los maestros en la escuela municipal de Alfafar en la que yo pasé buena parte de mi infancia. Para mí y entonces Manolo Montero era “Don Manuel”. Nadie puede negar que en la vida se dan momentos, sucesos, anécdotas que con el paso del tiempo despojan al pasado de la normalidad para arroparlo con el esplendor de lo extraordinario; la intervención de personas que a priori parecen como otras pero que con los años acaban dando forma concreta a nuestra existencia y su recuerdo viaja ya para siempre como una lapa adherida a nuestra memoria. Manolo Montero es una de esas personas. Finalicé mis estudios de la antigua educación general básica y me marché a la capital para estudiar bachillerato, pero esos tres o cuatro años en los que coincidimos bastaron para que cada vez que intento trasladarme hasta mi infancia me encuentre con “Don Manuel”. Había otros, sí; recuerdo aquellos cursos en los que cada asignatura la impartía un maestro distinto pero para mi siempre será “Don Manuel”. Y ahora, cuando han pasado nada más y nada menos que tres décadas, me produce una mezcla de vergüenza y orgullo el hecho de que sea “Don Manuel” quien el próximo día 22 de febrero a las ocho de la tarde intervenga en un acto que el Ayuntamiento de Alfafar ha organizado alrededor de mi libro EL TACTO DE UN BILLETE FALSO.

Nadie puede negar que las esquirlas desprendidas en la forja procedan del mismo acero que la espada.

sábado, 2 de febrero de 2008

"El tacto..." en EL LEVANTE

En el suplemento cultural POSDATA del periódico "LEVANTE El mercantil valenciano", correspondiente al 1 de febrero, se incluye la siguiente reseña a El tacto de un billete falso.

Lo cotidiano y lo trivial en los cuentos de Pepe Cervera

Relatos de algunos días

Eva Soler

No se equivocaba Julio Cortázar cuando observaba —sobre la escritura— la validez de cualquier historia con un apropiado método de composición. Los relatos que presenta Pepe Cervera en este breve volumen son la muestra más perceptible de que la realidad más tangible, los hechos más cotidianos y, obviamente, más prosaicos, se pueden convertir en una buena excusa para analizar los dramas y las actitudes humanas en la búsqueda de una supervivencia que es casi siempre moral. A la manera de Raymond Carver, la prosa de este joven autor muestra un estilo natural, convencional, que busca, sobre todo, ahondar en cuestiones aparentemente triviales que tienen, para sus protagonistas, motivos y esencias tan minúsculas como íntimas.

Los relatos, dentro de una línea de calidad meritoria, muestran, no obstante, bastante irregularidad. No es la misma destreza la ejercida en A ras de suelo, pieza magistral que relata los resquicios de ternura existentes entre las ruinas materiales y humanos —una madre toxicómana y su hija afanadas en la búsqueda de jeringuillas— que Monsieur Vatan, le professeur, relato hiperbreve que cuenta con demasiados lugares comunes y que se sale de la órbita trazada por el escritor en este libro de cuentos. Tampoco el barullo de información que crea en el lector el cuento Palabras sueltas —demasiado largo— que la tragedia contenida de CV 500 KM 21, ni la humanidad y pérdida mostrada en el relato 11 de julio de 2004 que Proyectos, donde, tras las primeras páginas, se produce una pérdida de interés en la historia y un manejo del diálogo de manera poco hábil.

No merece la pena dedicarse a narrar los juegos sexuales de un snob francés o darle vueltas a los motivos de un abuelo que rehúsa ver a sus nietos, cuando las historias de los otros comunes mortales son tratadas con tal delicadeza y vocación analítica; es el caso del relato que da título al libro El tacto de un billete falso. Javier recoge a su hija de la casa de su ex-mujer, quien le da un pequeño papel con la dirección del lugar en el que estará; mientras, él lleva a Lucía a un centro comercial donde actúa un mago. El mago convierte un billete falso, un papel doblado transformado en una especie de confeti, en una flor: dos imágenes se cruzan, la del billete falso y la dirección en el pedazo de hoja. No es necesario relatar más: a veces los escritores valen más por lo que callan que por lo que relatan.

Es el mismo mecanismo de ¿Y si es la felicidad? o Cuestión de tiempo. Asistimos a una especie de historia interior, perteneciente al pasado, que se cuela por las hendiduras del presente, a través del punto de vista de los personajes, quienes intentan emerger o sobrevivir, buscar lo que han perdido o lo que, desde una visión lógica de la existencia, les debería pertenecer. Y estos personajes —Javier, Lena o las voces anónimas de El vuelo rasante de las golondrinas— están obcecados en un ir y venir, en la exploración de un centro de gravedad que está cerca, pero que nunca alcanzan y, si lo han alcanzado, produce vértigo. Cervera sabe narrar los sentimientos, precisamente porque no los nombra.

