
El relato es aquello que te cuentas a ti mismo en la sala de un dentista mientras esperas que te saquen una muela (John Cheever)
martes, 27 de enero de 2009
lunes, 26 de enero de 2009
A 88 kilómetros de la gasolinera – E. Annie Proulx
Descubrí a E. Annie Proulx con Canciones del corazón, colección de cuentos publicada por la editorial Tusquets en 1997 —aunque su versión original date de diez años antes— y me impactó la crudeza de sus argumentos y el magnetismo de su prosa. Después leí En terreno vedado: historias de Wyoming y volvió a pasmarme. Página tras página resoplaba y pensaba que esos cuentos son de los que levantan ampollas de envidia, con esa contundencia, esa capacidad para agarrar al lector por donde más le duele (y aquí cada cual sabrá de donde prefiere ser agarrado) y dejarlo sin respiración. La autora reconoce en el prólogo del libro que la idea de escribir una colección de relatos situada en Wyoming la cautivó por completo, y esa atracción irresistible, ese embelesamiento, es el que traslada a los lectores de sus relatos —que al parecer ha seguido recogiendo en sendas colecciones tituladas Bad dirt: Wyoming stories 2 (2004) y Fine just the way it is: Wyoming stories 3 (2008) (¡ánimo señores editores, ánimo!)—. Reconozco que el cuento titulado Brokeback Mountain está entre los mejores que le he leído a Annie Proulx. Hasta el momento me he negado a ver la adaptación cinematográfica. Según me han comentado es una interpretación demasiado superficial y rosa la que hizo Ang Lee, que convirtió en una simplona historia de amor lo que para la autora del texto original estaba más próximo a una atracción irresistible y pasional entre dos hombres que no tiene más opción que amarse y por eso lo hacen hasta las últimas consecuencias, por demasiado hombres, de puro macho, diría el tango... pero no, no es de éste relato del que quería hablar, no. El libro En terreno vedado se cierra con un relato de dos páginas que vuelve a mi pensamiento con demasiada frecuencia. Posee esa magia que disfruto hallando en algunos cuentos cuya lectura me acompaña durante mucho tiempo. Posee una sencillez esquemática y el calado de un océano. Dos páginas, qué digo dos páginas, dos párrafos le bastan a Annie Proulx para noquearme con A 88 kilómetros de la gasolinera. En las primeras líneas la autora nos presenta al ranchero Croom. Enseguida nos lo hace imaginar a la perfección: mirada estrábica, pelos sueltos como extremos enroscados de cuerdas de violín, bailarín de pies ligeros, borracho. Pero algo atormenta al ranchero Croom; algo no le deja seguir viviendo. Y es extraño, porque uno se lo imagina trabajando de sol a sol en un rancho tan enorme que la vista se pierde en el horizonte siguiendo el alambre de espinos, ni un alma en 88 kilómetros a la redonda; uno se lo imagina acodado sobre el cuerno de la silla, mascando hojas de tabaco y escupiendo como un sapo, se lo imagina sentado en el porche, de cerveza casera hasta las cejas, pero ni por asomo se lo imagina retrocediendo ni lamentándose. Es un hombre rudo y solitario el ranchero Croom. No parece la clase de hombre que deba arrepentirse de nada.
El ranchero Croom con botas hechas a medida y un astroso sombrero, ganadero de mirada estrábica, con unos cuantos pelos sueltos como extremos enroscados de cuerdas de violín, bailarín de pies ligeros sobre tablas astilladas o bajando las escaleras del sótano a coger del botellero una de sus extrañas cervezas de fabricación casera, espumosas, brumosas, botellas que estallan lanzando guirnaldas de espuma, el ranchero Croom, borracho, galopa de noche por la oscura llanura, gira en un lugar por donde sabe que se llega al borde de un cañón, allí desmonta y mira desde arriba los desprendimientos, espera, luego da un paso adelante y hiende el aire con su último alarido, las mangas de su camisa se ondulan sobre unos brazos como aspas de molino, los vaqueros flotan sobre la caña de las botas, pero antes de chocar contra el suelo se eleva hasta lo alto del despeñadero como un corcho en un cubo de leche.
La señora Croom irrumpe en escena en el segundo párrafo. Una mujer callada, sometida, con un moño recogido en la nuca, vestido oscuro, abotonado desde la garganta hasta las rodillas, cuello y puños de encaje almidonado, botas de caucho hasta media caña que le permiten trajinar en la pocilga; una mujer espigada con menos años de lo que su rostro aparenta y que en el fondo y en lo no tan fondo no es ya que no lamente sino más bien se alegra de la muerte de su marido.
