jueves, 18 de octubre de 2007

Presentación de "El tacto de un billete falso"


Juan Pablo Zapater en plena intervención

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El martes, 16 de octubre de 2007, a la hora en que estaba fijada la presentación de El tacto…, en Valencia no llovía, diluviaba. Sin embargo ni siquiera el diluvio consiguió acoquinar al puñado de amigos que había decidido acompañarme, muchos más de los que sinceramente yo esperaba. Gracias a todos.

El texto que sigue es el que el poeta y amigo Juan Pablo Zapater leyó en el acto.

Reconozco haber asistido a presentaciones literarias de todo tipo: desde aquellas tan tozudamente largas y tortuosas que me hacían jurar para los adentros que esa sería la última vez en que me dejara arrastrar por la cortesía entre escritores, hasta aquellas otras tan fugaces que apenas si consistían en levantar el ejemplar presentado con una mano y un vaso de tubo bien provisto de hielo y alcohol con la otra, mientras se lanzaba a gritos cualquier brindis pretendidamente ingenioso en mitad de un local de moda. También acuden a mi mente aquellas que ensalzaban el libro en cuestión hasta alcanzar el paroxismo, de tal modo que ni el propio autor se veía capaz de asimilar tantas alabanzas juntas sobre su obra, o por el contrario, esas otras que lo hundían con tal saña delante del público asistente, que éste, lejos de acabar deseando su lectura, optaba por escapar de ella, como si de las páginas de instrucciones de cualquier complicado aparato doméstico se tratara.

Huyendo yo de tales irreverentes recuerdos, ésta de hoy intentará ser una presentación moderadamente breve y relativamente objetiva. Y digo relativamente objetiva, porque me vincula una ya antigua amistad con
Pepe Cervera, al que conocí allá por el año 1990, cuando él todavía llevaba debajo del brazo aquel conjunto de poemas llamado Tessella -con el que había obtenido un año antes el primer premio del certamen de poesía “Miguel Hernández“ y la publicación en la “Editorial Aguaclara“-. Y es que, aunque a veces no se diga demasiado o se haga con la boca un poco distraída, el autor de El tacto de un billete falso que hoy presentamos comenzó escribiendo poesía, circunstancia que yo no me resisto a revelar, precisamente por tratarse de un género tan querido para quien os habla.

También es justo reconocer que el resultado poético de
Pepe Cervera no representaba un paradigma de la lírica al uso y ya denotaba un más que apreciable coqueteo con el género narrativo, tanto en su forma como en su fondo. Leamos a título de ejemplo un fragmento de su poema Preámbulo de un epílogo del libro Tessella:

“
Primero me preguntaste de qué sirve enamorarse, si el amor, en definitiva, se traduce a tristeza.
Después, para qué empeñarse en estar tristes, en ir tejiendo recuerdos que, más temprano o más tarde, se perderán en el laberinto de la memoria.
Más tarde, que si para mí era cierto aquello de que la memoria está reñida con la distancia.
Yo, como única contestación a todo, te pregunté por qué ese afán interrogativo te invadía siempre antes de hacer el amor en todos y cada uno de nuestros reencuentros”.

Centrándome ahora en el objeto de la presentación que nos ocupa, os confesaré que su autor, al entregarme una versión ya prácticamente definitiva del libro, me dijo que el nexo de unión, de haber alguno, entre los distintos cuentos que lo componían era el de estar habitados por unos personajes que acababan de perder la felicidad o estaban a punto de encontrarla. Pero ¿de qué felicidad hablamos?.

Tal vez estemos en uno de los momentos de la historia en que más se habla de la felicidad, en que más se persigue y más visionarios surgen proponiendo múltiples y curiosos métodos para alcanzarla. ¿Será precisamente porque vivimos tiempos más bien “no felices“, en los que se han erigido como soberanos los valores puramente materialistas, desterrándose otros, si no estrictamente espirituales, sí al menos más generosos o altruistas?, ¿tiempos en los que todos ciegamente creemos que seremos más dichosos cuando toquemos ese falso bienestar por el que nos pasamos luchando la mayor parte de nuestras vidas?.

Intentar monopolizar la definición de la felicidad no deja de ser un ejercicio de soberbia o un serio intento de manipulación. El propio diccionario de la Real Academia Española cae con su simpleza en una definición materialista acorde con los tiempos que corren: “Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien”; y luego cita un par de sinónimos no demasiado complicados: “Satisfacción, contento”. Por su parte, alguna enciclopedia profundiza un poco más y nos da un concepto tal vez más amplio y perfilado de la felicidad: “Situación del ser para quien las circunstancias de su vida son tales como las desea”. Es decir que, para llegar a ser feliz, lo primero es saber de qué quiere uno rodear su existencia, qué es lo que ambiciona o con qué se conformaría. Esta última podría admitirse como una definición básica de la felicidad, incluso como un acertado punto de partida desde el que trabajar para obtenerla. Pero aun creyendo haberla alcanzado siquiera temporalmente ¿qué hacer para ponerla a salvo?

Los personajes de estos relatos, en ocasiones, no saben por qué han perdido la felicidad, si la tuvieron, ni qué hacer para recuperarla. Y en eso radica uno de los mayores atractivos del libro, en colocar al lector en el disparadero en que se encuentra cada uno de los protagonistas que asoman a sus páginas, en vestirle con la a veces fría y a veces ardiente piel de los atribulados seres que reconocemos como parte de nosotros mismos.

Sumidos en un trasmundo virtual, pero mucho más humano y coherente que el que nos ofrecen los últimos adelantos cibernéticos, según avancemos en la lectura llegaremos a compartir los sentimientos de unos hijos desasistidos del cariño de sus padres, los de unos padres que han perdido el sitio ante los ojos de sus hijos, los de una bella mujer entrando en la edad madura para la que nadie la preparó a enfrentarse, los de un matrimonio extraviado entre el amor y el odio que se profesa, o los de aquel hombre que de repente se convierte en el único y quizás inútil consuelo para su más querido amigo... y en definitiva contemplaremos, junto al autor, esos cruciales momentos de la vida en los que se diría que hay que elegir entre tomar a solas una arriesgada decisión o dejar cobardemente que decidan por nosotros.

No voy a desvelar aquí las claves del argumento de ninguno de los cuentos que componen el libro, pero sí me gustaría constatar la acertada elección de los temas que los inspiran, la cotidianeidad elevada de escalón hasta dotarla de un trasfondo de sencillez misteriosa, de un cierto sabor de “novela negra” sin los clásicos personajes, ni los clásicos sucesos, que caracterizan ésta última.

Y todo esto entronca con las fuentes en las que reconoce haber bebido Pepe Cervera, esa narrativa breve norteamericana de la que son buenos exponentes Carver, Cheever y tantos otros. Simplificando al máximo el universo narrativo de estos dos últimos escritores citados, se podría decir que mientras el primero maneja personajes que viajan en trenes marcados por una asumida desdicha, el segundo lo hace con protagonistas que creen estar a salvo hasta que su destino les obliga a apearse otra vez en el oscuro andén de la infelicidad.