La colección de cuentos que presenta Pepe Cervera en este breve volumen fueron escritos entre 2002 y 2005, año en el que ganó, durante la celebración de los Premios Otoño Villa de Chiva, el Premio Alhóndiga de narrativa breve. Primera publicación en libro del autor, vale la pena sumergirse en sus piezas más breves porque son éstas las que posibilitan al narrador mantener la tensión y hacer participar al lector. Sólo sería necesario un mayor trabajo sobre la prosa para sustraer a este joven autor definitivamente de la medianía.

domingo, 20 de enero de 2008

una reseña a "El tacto de un billete falso"


Agradezco la entrada que Miguel Sanfeliu ha dedicado en su blog, Cierta distancia —enlace que figura en la lista de mis LUGARES DE PASO— a El tacto de un billete falso. Admito que sus palabras me complacen enormemente por lo que tienen de elogio y más viniendo de quien vienen, ya que, aunque todavía no haya tenido oportunidad de conocerlo personalmente, considero a Miguel un hombre con un juicio literario sobradamente sensato —como será fácil comprobar a cualquiera que se asome a su bitácora— y con el que coincido en numerosas ocasiones.

jueves, 18 de octubre de 2007

Presentación de "El tacto de un billete falso"


Juan Pablo Zapater en plena intervención

.

El martes, 16 de octubre de 2007, a la hora en que estaba fijada la presentación de El tacto…, en Valencia no llovía, diluviaba. Sin embargo ni siquiera el diluvio consiguió acoquinar al puñado de amigos que había decidido acompañarme, muchos más de los que sinceramente yo esperaba. Gracias a todos.

El texto que sigue es el que el poeta y amigo Juan Pablo Zapater leyó en el acto.

Reconozco haber asistido a presentaciones literarias de todo tipo: desde aquellas tan tozudamente largas y tortuosas que me hacían jurar para los adentros que esa sería la última vez en que me dejara arrastrar por la cortesía entre escritores, hasta aquellas otras tan fugaces que apenas si consistían en levantar el ejemplar presentado con una mano y un vaso de tubo bien provisto de hielo y alcohol con la otra, mientras se lanzaba a gritos cualquier brindis pretendidamente ingenioso en mitad de un local de moda. También acuden a mi mente aquellas que ensalzaban el libro en cuestión hasta alcanzar el paroxismo, de tal modo que ni el propio autor se veía capaz de asimilar tantas alabanzas juntas sobre su obra, o por el contrario, esas otras que lo hundían con tal saña delante del público asistente, que éste, lejos de acabar deseando su lectura, optaba por escapar de ella, como si de las páginas de instrucciones de cualquier complicado aparato doméstico se tratara.

Huyendo yo de tales irreverentes recuerdos, ésta de hoy intentará ser una presentación moderadamente breve y relativamente objetiva. Y digo relativamente objetiva, porque me vincula una ya antigua amistad con
Pepe Cervera, al que conocí allá por el año 1990, cuando él todavía llevaba debajo del brazo aquel conjunto de poemas llamado Tessella -con el que había obtenido un año antes el primer premio del certamen de poesía “Miguel Hernández“ y la publicación en la “Editorial Aguaclara“-. Y es que, aunque a veces no se diga demasiado o se haga con la boca un poco distraída, el autor de El tacto de un billete falso que hoy presentamos comenzó escribiendo poesía, circunstancia que yo no me resisto a revelar, precisamente por tratarse de un género tan querido para quien os habla.

También es justo reconocer que el resultado poético de
Pepe Cervera no representaba un paradigma de la lírica al uso y ya denotaba un más que apreciable coqueteo con el género narrativo, tanto en su forma como en su fondo. Leamos a título de ejemplo un fragmento de su poema Preámbulo de un epílogo del libro Tessella:

“
Primero me preguntaste de qué sirve enamorarse, si el amor, en definitiva, se traduce a tristeza.
Después, para qué empeñarse en estar tristes, en ir tejiendo recuerdos que, más temprano o más tarde, se perderán en el laberinto de la memoria.
Más tarde, que si para mí era cierto aquello de que la memoria está reñida con la distancia.
Yo, como única contestación a todo, te pregunté por qué ese afán interrogativo te invadía siempre antes de hacer el amor en todos y cada uno de nuestros reencuentros”.

Centrándome ahora en el objeto de la presentación que nos ocupa, os confesaré que su autor, al entregarme una versión ya prácticamente definitiva del libro, me dijo que el nexo de unión, de haber alguno, entre los distintos cuentos que lo componían era el de estar habitados por unos personajes que acababan de perder la felicidad o estaban a punto de encontrarla. Pero ¿de qué felicidad hablamos?.

Tal vez estemos en uno de los momentos de la historia en que más se habla de la felicidad, en que más se persigue y más visionarios surgen proponiendo múltiples y curiosos métodos para alcanzarla. ¿Será precisamente porque vivimos tiempos más bien “no felices“, en los que se han erigido como soberanos los valores puramente materialistas, desterrándose otros, si no estrictamente espirituales, sí al menos más generosos o altruistas?, ¿tiempos en los que todos ciegamente creemos que seremos más dichosos cuando toquemos ese falso bienestar por el que nos pasamos luchando la mayor parte de nuestras vidas?.