La señora Croom en el tejado, sierra en mano, abre un agujero sobre el ático, una habitación que lleva doce años sin pisar gracias a los candados y advertencias del viejo Croom, acicates de su curiosidad, el sudor vuela cuando sustituye la sierra por un cincel y un martillo hasta que una dentada placa del caballete se desprende y puede ver el interior; justo lo que había pensado: los cadáveres de las amantes del señor Croom; las reconoce por las fotografías de los periódicos: MUJER DESAPARECIDA; algunos tan tiesos como la cecina y más o menos del mismo color, algunos enmohecidos por haber estado bajo una gotera, todos ellos maltratados, cubiertos de alquitranadas huellas de manos, señales de tacones de botas, algunos del azul brillante de los restos de la pintura que utilizaron años atrás para los postigos, uno envuelto en periódicos desde los pezones hasta la rodilla.
Independientemente del mundo que Annie Proulx nos dibuja con estos dos párrafos, la clave del relato, en mi opinión, se encuentra en la siguiente frase: “justo lo que había pensado”. Sí, la señora Croom consigue acceder a la buhardilla y allí descubre “justo lo que había pensado”. Se me atragantó el bocado literario cuando la leí por primera vez y vuelve a atragantárseme cuando vuelvo a leerla. O sea, la señora Croom lo sabía, lo sabía y callaba y seguía reuniéndose los domingos por la mañana con los miembros de su congregación religiosa; con su voz oscura entonaba salmos bajo la dirección del pastor y callaba y seguía viviendo junto a un hombre que se divertía matando mujeres y almacenando cadáveres en el ático de su propia casa. No dijo nada a nadie la señora Croom. Me estremece mucho más lo que esas cinco palabras encierran que el resto de la historia. Esas cinco palabras describen la personalidad de la señora Croom con más profundidad que muchas y más extensas descripciones, dejan abierta la historia no ya para que el lector se imagine lo que vendrá a continuación sino lo que ha ocurrido hasta llegar a ese momento, la sinrazón que a menudo dirige los pasos de una existencia yerma. Esa única frase le ha bastado a E. Annie Proulx para ponerme los pelos de punta. Si eso no es un buen relato…
sábado, 24 de enero de 2009
El cuento en Babelia
A lo largo de todo el artículo su autor lo salpica aquí y allá con alusiones a la figura de Wakefield, protagonista de un relato de Hawtorne —creo más adecuada para el fin recurrir a la figura de Bartleby. Conociendo al personaje de Melville me gusta imaginar que cuando alguien le solicite escribir una novela, seguro que contestará: "Preferiría no hacerlo"— maneja la figura de Wakefield, digo, con el propósito de utilizarlo como analogía literaria respecto a la situación del cuento en este país, para terminar con esta frase: “Y los lectores decidirán si la vuelta a casa del cuento tendrá el mismo destino que tuvo Wakefield que, tras su larga ausencia, se convirtió en un marido amante”. Ojalá: es lo único que puedo decir. Ojalá acierte con sus deseos, aunque me encuentro entre los que piensan que malamente puede regresar el cuento a un lugar del que jamás se ha ausentado.
En lo que sí coincide la mayoría, al parecer, y es algo que ha llamado poderosamente mi atención, es la relación establecida entre la narrativa breve y los blogs —es en ellos donde últimamente he encontrado recomendación a lecturas que a la postre han resultado verdaderamente satisfactorias y que de otro modo me habrían pasado desapercibidas—, lo que en mi opinión demuestra que para hablar y leer sobre el cuento todavía hay que echar mano de medios alternativos y marginales, o sea, que el cuento sigue sin interesar ni a editoriales ni a distribuidores ni a libreros ni a medios de comunicación ni a revistas especializadas ni, por supuesto, al lector. En una ocasión un amigo me dijo: “los poetas nos leemos entre nosotros mismos”. Idéntica sensación es la que yo percibo con los cuentistas.
Antes de terminar he de reconocer que me satisface encontrar esta bitácora mencionada al final del artículo, entre una relación de “páginas digitales con especial atención al cuento”, en la que también figuran otras que son de habitual consulta para mí:
La nave de los locos (http://nalocos.blogspot.com/).
El hueco del viernes (http://elhuecodelviernes.blogspot.com/).
Coffee & Garamond (http://paulviejo.com/).
Bitácora de Sergi Bellver (http://alasdealbatros.blogspot.com/).
Vivir del cuento (http://vivirdelcuento.blogspot.com/).