Las historias de Cervera transitan quizás por una “tercera vía“, un camino de hierro en el que se alternan los tramos seguros con los altamente peligrosos, en el que los viajeros realmente dudan si llegarán alguna vez a una apacible estación de término o si en cualquier momento descarrilarán sus vidas.

Además nuestro autor aporta formalmente su toque personal: un tono más que cinematográfico en la concepción de las escenas. Tanto que incluso algunas de ellas podrían catalogarse como una verdadera sucesión de rápidos planos generales, medios y primeros planos. Veamos al respecto este pequeño fragmento del relato titulado “Destellos tornasolados”, que por cierto forma un curioso díptico, repitiendo protagonistas, con el cuento que inmediatamente le sigue:

“
Sin embargo, hoy, a primera hora de la tarde, cuando la vemos abandonar el edificio donde trabaja, cargando con una bolsa de deporte que contiene una muda y la ropa que utiliza para sus ejercicios físicos, ya sabemos que al humedecer el perfil de su boca con la punta de la lengua y tragar saliva, notará un sabor de esparto al final de su garganta, y se sentirá torpe, agarrotada, como si se hubiera colado en una fiesta en la que no va a ser bien recibida.

Se detiene un momento en la calle y duda si coger un taxi. No le gusta esa sensación que la atenaza. Comprueba la hora en su reloj de pulsera. Mañana sin falta debe enviarle la invitación a Antonio Delinde, un crítico influyente del que está segura recibirá el apoyo que necesita para la exposición de Gustavo. Se lo debe. Saca una pequeña agenda del interior de su bolso de mano y lo anota. Faltan cuatro días para la inauguración. Cuenta mentalmente. Desconfía del servicio de correos. Mejor será llamarlo por teléfono, esta misma noche. Corrige lo anotado. Vuelve a comprobar la hora y comienza a ponerse nerviosa...”

Esa agilidad narrativa y esa profunda implicación que Cervera logra despertar en el lector serían algunos de los principales rasgos que podrían definir esta colección de cuentos que hoy presentamos. Y también una calibrada dureza que se deja sentir a lo largo de los catorce textos que como catorce asaltos de un combate vital se van librando sobre el cuadrilátero que representan las páginas abiertas de este libro.

Yo, por mi parte, he intentado encajar como un buen fajador la amplia gama de sordos y estratégicos golpes que a veces me llovían desde estos relatos, y en ocasiones me he sentido aliviado al terminar su lectura, como debe sentirse un púgil al escuchar el salvador sonido de la última campana.

Confío en que otros, enfrentando este libro, acaben también con los ojos del alma amoratados y empiecen a dejar de buscar cualquier indicio de felicidad en el áspero tacto de un billete falso.

El tacto... en EL PAIS


El periódico EL PAIS, en su edición de la Comunidad Valenciana, se hace eco hoy de la presentación de El tacto de un billete falso que, como ya sabéis, tuvo lugar en la Casa del libro de Valencia el martes, 16 de octubre de 2007.
Pinchad aquí para leerlo.

jueves, 11 de octubre de 2007

Carlos de la Peña y el tango

Allá por 1986 el segundo vinilo de Antonio Bartrina y sus Malevaje —Fernando Gilabert, Ramón Godes, Edi Clavo y el maestro bandeonista Osvaldo Larrea—, vino a descubrirme lo que a lo largo de las últimas dos décadas se ha ido afianzando como una de mis contadas debilidades: el tango. Pude disfrutar del directo de Malevaje en varias ocasiones, así, a bote pronto, que yo recuerde, en la sala Continental y en el Teatro Valencia Cinema, ambos locales desaparecidos en la actualidad. Años más tarde descubrí a Carlos de la Peña —cantor de tangos porteño afincado en Valencia desde hace casi dos décadas— y desde entonces he frecuentado sus actuaciones en diferentes bares de la ciudad como la Malquerida, Berretín de Buenos Aires, Tango y Truco...

Recuerdo la primera vez que lo vi: La presencia de Carlos de la Peña, casi con 80 años a cuestas, vestido con traje cruzado, pañuelo y camisa a juego, me impresionó por su señorío, su seriedad, una aparente altivez que podía llegar a confundirse con una fanfarronería excesiva. No obstante su carácter dicharachero desterró muy pronto la imagen que me pude formar entonces. Carlos de la Peña posee una voz firme, atronadora, capaz de agrietar el cristal de los vasos o despeinarte a cien pasos de distancia; una voz que tan pronto se ajusta a las pautas de monotonía marcadas por los vates, como se impregna de las melodías más hermosas que en su día compusieron Osvaldo Pluguiese, Anibal Troilo, Carlos de Sarli, Osvaldo Fresedo… El tango que de la Peña canta es un tango rabioso, invencible, arrollador desde la primera estrofa; avanza con paso elegante y ritmo preciso, buscando sumergirse siempre en el aliento poético. Más que hablar de sentimientos los transmite, esa es una de sus virtudes. Durante mucho tiempo me he preguntado qué hacía yo con apenas veinte años escuchando tangos, pero me basta reflexionar sobre las historias que el tango cuenta —ambientes prostibularios, amistad, desengaños amorosos (los malévolamente llamados lamentos de cornudo), afrentas y venganzas, peligros y aventuras vividas en un mundo de arrabal— para obtener la respuesta, que en definitiva viene a ser la misma respuesta a otra de mis frecuentes preguntas: ¿Qué hago yo con más de cuarenta años escuchando tangos?

Soy consciente de que en la actualidad —en esta época en que todos los esfuerzos por difuminar la diferencia entre sexos no hacen más que evidenciarla— no es difícil encontrar quien afirme que el tango abusa de una óptica machista. Sin embargo, yo opino que igual de difícil resulta encontrar a una mujer que, después de escuchar En esta tarde gris, Por qué la quise tanto, o Tan sólo tú, no se sienta halagada por la devoción que se les dedica a través de sus letras. Toda esa prepotencia, esa superioridad, esas cualidades que a simple vista ensalzan al hombre en detrimento de la mujer, no son más que una máscara con la que disfrazar el sometimiento de aquel. El hombre de tango ha decidido sacrificar su orgullo, humillarse, admitir la derrota frente a una fatalidad que le impide seguir viviendo cuando su amor no es correspondido.

Llevo más de media vida escuchando tangos: Garufa, A media luz, Malevaje, Margot, Calavera viejo, Ventarrón, Cambalache, De puro guapo, Tres amigos... Hay quien sitúa su origen ni más ni menos que hace cuatro siglos, en las fiestas que los negros llegados entonces a río de la Plata organizaban para recolectar fondos destinados a la redención de la esclavitud de sus hermanos de raza. Por mi parte prefiero situar su umbral ni más allá ni más acá que en el mismo corazón, ahí es exactamente donde el tango tiene su epicentro y es desde ahí que se propaga en ondas vibratorias, sacudiendo a su paso cada una de las células de nuestro organismo, estremeciendo, alterando cada una de las emociones que se alojan en lo más recóndito de aquello que en el tango llamamos alma.