Intentar monopolizar la definición de la felicidad no deja de ser un ejercicio de soberbia o un serio intento de manipulación. El propio diccionario de la Real Academia Española cae con su simpleza en una definición materialista acorde con los tiempos que corren: “Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien”; y luego cita un par de sinónimos no demasiado complicados: “Satisfacción, contento”. Por su parte, alguna enciclopedia profundiza un poco más y nos da un concepto tal vez más amplio y perfilado de la felicidad: “Situación del ser para quien las circunstancias de su vida son tales como las desea”. Es decir que, para llegar a ser feliz, lo primero es saber de qué quiere uno rodear su existencia, qué es lo que ambiciona o con qué se conformaría. Esta última podría admitirse como una definición básica de la felicidad, incluso como un acertado punto de partida desde el que trabajar para obtenerla. Pero aun creyendo haberla alcanzado siquiera temporalmente ¿qué hacer para ponerla a salvo?

Los personajes de estos relatos, en ocasiones, no saben por qué han perdido la felicidad, si la tuvieron, ni qué hacer para recuperarla. Y en eso radica uno de los mayores atractivos del libro, en colocar al lector en el disparadero en que se encuentra cada uno de los protagonistas que asoman a sus páginas, en vestirle con la a veces fría y a veces ardiente piel de los atribulados seres que reconocemos como parte de nosotros mismos.

Sumidos en un trasmundo virtual, pero mucho más humano y coherente que el que nos ofrecen los últimos adelantos cibernéticos, según avancemos en la lectura llegaremos a compartir los sentimientos de unos hijos desasistidos del cariño de sus padres, los de unos padres que han perdido el sitio ante los ojos de sus hijos, los de una bella mujer entrando en la edad madura para la que nadie la preparó a enfrentarse, los de un matrimonio extraviado entre el amor y el odio que se profesa, o los de aquel hombre que de repente se convierte en el único y quizás inútil consuelo para su más querido amigo... y en definitiva contemplaremos, junto al autor, esos cruciales momentos de la vida en los que se diría que hay que elegir entre tomar a solas una arriesgada decisión o dejar cobardemente que decidan por nosotros.

No voy a desvelar aquí las claves del argumento de ninguno de los cuentos que componen el libro, pero sí me gustaría constatar la acertada elección de los temas que los inspiran, la cotidianeidad elevada de escalón hasta dotarla de un trasfondo de sencillez misteriosa, de un cierto sabor de “novela negra” sin los clásicos personajes, ni los clásicos sucesos, que caracterizan ésta última.

Y todo esto entronca con las fuentes en las que reconoce haber bebido Pepe Cervera, esa narrativa breve norteamericana de la que son buenos exponentes Carver, Cheever y tantos otros. Simplificando al máximo el universo narrativo de estos dos últimos escritores citados, se podría decir que mientras el primero maneja personajes que viajan en trenes marcados por una asumida desdicha, el segundo lo hace con protagonistas que creen estar a salvo hasta que su destino les obliga a apearse otra vez en el oscuro andén de la infelicidad.

Las historias de Cervera transitan quizás por una “tercera vía“, un camino de hierro en el que se alternan los tramos seguros con los altamente peligrosos, en el que los viajeros realmente dudan si llegarán alguna vez a una apacible estación de término o si en cualquier momento descarrilarán sus vidas.

Además nuestro autor aporta formalmente su toque personal: un tono más que cinematográfico en la concepción de las escenas. Tanto que incluso algunas de ellas podrían catalogarse como una verdadera sucesión de rápidos planos generales, medios y primeros planos. Veamos al respecto este pequeño fragmento del relato titulado “Destellos tornasolados”, que por cierto forma un curioso díptico, repitiendo protagonistas, con el cuento que inmediatamente le sigue:

“
Sin embargo, hoy, a primera hora de la tarde, cuando la vemos abandonar el edificio donde trabaja, cargando con una bolsa de deporte que contiene una muda y la ropa que utiliza para sus ejercicios físicos, ya sabemos que al humedecer el perfil de su boca con la punta de la lengua y tragar saliva, notará un sabor de esparto al final de su garganta, y se sentirá torpe, agarrotada, como si se hubiera colado en una fiesta en la que no va a ser bien recibida.

Se detiene un momento en la calle y duda si coger un taxi. No le gusta esa sensación que la atenaza. Comprueba la hora en su reloj de pulsera. Mañana sin falta debe enviarle la invitación a Antonio Delinde, un crítico influyente del que está segura recibirá el apoyo que necesita para la exposición de Gustavo. Se lo debe. Saca una pequeña agenda del interior de su bolso de mano y lo anota. Faltan cuatro días para la inauguración. Cuenta mentalmente. Desconfía del servicio de correos. Mejor será llamarlo por teléfono, esta misma noche. Corrige lo anotado. Vuelve a comprobar la hora y comienza a ponerse nerviosa...”

Esa agilidad narrativa y esa profunda implicación que Cervera logra despertar en el lector serían algunos de los principales rasgos que podrían definir esta colección de cuentos que hoy presentamos. Y también una calibrada dureza que se deja sentir a lo largo de los catorce textos que como catorce asaltos de un combate vital se van librando sobre el cuadrilátero que representan las páginas abiertas de este libro.

Yo, por mi parte, he intentado encajar como un buen fajador la amplia gama de sordos y estratégicos golpes que a veces me llovían desde estos relatos, y en ocasiones me he sentido aliviado al terminar su lectura, como debe sentirse un púgil al escuchar el salvador sonido de la última campana.

Confío en que otros, enfrentando este libro, acaben también con los ojos del alma amoratados y empiecen a dejar de buscar cualquier indicio de felicidad en el áspero tacto de un billete falso.