Literatura en breve (http://rne.literaturaenbreve.com/).
Relataduras (http://juancarlosmarquez.blogspot.com/).
El ladrón de Shady Hill (John Cheever blog) (http://cheever.wordpress.com/)
viernes, 23 de enero de 2009
Rafael Guastavino, Holden Caulfield y otros
Un amigo me recomienda la exposición que en el centro cultural del Carmen de Valencia puede visitarse hasta el 15 de marzo próximo. Me dice que sorprende, y no poco, descubrir que a finales del siglo XIX (¡ojo! siglo XIX, allá por 1890) un tipo nacido en Valencia participara en modernizar arquitectónicamente varias ciudades norteamericanas.Rafael Guastavino —más o menos es lo que leo— nace en 1842 en Valencia y estudia para Maestro de Obras y Arquitecto en Barcelona. Se traslada a América en 1881, donde espera encontrar un ambiente económico y social favorable para desarrollar hasta su perfección una técnica que permite construir bóvedas tabicadas con ladrillo visto (técnica que posiblemente vio desarrollar durante su infancia y adolescencia en Valencia). Participó en el diseño y elaboración de bóvedas en edificios de Boston, Washington D.C. Baltimore, Filadelfia y por supuesto Nueva York, donde dejó su huella en la estación Grand Central, en el Museo Americano de Historia Natural y muchos más, si no me equivoco alrededor de 360 obras. Pero es al llegar aquí, a estos dos edificios —la estación Grand Central y el Museo Americano de Historia Natural—, cuando se me ponen los pelos de punta. Inmediatamente recuerdo que es en Grand Central donde Holden Caulfield guarda su equipaje y charla con unas monjas y más tarde regresa para poder dormir sobre uno de los bancos que allí se encuentran, y que es al Museo de Historia Natural al que se refiere cuando dice: "Me encantaba ese maldito museo". No me atrevo a imaginar cuántos personajes de John Cheever se habrán movido bajo las bóvedas ejecutadas por el valenciano Guastavino, o cuántos de John Dos Passos, o de Truman Capote…
No entiendo de arquitectura, lo admito, es una disciplina que jamás se ha contado entre mis aficiones, sin embargo estoy convencido de que la apariencia de nuestras ciudades tiene mucho que ver a la hora de componer el carácter de los individuos que la habitan, por eso y porque Rafael Guastavino me ha traído a la cabeza a J.D. Salinger y a John Cheever y a tantos otros, he pensado que sería de lo más interesante poder calcular cuánto de valenciano poseen muchos de mis héroes literarios.

jueves, 8 de enero de 2009
martes, 6 de enero de 2009
Mis reyes magos
Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.
Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.


Reconozco que este año han vuelto a acertar.
miércoles, 24 de diciembre de 2008
El regalo de los Reyes Magos - O'Henry

Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.
Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.
Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young".
La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.
Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.
Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.
La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.
Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.
Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.
— ¿Quiere comprar mi pelo? —preguntó Delia.
—Compro pelo —dijo Madame—. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.
La áurea cascada cayó libremente.
—Veinte dólares —dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.
—Démelos inmediatamente —dijo Delia.
Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.
Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.
Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.
A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.
"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?”
A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.
Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".
La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.
Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.
Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.
—Jim, querido —exclamó— no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!
— ¿Te cortaste el pelo? —preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.
—Me lo corté y lo vendí —dijo Delia—. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?
Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.
— ¿Dices que tu pelo ha desaparecido? —dijo con aire casi idiota.
—No pierdas el tiempo buscándolo —dijo Delia—. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno —continuó con una súbita y seria dulzura—, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? —preguntó.
Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.
Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.
—No te equivoques conmigo, Delia —dijo—. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.
Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.
Porque allí estaban las peinetas —el juego completo de peinetas, una al lado de otra— que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.
Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:
— ¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!
Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:
— ¡Oh, oh!
Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.
— ¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.
En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.
—Delia —le dijo— olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.
Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios —maravillosamente sabios— y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.
sábado, 20 de diciembre de 2008
Tobias Wolff en abril

Our Story Begins. New and Selected Stories: su título original ya indica que el libro contiene una selección de cuentos ya publicados anteriormente (21) y varios cuentos nuevos (11). Ignoro si en la traducción que publique Alfaguara se incluirán los relatos ya editados o únicamente los inéditos. De cualquier forma espero este nuevo volumen con impaciencia, ya que Wolf figura entre los escritores que me han creado adicción. Sus anteriores libros, De regreso al mundo, Cazadores en la nieve y La noche en cuestión, son para mí obras de imprescindible lectura.
viernes, 19 de diciembre de 2008
Adiós, hasta mañana - William Maxwell

domingo, 14 de diciembre de 2008
Die Welle – Dennis Gansel

A lo largo de una semana los alumnos de un instituto alemán asisten a un curso voluntario sobre formas de gobierno. Algunos de los estudiantes que han elegido la autocracia como proyecto cuestionan la posibilidad de que se reproduzca en la época actual una situación social y política como la que aupó a Hitler al poder y acabó provocando la segunda guerra mundial, ante lo que su profesor —Rainer Wenger, antiguo ocupa y anarquista— propone reproducir un sistema autocrático en el aula. Para ello empieza por definir las relaciones entre los miembros del grupo. Se elige al profesor como líder y éste pasa entonces de ser tuteado y simplemente llamado Rainer a ser el "señor Wenger". Se establece un código de conducta, un modelo que mejora el comportamiento y el rendimiento anímico e intelectual: nadie hablará sin que el líder le conceda la palabra, todo el mundo deberá sentarse con los pies en paralelo y la espalda erguida, aquel que quiera tomar la palabra alzará la mano y una vez concedida se pondrá en pie junto a su asiento. Se busca un nombre para el movimiento: La Ola. Se diseña un logo que identifique al grupo, se adopta un uniforme, un saludo que los diferencia del resto, de todo aquel que no pertenece a la Ola. La disciplina, en definitiva, será el medio infalible para mantener la tensión que exige alcanzar los objetivos. Uno de los principios que rápidamente se implanta es el de “estás con el grupo o contra el grupo”. El individualismo que en las sociedades modernas prioriza los derechos del individuo frente al interés general es descartado. Se implanta el colectivismo. El fin es determinado por el interés del grupo. La tensión crece en la historia que se nos cuenta. Los personajes son absorbidos por una ideología de tintes totalitarios, se someten a la estructura cerrada que han creado y trabajan para blindarla. De forma natural, aprovechando las cualidades personales de cada uno de ellos, los alumnos se distribuyen los distintos puestos dentro de la estructura; hay quien se encarga de publicitar el movimiento mediante la creación de una página web y hay quien desempeña funciones de seguridad personal del líder… Lo que se inicia como un proyecto escolar bastante interesante, impartido con una mecánica envidiable que ya quisieran muchos profesores para su actividad docente, deviene en una obsesión peligrosa que se encamina hacia el drama de forma inevitable.
No quiero desvelar aquí el final de la película, pero mi impresión es que se trata de una concesión ideológica: no puede ser nada bueno a lo que nos lleva una propuesta como la que se plantea. Es impensable para la sociedad actual plantear el éxito de tal empresa… no, impensable no es el término acertado, se ajusta más la palabra peligroso, por lo tanto es peligroso para la sociedad actual plantear el éxito de tal empresa. Sin embargo me llama la atención que precisamente el suceso cumbre que confirma el fracaso del sistema sea un acto individual de uno de los alumnos; el individualismo: algo contra lo que el espíritu del grupo se muestra contrario en todo momento. ¿Quiere eso decir que no es atribuible al propio sistema su hundimiento? ¿Quiere eso decir que la destrucción del colectivo no se hubiera producido si uno de sus miembros no actuara en un momento dado de forma autónoma?
La Ola es una película inquietante porque suscita en el espectador ideas contradictorias, e incómoda porque te obliga a reflexionar, buscar respuestas a muchas preguntas que nos resistimos a formular. ¿Qué somos en realidad? ¿Somos seres gregarios por naturaleza? ¿Cuánto esfuerzo nos supone mantenernos alejados de ciertas tendencias ideológicas? ¿Somos lo que queremos ser? ¿A qué modelo de sociedad aspiramos? ¿Disciplina? ¿Permisividad? ¿Todo es blanco o negro? ¿No hay grises? ¿Se puede moldear el espíritu humano? ¿Tanto nos atrae lo que nuestro sentido común repudia? Demasiadas preguntas, ya digo, para hora y media de cine.
En una de las últimas escenas de la película el "señor Wenger" les dice a sus alumnos: marchaos a casa, tenéis muchas cosas en las que pensar. Y eso mismo es lo que estoy haciendo yo desde que terminé de verla, pensar, y por eso sé que a veces los pensamientos de uno mismo dan miedo, y que dejar de pensarlos es la única manera de volver a mirarse en un espejo y reconocerse tal y como se era antes, mucho antes de visitar ese lado oscuro que también forma parte de nuestra personalidad.