Y si no, que se lo pregunten a Carlos.

El bar Tango y Truco y la Asociación Cultural Arte Somos organizan un gran homenaje al cantor de tangos Carlos de la Peña en su 60 aniversario de carrera artística para el próximo 20 de octubre de 2007 en el teatro Flumen de Valencia (C/ Gregorio Gea nº 15), con la participación de músicos destacados como Antonio Bartrina, Ernesto Urra, Rafa Archela, o Gabriela Castillo, entre otros.

lunes, 1 de octubre de 2007

El tren de las cinco cuarenta y ocho vs. El tren

Para Miguel Ángel Muñoz

“El tren de las cinco cuarenta y ocho” —premio Benjamín Franklin magazine award en 1955— se publicó veinte años antes de que John Cheever y Raymond Carver coincidieran como maestros en los talleres de escritura creativa de la universidad de Iowa, en 1973.
En esta ocasión Cheever escribe un relato que ya desde el principio puede entenderse como una estampa sobre la hipocresía y la falsedad que rige la conducta del hombre moderno, un discurso sobre las diferentes capas sociales que se manifiestan en una gran ciudad, sobre el desprecio que hacia el prójimo anida en cada uno de nosotros, seres individualistas, soberbios y prepotentes.

El agua fría derramándose sobre su cara y sus manos, el olor desagradable de las cunetas y del asfalto húmedo, la conciencia de que se le estaban empezando a mojar los pies (…) parecieron acrecentar la amenaza que suponía su perseguidora. Todo lo que rodea a Blake, el protagonista, es una provocación para su estado de ánimo, incluso la lluvia vespertina aumenta el efecto intimidatorio que produce ser perseguido por una mujer, circunstancia que le resulta molesta e irritante de una forma desproporcionada. Los personajes de Cheever, cuya conducta se ve condicionada por una desmedida propensión a la complejidad, eligen gobernar sobre el curso de sus vidas, decidir, valerse de la propia voluntad para que el mundo se acompase al ritmo de su existencia, y no al contrario. La vida no puede verse alterada por la fortuna o la fatalidad. Los hombres y mujeres sobre los que Cheever escribe aspiran a una fuerza que les permita moldear su destino, y en algunos casos, creen poseerla.
Blake ni siquiera recuerda el nombre de la mujer, pese a lo orgulloso que se siente del alcance de su memoria. Sabemos que meses atrás ella trabajó como secretaria de Blake y que éste, considerándola estúpida, vulgar e insignificante, apenas tardó tres semanas en hacer que la despidieran. También sabemos que Blake es un individuo orgulloso, —egoísta, como todos los que cavilan en torno a su corazón, así describió Nathaniel Hawthorne a uno de sus personajes y así podríamos describir al nuestro— con un alto grado de complacencia hacia sí mismo. Sentado en el tren echa un vistazo a los pasajeros que lo acompañan; mientras tanto, Cheever nos describe en un par de párrafos admirables la sociedad en la que habita, comunidades cerradas, pretenciosas, garantes de una moral tradicional y conservadora. Lo hace con cierto sarcasmo, dejando claro que nuestro hombre sigue acomodado un peldaño por encima de sus vecinos.
Miss Dent, que así se llama la mujer que ha seguido a Blake, ha adoptado la decisión que a muchos de nosotros nos gustaría tomar en más de una ocasión: Quitar de en medio a todo aquel que interfiera nuestra marcha hacia la felicidad. Lo intimida con un revolver, aunque en realidad no pretende matarlo. La existencia de ese hombre le parece mezquina y al cabo ella considera que su sensatez y su dignidad le impiden actuar de forma tan degradante.

Hasta que se dio cuenta, por su actitud, por su aspecto, de que miss Dent se había olvidado de él; que había terminado de hacer lo que se había propuesto, y que estaba a salvo. Entonces se incorporó del todo, recogió el sobrero del sitio donde había caído y se dirigió hacia su casa.

Las últimas líneas del relato vuelven a poner a cada uno de los personajes en el punto de partida. En efecto: La vida no puede verse alterada por el azar. El suceso traumático que acaban de sufrir no basta para que miss Dent pueda aproximarse un poco más a su ansiada felicidad, como tampoco basta para que Blake empiece a distanciarse de la suya.


“El tren” se incluye en “Catedral”, el tercer libro de relatos de Raymond Carver, publicado en 1983 y escrito en una época creativa en que el autor se había propuesto alejarse del extremo laconismo que caracterizaba sus obras anteriores, para dotar a sus historias de una sustancia más evidente y suministrar a sus personajes una enjundia de la que antes carecían.

Blake cayó hacia delante sobre el polvo. El carbón le desolló la cara. Luego se tumbó por completo, llorando.

El fragmento que antecede pertenece a los últimos párrafos de “El tren de las cinco cuarenta y ocho”, y es, precisamente, el punto desde el que se inicia el relato de Carver. Ahora encontramos a miss Dent en el momento siguiente en que Cheever la había dejado. Acaba de abandonar al hombre tirado en el polvo y se encamina hacia la estación de ferrocaril —De ningún modo Carver nos dará a conocer los antecedentes al momento en que se desarrolla la acción. Si no se ha leído con anterioridad el relato de Cheever se desconocerá por qué la mujer ha estado encañonando al hombre con un revolver. Trataba de hacerle comprender que no podía seguir pisoteando los sentimientos de la gente: Esa es la única alusión al conflicto—, donde coincide con un anciano y una mujer de mediana edad que a primera vista juzga estrambóticos. Miss Dent piensa que han tenido que salir corriendo de algún sitio o que se encuentran demasiado bebidos. El protagonismo del relato es adquirido de repente por estos dos personajes. Nuestra atención se aparta de miss Dent, conquistada por la tensión que palpita entre el anciano y la mujer. Mientras discurre la acción se nos sugiere que una incógnita, un acontecimiento del que no poseemos información, es la causa de su inquietud. Miss Dent prefiere mantenerse al margen, no participar en la conversación, pese a las alusiones o provocaciones de que es objeto. Llega el tren. Los viajeros que ya lo ocupan, al verlos desde sus asientos, parados en el andén, piensan que los tres iban juntos; y tuvieron la seguridad de que, fuere cual fuere el asunto que les tenía ocupados aquella noche, no había tenido un desenlace satisfactorio. El autor no pone nada de su parte para que la impresión que también el lector recibe sea distinta. Nos invita a participar en el equívoco. Ahí radica una de las diferencias entre los enfoques de ambos autores. Carver sí permite que sus personajes sean inquietados por ese mundo que les rodea, en este sentido son más vulnerables. Son personajes que se resignan, se conforman con esa incapacidad que los somete y les impide influir en su entorno.
Con todo no existe razón alguna para que estos tres desconocidos despierten más que una fugaz curiosidad, ya que el mundo está lleno de historias de todo tipo. Los viajeros siguen pensando en sus cosas, preocupados por sus propios asuntos. Al fin y al cabo, cada uno de nosotros vive convencido de la magnitud de su propia existencia. Nuestros problemas —ya sean trascendentes o insignificantes—, los sucesos más cotidianos que nos acontecen, representan nuestros miedos y nuestros más estruendosos fracasos.