El tacto... en EL PAIS


El periódico EL PAIS, en su edición de la Comunidad Valenciana, se hace eco hoy de la presentación de El tacto de un billete falso que, como ya sabéis, tuvo lugar en la Casa del libro de Valencia el martes, 16 de octubre de 2007.
Pinchad aquí para leerlo.

martes, 25 de septiembre de 2007

El tacto de un billete falso se presenta en Valencia


Nos vemos el martes, 16 de octubre de 2007, a las 19:30, en la Casa del Libro (Paseo Ruzafa nº 2, Valencia).
Me acompañarán Juan Pablo Zapater (poeta), y Vicent Berenguer (de Denes editorial)


martes, 21 de agosto de 2007

un par de reseñas a EL TACTO...

En El hueco del viernes, bitácora vinculada a la revista de curiosidad literaria Avión de papel, se incluye con fecha 20 de agosto la siguiente reseña al Tacto.

Casi regreso de vacaciones y es cuando recuerdo que tengo una deuda en mi maleta. A Pepe Cervera le debía una reseña sobre su libro El tacto de un billete falso. La colección de cuentos me llegó un día por correo postal y, cuando la leí, no dudé en entrevistarle para Aviondepapel.com. Por entonces, yo estaba algo cansado de tanta literatura vanguardista. Me propuse -no lo conseguí- otear aquello que llaman intimismo literario ("hablemos de mí y de lo que siento"). El tacto de un billete falso me sirvió para entender algo más sobre ese sentimiento utópico que los humanos llamamos felicidad (el más subjetivo de todos). De esto trata el primer libro de relatos de Cervera. De esa milimétrica línea fronteriza que delimita a las personas. Es la línea de la felicidad.Ya autores contemporáneos estadounidenses se ubicaron a un lado u otro de esta frontera. Rememoro que alguien me dijo una vez que los dos cuentistas más distantes entre sí de esta línea son Raymond Carver y John Cheever. Ambos se asoman -literariamente- al pozo de los deseos. (Ojo, la felicidad es ese momento en que creemos que nuestros deseos se cumplen y abandonan su condición de promesa).Sin embargo, Carver narra personajes marcados por la desdicha. Nunca han sido felices y nunca lo serán. Miran, por tanto, la vida desde el fondo del pozo. Desde ahí vislumbran una luz que saben que jamás podrán palpar.En cambio, Cheever esboza protagonistas que han escalado las paredes de piedra de ese pozo. Se sientan en el bordillo y son -creen que son- tan felices. Desde ese lugar privilegiado, donde divisan el reflejo en el agua de su propia sonrisa, dichos personajes sienten que algo les empuja -de nuevo, una vez más, y otra y otra- hasta el fondo.Basta de metáforas. La diferencia entre Carver y Cheever es clara. Carver narra historias de personajes que circunvecinan un vacío. Cheever estropea la vida de personajes que, en algún instante, circunsolean la plenitud. Vacío / lleno. ¿Dónde se coloca Pepe Cervera? ¿A qué lado de la línea fronteriza de la felicidad?Cervera se arrima a Cheever. Por su puesto. Ya desde la primera página, El tacto de un billete falso nos enseña y recuerda un fragmento de un relato cheeveriano: Es un párrafo de El enorme receptor de radio. Ya estamos avisados. Esta colección de cuentos nos introduce en momentos cotidianos de personajes que podríamos ser cualquiera de nosotros (¿Lo seremos alguna vez?). Relatos que nos dicen: Esperamos un hijo; conocemos la historia de nuestro abuelo; etcétera. Estos sucesos ocurren cuando estamos en una etapa vital que, si nadie lo impide, catalogaríamos como bienaventurada.Es el caso, por ejemplo, de 11 de julio de 2004. En este relato, Cervera traza la primera coordenada del mapamundi de lo que será todo su libro. Nos adentra en la incertidumbre de una pareja. Él y ella son felices (y casi comen perdices). Pero -aquí aparece la sombra de Cheever-, aguardan el nacimiento de un hijo. El hijo nace y esa línea de felicidad, sobre la que han estado paseando como funambulistas, parece ceder bajo sus pies. Escuchen el desenlace de este cuento: "jamás conseguiré llegar al final de este recto y larguísimo pasillo".No dejen de leer, tampoco, títulos de la colección El tacto de un billete falso, como Palabras sueltas; ¿Y ahora qué?; o El vuelo rasante de las golondrinas. Léanlos y descubran, como yo lo hice, a qué lado de la línea llamada felicidad están estos personajes. Luego, reflexionen a cuántos pasos de esa frontera están ustedes, como lectores y como personas.Piensen en ello, porque yo, otra vez, abro mi maleta, cambio la ropa sucia por la limpia y me marcho de nuevo, de vacaciones, en busca de no sé qué.
Aunque con algún retraso aquí dejo el enlace con la reseña que sobre El tacto de un billete falso se publicó en la revista Solo de libros el día 3 de agosto pasado.

miércoles, 15 de agosto de 2007

La revista de curiosidad literaria Avión de papel dedica su número de julio al relato titulado 11 de julio de 2004, uno de los que componen el libro El tacto de un billete falso, e incluye la siguiente entrevista al autor.