Quiero imaginar a Raymond Carver y a John Cheever en una de las tantas noches etílicas que compartieron en Iowa; los quiero imaginar viajando en el coche del primero en busca de alguna tienda de licores abierta a altas horas de la madrugada. Quiero imaginar que fue entonces cuando Carver decidió tomar prestada a miss Dent para escribir “El tren”, y que Cheever, al no conformarse únicamente con la dedicatoria que aquel le prometió y que encabeza el relato, quiso esconderse entre los viajeros que aquella noche miraban por la ventanilla y deleitarse —él, que ya casi había llegado al final de su camino— con el nuevo viaje que le proponía su amigo.

sábado, 29 de septiembre de 2007

martes, 25 de septiembre de 2007

El tacto de un billete falso se presenta en Valencia


Nos vemos el martes, 16 de octubre de 2007, a las 19:30, en la Casa del Libro (Paseo Ruzafa nº 2, Valencia).
Me acompañarán Juan Pablo Zapater (poeta), y Vicent Berenguer (de Denes editorial)


martes, 18 de septiembre de 2007

un viejo relato

El cuento titulado EL MIRADOR obtuvo en 1992 (PUF, ¡cuántos años ya!) el premio “Literatura breve” que por entonces convocaba el Ayuntamiento de Mislata. Entre los componentes del jurado se encontraban Vicent Berenguer, Carlos Marzal, Juan Pablo Zapater y Vicente Gallego, todos ellos escritores con un criterio incuestionable.
Dicho premio prometía —basta echar un vistazo a la lista de premiados: Felipe Benitez Reyes, Antoni Martí, Juan Manuel de Prada, Ramón Guillem, José Luis Martínez… — y es una pena que a los pocos años dejara de convocarse.
Me decido a transcribirlo a continuación porque en la actualidad resulta imposible encontrar los cuadernillos que se publicaban con los relatos ganadores, y porque hoy lo he vuelto a leer y —la verdad— sigue gustándome.



No puedes imaginar las cosas que me piden que haga.
SIGOURNEY WEAVER en La calle de la media Luna


Son las seis de la tarde.
Estamos en pleno verano, a mediados del mes de agosto. El sol cae demasiado violento. Es insoportable.
Ella, la mujer, ha entrado sin encender la luz porque no debe encenderla, le ha dicho que no la encienda. “Bastará con la luz que dejen pasar las persianas”. Ha esperado un momento, junto a la puerta, tal vez a que sus ojos se acostumbren a esa penumbra vaga, y ha ido luego directamente a sentarse en el borde de la cama.
A través de una puerta, al fondo de la alcoba, se escucha el gotear irritante de un grifo. Todo lo demás está muy quieto allí dentro. Hasta el tiempo parece detenido.
Ha cruzado sus piernas con algo de resignación, e inclinado su cuerpo apuntalándolo con un codo sobre la almohada. Mira a su alrededor. Parece incómoda, un tanto acalorada. Observa el papel pintado que cubre las paredes, sus manchas de humedad. Observa la huella blanca del interruptor a media altura, entre el cabezal y la mesilla de noche. Observa también un cenicero de hojalata colmado de colillas y advierte de pronto el olor hiriente y seco de la ceniza, de un humo antiguo que ha viciado el aire de la alcoba como si nunca hubiese sido ventilada. Lo escudriña todo con la mirada sin demasiado interés, con aburrimiento. El suyo es un modo de actuar manejado por la monotonía y el oficio, adiestrado para la interpretación de esta escena.
Se mueve. Se levanta y camina descalza y lentamente hasta el centro de la alcoba. La cruza y se detiene frente a un espejo de cuerpo entero colgado en la pared, mirándose, de pie y sin moverse. Embelesada estudia el volumen de sus senos bajo la blusa. Los adivina firmes y sólidos. Los toma entre sus manos, los dos, muy fuerte. No lleva sujetador.
Se mueve desperezándose, se contornea un poco, imita a un reptil hechizado, a una serpiente asomándose al borde de un capazo de esparto mientras suena la música de una flauta encantadora. Ella sabe hacerlo, le ha dicho que lo haga bien, “como otras veces”, eso le ha dicho. Sacude revoltosamente su cabeza y el cabello se le alborota derramándose como una cascada sobre su rostro deformado, con una mirada de loca rabiosa, o de deseo.
Muy despacio comienza a desabrocharse la blusa. Sus dedos tantean con apetito, buscan, acarician expertos; rozan hasta que los poros de toda su carne se rebelan, hasta que sus pezones se endurecen como botones de nacar y entonces ella, la mujer, remanga la falda hasta su cintura y se acuclilla quedándose quieta de nuevo, abriendo un poco sus piernas, mostrándose. Tampoco lleva bragas.
Se ha quitado la ropa. La mujer totalmente desnuda está en el suelo.
Ha cerrado sus ojos al sentir el frío de las baldosas en la carne de sus nalgas, en su espalda, en sus muslos también, y eso la estremece, y sonríe. Extiende sus brazos y costosamente hace rodar su cuerpo quedando tendida bocabajo, sobre su vientre y sus tetas aplastadas, ignorando intencionadamente al muchacho que ha entrado en la habitación con sigilo y se ha parado justo detrás, a dos pasos de ella, contemplándola.
Poco a poco, concediendo a su balanceo una lasitud provocadora, se va incorporando hasta quedar apoyada sobre sus cuatro extremidades como un animal. Y esa mirada de laca rabiosa se vuelve ahora felina, Se llenan de un brillo lascivo sus ojos de pantera, esperando, aguardando que él, el muchacho, más joven que ella, mucho más joven, casi un niño, termine de desvestirse y se acerque a ella por la espalda y la acaricie. Que la descubra con el tacto, que se la aprenda igual que un ciego. Que la tome suavemente, casi con cariño primero y luego con rabia. Que la golpee, “debe verse bien cómo te golpea”, le ha dicho, “que te maltrate, eso excita”. Y ella lo ha hecho, se ha dejado golpear con las manos abiertas en sus piernas y en sus caderas, a ambos lados, sujetándose el muchacho con fuerza a sus cabellos lo mismo que un jinete a las riendas. Inclinándose sobre ella para murmurarle al oído, casi sin voz, palabras obscenas. Amenazándola con hacerla gritar, hacerla morir de placer y de dolor. Prometiéndole también romper sus entrañas, partirla en dos, llegarle hasta lo más hondo.
Así, uno dentro del otro, los dos acoplados, parecen dos fieras entre el follaje oscuro de una jungla. Dos fieras ejecutando una ceremonia que tiene nada de premeditación y todo de instinto, lo mismo que un acto de supervivencia, por eso resulta tan grotesco y tan salvaje.
La mujer, ahora, muerde sus labios, acaricia su vientre, su cintura, exagerando la sinuosidad de su cuerpo. Siente el gusto espeso de su sangre y su sudor al lamer la comisura de su boca. Se dobla, se contorsiona hasta crugirle los huesos, estira uno de sus brazos, se esfuerza para alcanzar ligeramente, para rozar con la yema de sus dedos los testículos, la cara interior de los muslos, el miembro húmedo del muchacho que se revuelve con más furia, con más excitación, con más rapidez y gime de dolor y de rabia. Deja el muchacho extinguirse un bramido de agonía entre sus labios porque no quiere, porque aún no, porque desea que dure toda la tarde y la tarde toda la vida cuando se aparta irremediablemente, se sale de dentro de ella sin soltar sus caderas y vierte el esperma a ciegas, sin mirar, sobre su espalda.
El líquido surge entre los espasmos del cuerpo del muchacho, a borbotones, y está caliente y huele. Anega la habitación con su olor.
El muchacho se ha quedado quieto, de rodillas, inmóvil, respirando con dificultad. Su miembro se ha desplomado sin vida entre sus muslos, gordo y enrojecido.
El aire se ha vuelto pesado, podría decirse irrespirable. La calma es de repente más exagerada, más profunda. Solo de vez en cuando el ladrido de un perro se escucha a través de la ventana como algo muy lejano. También el ruido del motor de un automóvil llega ahora desde la calle. Y luego de otro. Y de otro. Después el silencio vuelve.
Ella nuevamente se ha tendido bocabajo, satisfecha, y ha dispuesto sus brazos formando una cruz. Hace calor, piensa. Y sonríe, ensaya un gesto malicioso, un estremecimiento ya involuntario cuando él comienza a frotarle la espalda de arriba a bajo, cuando le frota los hombros y la nuca y lleva los dedos hasta su boca y los introduce para que ella los muerda sin violencia, sin hacer daño, cuando le acaricia sus nalgas untando el esperma como un aceite, repartiéndolo como una grasa por todo su cuerpo.
Ella siente de pronto los labios de él sobre su nuca. Ya no siente sus manos, siente su lengua, la humedad de su aliento, su calidez, y el calor aumenta. Sabe que él también se ha tendido en el suelo, entre sus rodillas. Que le abre sus piernas, que las aparta porque le estroban para besarla sin dificultad, para lamer sus nalgas, para lamer sus muslos como un felino, con largos lengüetazos. Que la incorpora un poco para introducir la lengua con la rapidez de un navajazo en su vagina, y luego extraerla, acercarla y alejarla, y descender hasta esa abertura carnosa, empapada en sus propios flujos, anegada. Ella, la mujer, consiente. Sabiéndose derrotada consiente y se complace un poco perversamente en esa tortura lenta a que está siendo sometida, porque él, el muchacho, está cumpliendo sus promesas, llevando a cabo sus amenazas. Le está llegando hasta lo más hondo.
La mujer respira ahora sofocada, jadea exageradamente, deprisa, más deprisa y fuerte. Se agita, se incorpora, se retuerce, se tiende. Sus dedos se tensan, arañan el suelo en una reacción de impotencia, se aturde. Es el vértigo lo que ella siente. Debe girarse pero no puede, debe mostrar sus ojos ahora, se lo ha ordenado, “quiero verte la cara cuando te corras”, pero es incapaz de ese esfuerzo. Es incapaz de todo. Tan sólo consigue arquear su cuerpo hast ael límite y pensar que se vacía. Lo sabe, sabe que se vacía. Sabe que su sexo es un animal salvaje, es el corazón de una bestia malherida que se agita segundos antes de morir. Y palpita. Lo siente palpitar, al principio desesperadamente, igual que un pez fuera del agua, y luego más lento, más lento, mucho más lento cada vez, se apaga y es la calma. Es una quietud de océano.
Es entonces cuando ella abre los ojos sobresaltada, con un sentimiento a medio camino entre la sorpresa y el terror, igual que si los faros amarillos de un automóvil la hubiesen deslumbrado paralizándola en mitad de una carretera, y enseguida piensa que está tremendamente fatigada. Piensa que le duelen las piernas. Y quiere dormir.
En ese mismo instante, casi simultáneo al orgasmo de la mujer, ha comenzado a escucharse un gemido, una respiración a duras penas contenida. Una respiración ajena. Algo feo cruzando la alcoba como un gruñido la noche de una ciudad con niebla. Inmediatamente todo queda en silencio. Los cuerpos del muchacho y de la mujer tirados en el suelo, yaciendo quietos igual que dos marionetas sin hilos, sin tocarse ni mirarse, los ojos fijos en ningún lugar, fijos en la nada. Sin hablar. Absolutamente callados. En reposo.
Ahora sólo se oyen las respiraciones.
Hace ya unos minutos que ese murmullo débil y cadencioso es lo único existente cuando el hombre surge de la penumbra, se adelanta dos o tres pasos, complacido, disimulando con torpeza el desorden de sus ropas. Ha permanecido todo el tiempo oculto en un rincón y ahora se adelanta y se mueve lentamente, como un espectro entre el humo denso de un paraje cenagoso. Se acerca a la cama vuelve el rostro y observa los cuerpos con una atención insistente, todavía con un rezagado destello de pasión en la mirada. Deposita cuidadosamente un fajo de billetes sobre las sábanas y abandona la alcoba igual que si lo hiciera atravesando sus muros, cerrando la puerta tras de sí muy despacio, sin hacer ruido. Ningún ruido.