PREGUNTA: Leo tu relato, 11 de julio de 2004, incluido en la colección El tacto de un billete falso, y lo primero que me sorprende es el título. Uno tiene como primera sensación que es aséptico. ¿Una efemérides? ¿Por qué ese título?

RESPUESTA: Buscaba un título que no provocase expectación, que no apuntase en ninguna trayectoria concreta. Aunque con este relato no pretendo sorprender en ningún momento, prefería que el lector no sospechara lo que se iba a encontrar. La fecha me parecía que era suficientemente desconcertante en ese sentido. Y, para ser sincero, he de reconocer que se trata de un homenaje: en esa fecha nació mi hijo.

Es cierto que, como primera sensación, resulta aséptico. Pero puede que el relato sea el que más carga emocional posee de todo el volumen y, por lo tanto, creo que despojar su título de emoción es un contraste atractivo.

P: La historia de 11 de julio de 2004 narra la desorientación de una pareja antes del nacimiento de su primer hijo… Tú le das la vuelta a esta situación manida y enfocas el conflicto desde otro lado: dos personas son –o por lo menos se sienten- felices. Y lo que a priori acumularía mucha más felicidad –un hijo- se convierte en un obstáculo… ¿Qué tiene de biográfico este relato?

R: Respecto a lo que el relato posee de biográfico, coincido plenamente con Thomas Pynchon cuando en la introducción a su libro Un lento aprendizaje apunta las siguientes palabras: No sé de dónde había sacado la idea de que la vida personal del escritor no tiene nada que ver con su ficción, cuando lo cierto, como todo el mundo sabe, es casi todo lo contrario. Mi hijo nació el 11 de julio de 2004 y es cierto que se llama Marc y que nada más nacer lo ingresaron en la unidad de neonatos del hospital ¿Quiero decir con eso que 11 de julio de 2004es una historia autobiográfica? ¿Posee la realidad un valor absoluto, esférico, encerrado en sí mismo, o por decirlo de algún modo es un atributo al que vamos restando espacio para ocuparlo con el resultado de nuestra imaginación?

Cuando escribo suelo utilizar los ingredientes que tengo al alcance de la mano, trabajar con lo más próximo; si he de hablar de un niño observo a mi hijo. No hay más. Tal vez, por eso, me siento cómodo utilizando la primera persona. De ese modo, quiero imprimir proximidad, hacer creíbles a mis personajes. Es importante. Será un acierto reconocernos, sentir que la situación nos impregna, verse retratados. Sólo así superará el cuento la mera anécdota. Un buen cuento se reconoce cuando, como sugería Hemingway, éste pasa a formar parte de nuestra experiencia vital.

P: ¿Y cuál fue el germen que detonó en ti a la hora de escribirlo?

R: El detonante que puso en marcha el proceso de su escritura es el mismo en casi todos mis cuentos: una mirada a mi alrededor, pero para hablar sobre él debería explicar lo que para mí es un relato. En este sentido, se me ocurre que no hay imagen que describa mejor lo que debe ser un cuento que la escena de la película SMOKE en que Harvey Keitel enseña 14 álbumes de fotos a William Hurt. En principio, a Hurt le parecen todas las fotos iguales, peroKeitel le dice que va demasiado deprisa, que apenas mira las fotos. Le recomienda ir más despacio. Y Hurt comprende que no son fotografías de la misma esquina lo que se le presenta, sino el paso de la vida. Así es como yo concibo la literatura. Como la vida. Un instante, un momento crucial para uno, pero insignificante para la humanidad, un sorbo. Pretendo emocionar al lector, obligarlo a paladear.

Por eso, opino que el cuento debe evitar ser explícito, aunque lo parezca; es preferible que insinúe, que transmita una contención siempre a punto de estallar, que obligue a mantenerse alerta. Debe reservar zonas en sombra para exigirle al lector que ponga en marcha su fantasía y la incorpore al mecanismo de la narración. Al igual que, si nosotros pudiéramos observar las fotografías de Keitel, cuando leemos esperamos que a los personajes les pasen cosas de la misma forma en que lo esperamos en nuestra propia vida. Los sucesos captan nuestra atención, proporcionan un valor añadido con el que se consigue justificar una historia. Opino que esa creencia es inexacta, a veces los sucesos nos obligan a mirar a hacia otro lado, nos distraen. La vida es la vida. Con acontecimientos, o sin ellos, todo el mundo tiene su propia historia, sólo hay que observarla.

P: Ya desde el comienzo del relato escenificas a los dos personajes en plena búsqueda del nombre de su primer hijo. Sin embargo, esta búsqueda esconde una cadena de metáforas (desde los propios posibles nombres: Mathias= divinidad; Marc=muerte). Y, además, con esta cascada de metáforas de situación dices lo que hacen para definirlos: añade Juana (…), como si se arrepintiera en el último segundo de haberlas pronunciado. / Las doscientas mil mantelerías que su madre nos regaló (…) y que todavía no nos hemos decidido a estrenar. ¿Eres siempre partidario de este tipo de estructura: que el personaje actúe y la acción lo defina ante el lector?