... … …

Es tarde. Las diez. La noche comienza ya a envolver las calles perezosamente, con la discreción de un velo de seda, cuando el hombre regresa a su casa.
El calor se mantiene.
Ha escuchado al entrar, todavía con los dedos apoyados en el pomo de la puerta, un ruido de agua al final del pasillo, en el cuarto de baño. Ha mirado en torno suyo como para cerciorarse de que está solo, y se ha quedado quieto después de peinar sus cabellos hacia atrás con los dedos. Está fatigado. Ha estado así durante un momento, con los brazos caidos tal vez en señal de abatimiento, sin moverse.
El hombre piensa en su mujer, no piensa ya en otra cosa. Ha dejado de pensar en todo lo que no sea ella. Minuciosamente imagina la forma de su cuerpo, la silueta esbozada como un bulto borroso al otro lado de la cortina de la ducha.
Rápidamente lo que era algo parecido a un sentimiento de vergüenza deja paso a un indicio breve de ansiedad, a un sudor frío en el pecho y las axilas y una debilidad repentina en las rodillas. El hombre lo intuye: es otra vez el deseo que vuelve, se afianza. De nuevo ese apetito que acecha en algún recoveco de su vientre, la curiosidad voraz por ese cuerpo desnudo que descubre, al fin, asomándose al vano de la puerta entornada, difuminado y turbio al otro lado de la cortina opaca, bajo el chorro de agua fría.
En silencio, como un ladrón, con miedo a que un fortuito movimiento suyo delate su presencia, el hombre la contempla con avidez enjabonarse lentamente los hombros y los brazos. Los senos. Sí, los senos también, demorándose uninstante sobre ellos, evitándolos muy despacio. De la misma forma que si ella se supiera observada recreándose con vicio sobre el vello rizado de su pubis.
La mirada del hombre es intensa. Tremendamente intensa. Es atónita.
El hombre no respira. No se mueve. No quiere que ella lo descubra mirando, todavía no. Por eso no se atreve a respirar. Sólo contempla y escucha mientras ella suspira un par de veces. Suspira profundamente. Se relaja. Se abandona permitiendo que el agua arrastre la espuma a lo largo de sus piernas.
Antes, en el pasillo, lo ha imaginado y ahora todo es igual a como él pensaba. El hombre lo ve: el rostro de su mujer levantado hacia el techo, sus labios un poco entreabiertos, los párpados cerrados. Y sus manos. También ve sus manos, sus caricias, esos gestos que parecen falsamente adormecidos, esos hábiles movimientos que quizás ella ejecuta únicamente para que él la contemple.
El deseo es ya enorme, insoportable, casi le duele. El hombre se clava las uñas en el costado de un muslo y luego acerca una mano hasta sus ingles y la deja allí, sin movimiento.
Ella, con la espalda apoyada en la pared del fondo, se toca con cuidado. Con mucha suavidad acaricia sus caderas y sus muslos, a ambos lados, allí donde le duele, porque hoy ella lo ha hecho. El hombre le había ordenado “que te maltrate, eso excita”, y ella, su mujer, lo ha hecho. Esta tarde se ha dejado golpear por el muchacho.
Y el muchacho, muy joven esta vez, casi un niño, sin experiencia, la ha golpeado al parecer con excesiva dureza.

martes, 11 de septiembre de 2007

La carretera - Cormac McCarthy




¿Qué más se puede decir de Cormac McCarthy?
Cuando apenas lleva una semana en las librerías españolas es difícil encontrar alguien que no haya oído hablar ya del argumento apocalíptico de la última novela del autor estadounidense: Un hombre conduce a su hijo hacia la costa a través de una tierra devastada. Hacia el sur, a pie, empujando un carro de supermercado, atravesando bosques calcinados y ciudades fantasma. ¿Por qué? ¿Qué hay en la costa? ¿Qué espera encontrar allí? El hombre no lo sabe, sin embargo su único objetivo es alcanzarla, vive para conseguirlo. No conocemos el nombre del padre ni el del chico, pero eso no importa en absoluto, porque ambos habitan un mundo que tiende a extinguirse y en el que las palabras ya no sirven para nombrar las cosas. Hace frío, llueve casi todo el tiempo, la ceniza cubre la tierra, contamina la atmósfera, el agua y la comida escasean, hay hombres que comen hombres, que comen niños para sobrevivir...

Después de la vertiginosa “Meridiano de sangre”, después de la estremecedora “Todos los hermosos caballos” (la escena que describe al protagonista, John Grady Cole, contemplando a su amada emergiendo del agua, y la que detalla la pelea en la que este se ve envuelto en una prisión de México, son de lo más sublime que puede encontrarse en la literatura de los últimos tiempos) ¿qué más se puede decir de Cormac McCarthy? Todo indica que a sus setenta y cuatro años ha dejado de ser un autor de culto para convertirse en un autor de masas, y lo malo, o lo bueno, depende de para quien, es que merece ser ambas cosas.

En esta ocasión McCarthy se transforma en mago, aunque no existe truco alguno en el manejo de lo que se lleva entre manos. Todo lo que se obtiene después de leer “La carretera” es auténtica magia, alquimia, brujería. Al igual que los genuinos chamanes siberianos, depositarios de toda sabiduría, el autor se sirve de una facultad sobrenatural para perturbar nuestra percepción de la realidad. Abandona aquí las extensas frases de obras como las dos citadas anteriormente para afinar la precisión narrativa que ya nos mostró en la novela “No es país para viejos”, publicada en el 2006, lo que ni le quita ni le añade, simplemente demuestra la maestría que ejerce en cualquier distancia que se proponga. La novela es como un gran poema épico. Un hermoso poema en prosa. Los párrafos cortos en que está estructurada ayudan a crear un clima constante y lineal que para nada podemos considerar inoportuno, todo lo contrario, muy pronto nos convencemos de que no existía otra manera de narrarla. Cormac McCarthy ha forjado un relato con efectos mántricos. A lo largo de toda la lectura subyace una vibración hipnótica que atrapa al lector desde la primera página, consigue dominarlo, suspender sus funciones anímicas; y cuando ya lo tiene atrapado, sin capacidad de decisión, lo sacude con una descarga de violencia o de ternura que lo sobrecoge. El libro se lee de un tirón pero de tanto en tanto el lector se ve obligado a parar. Es necesario detenerse, paladear, ralentizar la lectura, respirar hondo porque la historia nos está dejando sin respiración.

Hacía mucho tiempo que no ya un libro, sino algo, cualquier cosa, me emocionaba de una manera tan intensa como lo ha hecho “La carretera”. No he dejado de temblar mientras lo leía. Reconozco que he llorado cada vez que el hombre observa a su hijo dormido y se pregunta si llegado el momento tendrá fuerzas para matarlo, si podrá escoger entre dispararle o aplastar su cabeza con una piedra. He llorado cada vez que el hombre implora a Dios sin obtener respuesta, cada vez que se confiesa incapaz de imaginar pensamientos sobre la belleza o la bondad. He llorado cuando el hombre entrega el revolver a su hijo y le explica cómo saltarse la tapa de los sesos… Si te encuentran vas a tener que hacerlo. ¿Entiendes? Chsss… Nada de llorar. ¿Me oyes? Ya sabes cómo hacerlo. Te la metes en la boca y apuntas hacia arriba.

En todas las edades de la humanidad quien posee el fuego posee la verdad y posee el futuro.

Y no nos va a pasar nada malo.
Desde luego que no.
Porque nosotros llevamos el fuego.
Así es. Porque llevamos el fuego.

En distintos momentos de la novela sus dos protagonistas dialogan sobre el fuego. El fuego lo es todo: la sabiduría, la entereza, la honestidad, la rectitud, la justicia... El fuego los resguarda y los conduce, es una pertenencia que los define, que los hace ser como son y les ayuda a no perder la esperanza. Porque en definitiva no se trata de llegar a un mundo mejor, sino de ser mejores en cualquiera de los mundos, incluso en el infierno que les ha tocado habitar.

¿Dónde está? Yo no sé dónde está el fuego.
Sí que lo sabes. Está en tu interior. Siempre ha estado ahí. Yo lo veo.


Lo dos protagonistas de “La Carretera” poseen el fuego.
Cormac McCarthy también. Está en su interior. Yo lo veo.

jueves, 6 de septiembre de 2007

sobre el premio SETENIL

El Premio Setenil al Mejor Libro de Relatos Publicado en España, patrocinado por el Ayuntamiento de Molina de Segura, ha sido convocado ya en cuatro ocasiones. Los jurados estuvieron presididos en las tres anteriores, respectivamente, por escritores de prestigio nacional como Juan Manuel de Prada, Luis Mateo Díez y Luis Alberto de Cuenca. Los galardonados fueron Alberto Méndez por Los girasoles ciegos, Juan Pedro Aparicio, por La vida en blanco, y Cristina Fernández Cubas, por Parientes pobres del diablo.
En la presente edición, la cuarta, fueron presentados a concurso 45 libros, nueve menos que en la convocatoria del pasado año, disminución que a mi entender puede considerarse sintomática, ya que dicha circunstancia indica por una parte el pobre interés que despiertan los relatos en general, tanto a nivel lector como editorial, y por otra el escaso atractivo que supone el premio para las editoriales, o incluso para los propios escritores. Y es lamentable, ya que el premio es de los pocos destinados a reconocer y apoyar un sector ignorado en este país como es el de la narrativa breve.

A continuación transcribo la relación de libros finalistas en la presente convocatoria:

Tráeme pilas cuando vengas, de Pepe Monteserín (Ediciones Trea)
Si te comes un limón sin hacer muecas, de Sergi Pàmies (Anagrama)
Alumbramiento, de Andrés Neuman (Páginas de Espuma)
La sombra del caimán y otros relatos, de Manuel Moya (Onuba)
Sin ti, de Mara Torres (Aguilar / Santillana)
La mujer sin memoria, de Silvia Sánchez Rog (Lengua de Trapo)

El jurado, presidido en esta ocasión por la escritora Ana María Matute y formado por José María Jiménez Cano y José Belmonte Serrano, emitirá su fallo a finales de octubre.

Por mi parte, sin haberlos leído todos, tenía mis favoritos. He de reconocer que echo de menos Perforaciones de Francisco Afilado, o Zeppelín de José Manuel Martín Peña.

En fin, allá cada cual con sus gustos.

martes, 28 de agosto de 2007

un par de relatos en RENACIMIENTO


Transcribo a continuación dos relatos, Verdugos y Verdugos (II), publicados junto con ¿Cómo va a ser lo mismo? y Uno de esos días en que todo cambia, en el número 37-38 de la revista de literatura RENACIMIENTO (diciembre de 2002).


Verdugos

Hay un grupo de niños de unos once o doce años jugando en la vieja estación del ferrocarril, justo donde acaban las vías muertas. Están acuclillados y en
el centro del corro hay una taba que ha caído del lado del verdugo. Castro se levanta de un salto, sonríe exultante y dobla el cinturón por la mitad para hacerlo restallar igual que la tralla de un látigo. Quesada tarda un poco más en ponerse en pie y lo hace lentamente, como si hubiera permanecido demasiado tiempo en cuclillas y sus piernas se negaran a enderezarse. Comienza a moverse muy despacio mientras los demás, Miki, Andrés y Quirce, lo achuchan. Se acerca a Castro y su resignación parece la de una víctima ofrecida en sacrificio; le da la espalda y cuando éste le propina un par de correazos con todas sus fuerzas, salta como si estuviese andando descalzo sobre un montón de brasas. Se queja. Dice hostia dirigiendo a Castro una mirada torva que pasa desapercibida. Le acusa de haberse pasado. Frota enérgicamente las palmas de sus manos contra sus pantorrillas pero el escozor sigue arreciando. Castro es un cabrón, piensa, míralo cómo ríe, está disfrutando de lo lindo. Quesada vuelve a ocupar su sitio entre Andrés y Quirce y traga saliva. Su mirada ceñuda sigue buscando los ojos de Castro, que resplandece fanfarrón sin darse cuenta de nada. Se siente herido, lleno de una punzante aversión, pero todos ríen a carcajada limpia y no le queda más remedio que soltar una risa forzada y reprimir las lágrimas que amenazan con dejarlo en ridículo. No pasa nada, arrieros somos. Decide esperar su turno confiando en que la suerte le permita tomar la revancha. Andrés recoge el hueso seco del suelo y sin levantar la vista dice por lo bajini no miréis, creo que acabo de verlo... ¿dónde? ¿dónde?... no miréis joder... tranquilos, dice con malicia, está ahí. Se levanta como quien no quiere la cosa, recoge un pedrusco de entre las traviesas de madera y lo lanza con fuerza hacia el otro lado del muelle de carga. Después de esto todo se precipita: Miki, Quesada, Castro y Quirce también lanzan piedras en la misma dirección; lo hacen de forma desordenada y ruidosa, apuntan hacia los restos del tabique del almacén de mercancías y a punto están de darle a ese hombre adulto que aparece de repente, observa a los niños durante una décima de segundo y comienza a correr tan rápido como le permiten sus pantalones bajados. Se mueve como un pingüino y cuando se detiene para subirse los pantalones una piedra le impacta en el hombro. Duda un instante hasta que se decide a cruzar las vías saltando entre los raíles. Se agacha otra vez para coger la cinturilla de su pantalón, tropieza, cae y rueda por el suelo un par de metros. Se levanta y sigue huyendo a trompicones, recibiendo el muy cabrón alguna que otra pedrada en la espalda. Los niños se abastecen de piedras y las lanzan a discreción hasta que una de ellas golpea la nuca del mariconazo ese y lo derriba. ¡JA! El hombre cae de bruces. Que te den por culo cabrón gritan los niños, maricón hijoputa. Se le acercan un poco sin dejar de apedrearlo. Desde la distancia a que ahora se encuentran aciertan casi todas las piedras, rebotan sobre la espalda del muy cerdo con un sonido seco, POUCK POUCK POUCK POUCK; su cuerpo, tumbado bocabajo y con el culo al aire, tiembla con espasmos de epiléptico hasta que al poco se queda quieto como un saco. Las piedras siguen impactándole pero ese maricón de mierda ya no se mueve. Ha quedado con los brazos abiertos y las piernas dobladas como una marioneta sin hilos. Paulatinamente los niños dejan de apedrearlo. Ríen con ganas, maricón maricón, chúpate esa. Comienzan a alejarse y creo que es Quirce quien dice en tono bravucón a ese le van a quedar pocas ganas de meneársela, y Castro el último de ellos que ha recogido una piedra grande como el puño y la ha lanzado hacia el cuerpo inmóvil mientras Andrés se baja la cremallera de su pantalón y comienza a mear manteniendo el equilibrio sobre los raíles. Están demasiado excitados, todos ellos. Ríen y se empujan unos a otros y todos imitan a Andrés para ver quien llega más lejos con la meada. Castro afirma que con una llave de las que se usan para abrir latas de conserva prensada por las ruedas de un tren es fácil forzar cualquier cerradura. Nadie se lo discute. Dice que una vez su hermano abrió un coche con una y consiguió ponerlo en marcha, y que incluso sería capaz de abrir una puerta blindada. Luego Miki se baja los pantalones y los calzoncillos y se pone a correr y a gritar como una mariquita y los otros le lanzan piedras procurando fallar. Se lo están pasando en grande y ninguno de ellos propone seguir jugando al verdugo, ni siquiera Quesada, que se ha quedado con las ganas de ajustarle las cuentas a Castro. Pero no pasa nada. Miki continúa a lo suyo, corriendo y haciendo el bujarra. Quirce ha cogido del suelo un trozo de madera igual de grande que un brazo y se lo pone entre las piernas como si fuera un cipote. Dice ven, cariño, no corras, ven con papaíto, y todo es de lo más divertido.