R: Rotundamente sí. Me inclino a pensar que cuando un personaje se mueve en el escenario, por un lado agiliza la narración, y por otro creo que los movimientos de los personajes proporcionan vida, imprimen carácter, ayudan a que el lector se reconozca en ellos. Ya he hablado antes de la importancia que adjudico a este aspecto. Me gustaría que al leer alguno de mis cuentos alguien se parara a pensar: ¡Hombre, si yo cojo el volante de la misma manera! Ese sería el principio, estoy convencido de que a partir de ahí comenzaría a reconocer expresiones, posturas, sentimientos… seguro que acababa atrapado por lo que lee.

P: En tu relato resuenan frases como aforismos, pero que tú los humanizas con moralizadores (a veces, pienso, etcétera) y también con el tono del narrador… Te hablo de fragmentos como el destino, no como azar sino como punto de llegada o bien pienso que así es como hablan los mentirosos, escondiéndose, evitando que puedas averiguar la verdad. Pero, sobre todo, ésta, que creo que en sí misma define tu cuento: A veces pienso que eso debe ser la felicidad: envejecer, (…) sentirme satisfecho, (…) y no tener miedo. ¿Es para ti eso ser feliz?

R: Reconozco que los aforismos me han ayudado a configurar la personalidad del personaje masculino, a encararlo hacia lo que acertadamente indicas como la esencia, no sólo del relato, sino del conjunto de relatos que conforman el libro: la búsqueda de la felicidad.

La búsqueda de la felicidad no es únicamente una excusa literaria, creo que no debe haber nadie que no se encuentre inmerso en ella. Sentirse satisfecho con uno mismo es estar en el camino correcto para encontrarla. Mientras tanto, todos vamos envejeciendo, y vamos recolectando momentos de dicha con los que conformamos nuestra existencia. Una vida no sería diferente de otra a no ser por el grado de satisfacción que experimentan los individuos. No importa lo que uno posea, el sentido a la vida lo otorga lo que uno necesita. Para ser feliz, sólo se necesita no necesitar nada.

P: En 11 de julio de 2004 el narrador enuncia bajo una tonalidad de dolor ante una posible pérdida… ¿Cuándo empiezas un relato apuestas previamente por el tono definitivo o bien te dejas llevar hasta encontrar desde qué sentimiento narrar la historia?

R: El tono se me va imponiendo, sin duda alguna. He pensado siempre que el proceso creativo al que me someto escapa completamente a mi voluntad. Escribo sin premeditación, obedeciendo a una necesidad tanto orgánica como espiritual. Cuando he reflexionado sobre ello, he llegado a considerarme incapaz de inventar una historia. Creo que más que inventar cuentos los vivo, los habito -o mejor dicho, dejo que me habiten-. Consiento que las ideas bullan en mi mente, que crezcan hasta derramarse como una obsesión por encima de los bordes de mi pensamiento.

Los personajes se van perfilando en el interior de mi cabeza, situándose en un momento destacado, uno de esos momentos a partir del cual para ellos ya nada será como antes. Mis personajes son como me gustaría que fuera la gente que conozco; hombres y mujeres normales, unos satisfechos por haber encontrado lo que buscaban, otros, desconcertados por haberlo dejado escapar, pero todos paseándose por mis relatos de forma idéntica a como se pasean por la vida, guiados no tanto por las grandes cuestiones como por sus particulares dramas. Convivo con ellos de forma enfermiza y son ellos los que me fuerzan a escribirlos.

El proceso de maduración es largo, a menudo demasiado, no me considero un escritor prolífico. Me cuesta mucho escribir. La gente que me es más próxima lo sabe. Sobre todo mi mujer, que es la que soporta mis estados de ánimo mientras trabajo, y, principalmente, mi malhumor, que, aunque parezca inexplicable, se me acentúa. Por el contrario, el trabajo de plasmar mis ideas en el papel tiene mucho de vehemente. Es un acto rápido, como si temiera que de otra forma las manos no fueran a retener toda la información que mi cabeza proporciona.

P: Sé que es difícil que me contestes, pero exactamente, de qué trata tu relato. Mira, cuando llego al final uno descubre una frase: una sensación de peligro inminente me sobrecoge. ¿La felicidad termina con el miedo de comenzar a comprender algunas cosas?

R: De lo que he querido hablar en este relato es del futuro, de las esperanzas, de los horizontes que se vislumbran y, sobre todo, del dolor. Estoy de acuerdo en que hacia el final del relato hay algunas frases clave: “Pienso en mis padres. No encuentro razones pero lo hago, en este preciso instante, pienso en ellos, y aunque siga enorgulleciéndome por cada uno de mis errores empiezo a comprender algunas cosas. Ignoro dónde me llevará el siguiente paso” Es como si el personaje se dijera: “Ahora, por fin, sé de donde vengo”, pero también advirtiera que no es tan fuerte como creía, que ya no depende únicamente de sus fuerzas para seguir avanzando.

El sufrimiento de alguien a quien amas causa dolor, y ese dolor se incrementa cuando uno se sabe impotente para enfrentarlo. Y, por descontado, que cuando uno cree estar cerca de la felicidad empieza a vislumbrar la verdadera magnitud del miedo. Se me ocurre que felicidad y miedo son sensaciones que andan de la mano.