Verdugos (II)

También mataron un gato, allí, casi en el mismo lugar donde días antes habían apedreado al maricón ese que le gusta hacerse pajas acechando a los niños (¡el muy cabrón! tuvo su merecido). Se trataba de un gato callejero. Una mierda gato color gris que tenía el pelo de la panza sucio de barro seco y estaba tumbado al sol cuando llegaron. Es difícil adivinar a quien se le puede ocurrir una idea así. Puede que a Castro, que para esas cosas es el más lanzado. El aquí te pillo aquí te mato. Sí, es bastante posible que sea Castro. No se le ocurre una buena.
—Ven minino —le dijo con voz melosa—, minino, ven jodido, no tengas miedo.

Y va y el gato que levanta un poco la cabeza y lo mira con los ojos enrojecidos de sueño. Cambia de postura ligeramente con un suave ronroneo y vuelve a cerrar los párpados, dispuesto a no hacerles caso.
—Miz miz miz... —dice Andrés. Se ha acuclillado al lado de Castro y lo llama como si estuviera haciendo un pelotilla con la yema de sus dedos—. Miz miz... lindo gatito —añade, imitando la dulce vocecita de Piolín.
El gato les mira de nuevo y bosteza largamente. Se levanta, encorva el lomo y vuelve a bostezar antes de acercarse confiado para dejar que Andrés y Castro lo acaricien. Cojea de una pata trasera y está bastante más delgado de lo que en principio les ha parecido. También tiene la cuenca del ojo izquierdo vacía. Vamos, una piltrafa. Andrés se pone en pie, sonriendo con malicia, pero Castro se le adelanta con un pepinazo que lo manda al quinto pino.
— ¡Ahí va!
El cuerpo del animal va a dar contra la tapia medio derruida que antiguamente impedía el acceso a las vías. Sin dejarlo tocar suelo llega Quirce y le mete otro chupinazo. Luego se deja caer de rodillas gritando GOOOOOOOOOL con los brazos en alto.

A duras penas el gato consigue rehacerse y plantarles cara. Suelta un bufido, acurruca el morro enseñando sus colmillos, y comienza a recular sin quitarles el ojo de encima; pero no tiene tiempo de mucho más. Andrés lo agarra por el rabo y estrella su cabeza contra el suelo del andén un par de veces, CRACK CRACK, toma hijoputa, a ver a quien vas a enseñarle tus dientes ahora, mientras al animal se le apaga un maullido bronco en el fondo de su garganta. Lo suelta sangrando por detrás de una oreja. Tiene la lengua fuera y parpadea espasmódicamente. Enseguida se pone a vomitar un líquido oscuro y espeso, sangre mezclada con algo más.
—Venga cabroncete, ¿a quién querías morder tú? ¿Eh? —desafía, acertándole en el pecho con un escupitajo.
Cuando Quesada se acerca a mirarlo el gato ya ha dejado de moverse. Siente un poco de asco al pensar que está muerto. Voltea el cuerpo con la punta del pie y el gato comienza a mearse.
—Hombre, si estás aquí —se chotea Castro.
Y Quesada como quien oye llover.
Le pregunta si es un cagueta o qué.
—No me toques los cojones, Castro.
— ¡Huy!, qué miedo.
Castro se queda mirándolo por el rabillo del ojo, enarcando una ceja, sin disimular una sonrisa provocadora. Es de esa clase de tipos. Así es como a él le gusta mirar a la gente, por encima del hombro, como si estuviera de vuelta de todo y los demás no supieran ni la picha que les conviene.
Quesada aprieta los dientes y los puños y entonces alguien tiene que salir al quite para evitar que se den de hostias. Se veía venir, sobre todo desde lo del correazo del otro día. Quesada se la tiene jurada, y Castro lo sabe, aunque le importa una mierda lo que Quesada piense. Igual que le importa una mierda todo.
Andrés quiere hacer un chiste sobre la historia esa de las siete vidas de los gatos, pero nadie atiende la gracia. Se queda un momento dándole vueltas al asunto.
— ¿Son siete o cuatro?
Nadie responde. Hay un silencio.
—Y ahora qué —dice Andrés.
—Qué de qué.
— ¿Qué hacemos?
Los cuatro se levantan de hombros, mirándose unos a otros.
Hay otro silencio, no muy largo.
Quesada mira a un lado y a otro. A la izquierda, entre los primeros edificios y la vieja estación se extienden los campos y las vías muertas. Demasiado lejos. Menos mal. Pero a la derecha es fácil distinguir el interior de las viviendas del primer piso y del segundo. Puede contar hasta cuatro balcones con la persiana subida. De repente tiene miedo de que alguien haya estado observando lo que han hecho. Piensa que lo conveniente es irse de allí cagando hostias.
Y al cabo es Castro quien propone enterrarlo.
— ¿Para qué?
—Marcamos el sitio y lo sacamos dentro de tres o cuatro meses. Y vemos cómo está.
Lo dice con el tono aburrido de quien está ya cansado de dar explicaciones, porque para él es lo más normal del mundo haber matado ese gato y luego hacer lo que está proponiendo que hagan. Está claro. No existe otro modo de ver las cosas. Y lo malo, o lo bueno, no sé, es que tiene razón; basta que él lo diga para que el resto se lamente por no haberse dado cuenta antes. Por eso todos se muestran de acuerdo. No hay más vueltas que darle. A todos ellos les parece cojonuda la idea de enterrar al gato, dejarlo allí tres meses, y sacarlo para ver en qué lo han dejado los gusanos.
Luego Quirce eructa con la boca toda abierta, grita BOCIO, e intenta darle un cachete en la frente a Castro antes de que se la toque con el pulgar de la mano. Va tras él durante un trecho y cuando lo alcanza caen al suelo enzarzados en una pelea de mentiras. Andrés se lanza sobre ellos y enseguida se lanza Quesada. Y acaban los cuatro revolcándose por el suelo, riendo, tosiendo porque el polvo se les mete hasta el fondo de la garganta.