P: La cita con la que comienza tu libro, El tacto de un billete falso, es de John Cheever (y de uno de sus más extraños cuentos, El enorme receptor de radio). Dicen que, mientras Raymond Carver narraba historias de personajes vacíos -sumergidos en su propio infierno de realidad-, Cheever contaba las adversidades de personajes llenos -rodeados de una falsa plenitud-, que luego, poco a poco, descubren que todo se desmorona. ¿Cuáles son tus referencias, además de Cheever?

R: Cheever, desde luego, es EL MAESTRO, con mayúsculas, pero si tiramos del cabo surgen Sherwood Anderson con su libro Winesburg, Ohio, el Ernest Hemingway cuentista, muy, muy superior al de las novelas, Raymond Carver, cómo no, y si bien incluso a mí me llega a producir cierto hartazgo (por lo recurrente que está resultando en los últimos cuentistas), he de reconocer que siempre estoy esperando nuevos libros de Tobias Wolf, Richard Ford o Thom Jones.

P: ¿Veo que tu apuesta de lectura está al otro lado del Atlántico?

R: La narrativa breve norteamericana posee una tradición envidiable. La calidad de los cuentos que allí se escriben es muy alta. Si nos remitimos al número de Granta dedicado a los mejores jóvenes novelistas estadounidenses podemos encontrar que siete de los 21 escritores elegidos aún no han publicado una novela, o sea que, únicamente, poseen libros de relatos publicados, lo que resulta impensable en España. ¡Escritores sin novela entre los mejores novelistas, no, gracias! Sin embargo en este terreno suelo ser desconfiado. Ignoro su cotidianeidad literaria, no tengo acceso a información sobre las dificultades que tienen allí los escritores para publicar un primer libro o una colección de cuentos. Hasta aquí nos llega la sensación de que, en aquel país, un escritor puede publicar un cuento en una revista y, a partir de ahí, vivir de la literatura; y tampoco será para tanto ¿no? ¿O si?

P: El tacto de un billete falso es tu primer libro… ¿Por qué has apostado por una colección de relatos, en un momento en el que la novela solapa al resto de géneros como el cuento o la poesía?
.
R: Personalmente no he escogido escribir relatos. Simplemente, he escogido escribir, a secas. Por ahora, me produce una enorme satisfacción la narrativa breve. Me ofrece la posibilidad de trabajar menos los argumentos, por decirlo de algún modo, y más la transmisión de emociones, que en definitiva es lo que me interesa. Me atrae menos el qué pasa y mucho más lo que sienten los personajes a quienes pasa.

De todos modos el debate sobre novela o cuento es complejo, largo, y en el fondo aburrido por reiterado. No se trata de momentos, ya que la novela solapa y solapará siempre al resto de géneros. El verdadero debate debería existir respecto a la calidad de lo que se publica. No creo que haya que fomentar militancias en razón de si se escribe cuento o novela. Si creas dos bandos y te posicionas en uno te estarás excluyendo del otro.

Uno de los factores puede encontrarse en que se presenta a la novela como “el gran entretenimiento”; la literatura tiene que competir con el resto de pasatiempos que el mercado ofrece, y así es la novela la abanderada. Esa decisión no la han adoptado los escritores ni los lectores, nos viene impuesta por la industria editorial, que es reacia a apostar por colecciones de relatos.

P: ¿Tienes que explicar, a menudo, a qué género te dedicas?

Sí. Todavía hay gente a la que cuando le dices que has escrito un libro de cuentos tienes que puntualizar si son para niños o no, o sea, otro subgénero. Es triste. Y en el fondo puede que anide la falta de interés por la lectura, la escasa curiosidad, la pereza que convierte al lector español en un lector cómodo que prefiere comprar los libros en grandes superficies antes que perder dos horas buscando su próxima lectura en una librería. El lector español carece de instinto lector. Él se lo pierde. El instinto se adquiere a través del placer, y eso queda en el terreno de lo personal. Allá cada cual.






En el blog de mi amigo Miguel Ángel Muñoz, autor del libro de cuentos El síndrome Chéjov, se publica con fecha 14 de agosto de 2007 la reseña al libro El tacto de un billete falso que transcribo a continuación.

El tacto de un billete falso es una colección de relatos, la primera publicada de este autor valenciano nacido en Alfafar en 1965. La ha sacado al mercado la editorial Denes, tras ganar el premio Alhóndiga de narrativa breve. Vaya por delante que Pepe Cervera es un usual lector y comentador de este blog, y reconozco que me hace feliz y me congratulo enormemente de que compañeros de viaje en esta aventura bloguera se incorporen a la nómina de autores publicados como cultivadores del relato corto.
Cervera ha reunido catorce relatos bastante equilibrados en cuanto a su estilo, tema y extensión. Las citas de su libro -Cheever, Canin, Hemingway, Brodkey- denotan buen gusto en sus lecturas y preferencia por la norteamericana, de la que sus relatos son excesivamente deudores. Hay una preferencia en todos ellos por contar sus historias desde el punto de vista de sus personajes, en mostrar la intensidad con que ellos viven determinadas situaciones que se transforman en protagonistas de la narración, pero que nunca se despegan demasiado de la narración misma. Su autor ha jugado la baza de la emoción -soy defensor de esta opción, muy criticada por ciertos autores-, pero ese acto de emoción transmitida que cada relato debe ser no habría de confundirse con la transmisión de una emoción evidente con mayúsculas, lo que acercaría al relato al sentimentalismo o directamente lo haría caer en él. Cada relato es una aventura, una compleja máquina emocional que se sirve de distintos procedimientos técnicos para intentar -la palabra intento es fundamental, todo relato es siempre un acercamiento, casi siempre frustrado, a un objetivo determinado- hacer llegar al lector la experiencia de un personaje o narrador, pero es fundamental la utilización de diversas miradas, de distintas técnicas. En "El tacto de un billete falso" Cervera, en mi opinión, ha abusado de un narrador demasiado implicado en sus historias, que roza o "siente" demasiado lo que en realidad nos corresponde sentir a nosotros, al lector.Un relato fundamental del libro, "11 de julio de 2004", es un ejemplo de esto que quiero decir. En él se cuenta la experiencia de la paternidad, la llegada al mundo de un hijo con problemas que ha de ser atendido médicamente, con toda la zozobra que esto provoca en los ilusionados pero también muy asustados padres. El tema del hijo gravemente enfermo o muerto es habitual en los últimos grandes narradores americanos, casi un desafío al que gustan de enfrentarse, con los ejemplos de Carver o Lorrie Moore por delante. Este relato de Cervera tiene un final abierto, no tan trágico como los mencionados, pero sin embargo, si leemos en paralelo esos relatos y el de Cervera, comprobamos que hay una emoción "expresa" mayor en el relato del español que en los de los americanos, mucho más duros en su argumento, pero mucho más fríos también. En el relato de Cervera hay una excesiva autoafirmación de su narrador y personaje -lo que es común a otros relatos- en la expresión de sus sentimientos, sin atender a que la emoción verbalizada por un personaje, si no está apoyada en una arquitectura o estrategia narrativa conducente a trasladar esa emoción, no es suficiente para que la emoción sea efectivamente trasladada al lector. El dolor es demasiado obvio o evidente, y eso nos pone en guardia, puesto que no deja lugar al lector para investigar en ese dolor nombrado, pero sin el apoyo simbólico de otros elementos que lo expliciten donde realmente es importante: en el centro de nuestra experiencia lectora.Otro ejemplo de esa excesiva implicación del narrador está en "A ras del suelo": "No consigue acordarse de su pasado, como si nunca hubiera tenido otra cosa que lo que tiene en este momento. Tampoco tiene futuro. Perfecto, ella se lo ha buscado. Pero ¿y Chusa?". El relato cuenta el paseo de una niña por una zona miserable del extrarradio de la ciudad, pero todo se resuelve en una estampa que no nos hace entrar en conflicto con lo contado, más allá de la evidencia de la miseria en que una niña inocente tiene que desenvolverse. Para alejarlos de la simple estampa propia del realismo social, pienso que estos relatos, más que otros, tienen que estar provistos de ironía. Una ironía que no se refiere necesariamente, claro, a burla o humor, sino al cuestionamiento por algún medio de lo que se cuenta, para molestar, para implicar al lector. Este carácter de estampa afecta negativamente también a "Monsieur Vatan, le professeur".El aparato simbólico está mejor manejado en relatos como el que da título al volumen, una historia de separación de parejas, como la mayoría de volumen, pues hay que señalar que el libro denota afinidad a determinados argumentos entre los que destaca la ruptura sentimental y la infancia vista siempre como algo quebradizo y experiencia traumática para los adultos. Quizás el autor debería haber jugado más con los personajes y los argumentos, puesto que da la sensación de que algunos son variaciones sobre el mismo tema. De hecho hay dos relatos que son un díptico con repetición de personajes, lo cual es muy interesante, y algunos autores americanos lo han utilizado, así Richard Bausch en "La mujer del bombero" y Charles Baxter en "Viaje de invierno". Por otro lado, se abusa del triángulo padre, madre e hijo. Aunque sepamos que toda la historia de la literatura es la historia de una familia hay que procurar jugar con ella e introducir elementos discordantes en la misma.También quiero destacar la equívoca y extraña utilización de las notas a pie de página en dos relatos como "¿Y ahora qué?" y "Corteza de árbol". Si en este último relato pueden tener cierta explicación desde la posición del narrador, y pueden ser achacadas a una ironía del mismo -aunque afectan a su credibilidad como narrador- en "¿Y ahora qué?" está completamente fuera de lugar.Me parece muy interesante el interés que Cervera demuestra por sus personajes, y esa piedad mostrada hacia ellos, como en el buen final de "Errores", en el que quedan evidenciadas las contradicciones de un personaje que es madre y amante. Ese camino puede ir deparando en futuros libros de Pepe Cervera un acercamiento más cálido y complejo hacia ellos, siempre que, aunque parezca contradictorio, se anime a "enfriar" su prosa y su mirada sobre ellos, y prescinda de ciertos golpes de ánimo en las espaldas de sus protagonistas, aumentando las dosis de mala leche y malicia narrativa. Evidentemente, estas apreciaciones son demasiado personales, y parten del análisis de aquellos desajustes que hay en los relatos y en la búsqueda de explicaciones a los mismos. El autor posee su propio camino y quizás transitándolo de nuevo, y perfeccionándolo, los desajustes devengan música afinada, más ajustada al mensaje que el autor busca para sus relatos. Estoy seguro de que Pepe Cervera conoce perfectamente ese camino adecuado, y lo recorrerá.