martes, 18 de diciembre de 2007

Gritar – Ricardo Menéndez Salmón


Durante una conversación casual mantenida por un profesor de historia fascinado por el mal y un anciano que lo aborda en la sala de espera de un aeropuerto, éste intentará hacer ver al primero la cara oculta de los acontecimientos que gobiernan la deriva de la humanidad. Más tarde nos enteramos que el enigmático anciano ha aprovechado un descuido para esconder entre las páginas del libro con que Olsen, el profesor, pretendía distraer su espera, la piel de la nariz de una mujer a la que acaba de asesinar en los baños del aeropuerto. Con el paso del tiempo ese jirón de pellejo que Olsen todavía conserva se habrá convertido en la razón que lo empuja a rastrear respuestas inalcanzables. La piel arrancada ha adquirido la apariencia del pergamino y se ha convertido en la incógnita que determina su personalidad, marcada por la incansable búsqueda que se nos describe al principio. El círculo se cierra.

El cuento se titula El placer de los extraños y es un ejemplo —sólo uno, en el libro se pueden encontrar ocho más— de la perplejidad que la mayoría de las veces exhiben los personajes de Ricardo Menéndez Salmón. En cada una de las nueve historias que componen el presente volumen, sencillas y sin artificio alguno en su planteamiento, el autor asturiano introduce un componente que nos remite a la literatura fantástica, un elemento casi absurdo e ilógico que consigue hacerse un sitio y encajar en el texto con una naturalidad tal que ya no podríamos concebirlo despojado de esa sustancia. Con Gritar (publicado por la editorial Lengua de trapo) Menéndez Salmón prefiere no aportar datos, considera innecesario explicar de dónde vienen sus héroes, por qué actúan de una forma concreta o las consecuencias de su comportamiento, se limita a ofrecernos una imagen que muestra el misterio —ese concepto inalcanzable desde la lucidez—, nos lo exhibe, el misterio, pero no lo revela.

En una entrevista publicada por David González en Avión de papel, Ricardo Menéndez Salmón afirma que “en lo que escribo pueden mezclarse fantasía y filosofía, ya que en la existencia cotidiana esas cosas vienen dadas así: juntas, revueltas, mezcladas”. Esa mezcolanza es una de las habilidades que más claramente se aprecia en el libro. Al introducir mecanismos sin apariencia determinada en principio, pero que de manera imprevista se convierten en la esencia básica, en una idea central del relato, el autor consigue inquietarnos, exigir un paso más rápido en la lectura para acertar pronto el camino que nos saque del laberinto que propone. Y ya se sabe, con mucha frecuencia el miedo va de la mano de la emoción y la emoción como sentimiento expectante y ansioso es lo que acaba atrapando al lector.

Tenía curiosidad por leer a Ricardo Menéndez Salmón. Había leído sobre él —mucho, había leído mucho sobre él, puede que se trate de uno de los escritores jóvenes que más halagos recoge— pero no había leído sus libros. Intenté conseguir su anterior colección de relatos, Los caballos azules (volumen en el que se integra el texto homónimo que, en diciembre de 2003, recibió el prestigioso premio internacional de cuentos Juan Rulfo otorgado por el Instituto de México en París y Radio Francia Internacional), pero incluso en la misma editorial Trea figuraba como agotado. Después dejé pasar La ofensa (editorial Seix Barral) sencillamente —lo reconozco, mea culpa— porque es una novela. Así es que al cabo he tenido que acercarme a este volumen para descubrirlo. Y la verdad, la espera ha merecido la pena.

Aquellos que últimamente encuentran excesiva la influencia del minimalismo norteamericano en la narrativa breve española podrán apreciar en este autor elementos distintos. Puede que alguien todavía considere esa diferencia no imperceptible pero sí ligera, demasiado ligera, aunque en mi opinión se trata de una diferencia interesante y seductora. Creo que Menéndez Salmón es un escritor elegante, exquisito, denota buen gusto por la literatura. Es un escritor sin excesos. No aparenta ser escandaloso, más bien es un poco pillo este autor, de los que te van proporcionando la dosis justa de literatura, poco a poco, a cuentagotas, para enganchar, crear adicción y dejar al lector esperando con avidez su próximo libro. Un poco pillo, ya digo.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Pregúntale a John Fante


Mil gracias José Ángel.

Curioseando en la bitácora de José Ángel Barrueco, Escrito en el viento, me entero por la entrada correspondiente al jueves, 13 de diciembre, de que en el año 2000 se publicó un libro de John Fante titulado THE BIG HUNGER en el que se recogían los relatos inéditos escritos por el autor entre 1932 y 1959.

John Fante (Colorado, 1909 - California, 1983) es un escritor estadounidense nacido en una familia humilde de origen italiano, autor de Pregúntale al polvo, novela iniciática que —sin arrinconar otras obras del mismo autor como Camino de los Ángeles, Espera a la primavera, Bandini, Sueños de Bunker Hill, o La hermandad de la uva— en mi opinión se sitúa a la altura de dos imprescindibles como son Hambre de Knut Hamsun y Factotum de Charles Bukowski —quien confesó abiertamente su admiración por este hombre, propiciando de esa manera una mayor difusión de su obra—, y a partir de ahí se extiende contagiando gran parte de la literatura que se viene a denominar "realismo sucio norteamericano".

La literatura de John Fante —como afirma Charles Bukowski— está escrita con las entrañas y el corazón. Sus personajes, su historias —rápidas y directas— la manera de contarlas, suponen un oasis en el desierto, una luz al final del túnel. No es de extrañar que Bukowski gritara en sus momentos de rabia "¡No me trates como a un hijo de puta! soy Bandini, Arturo Bandini". No, no es de extrañar, que levante la mano quien no quiera ser Arturo Bandini.

Comparto el deseo que manifiesta el amigo Barrueco y ojalá la editorial Anagrama, que en los últimos años ha venido publicando toda la obra de John Fante, se decida a traducir estos relatos al castellano.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Temporada de huracanes – Gonzalo Calcedo Juanes


A estas alturas no creo ir mal encaminado si digo que resulta imposible comentar ningún libro de Gonzalo Calcedo Juanes sin tener en cuenta los restantes. Once colecciones de relatos —tres de ellas han visto la luz durante el último año— y una novela publicadas desde 1996, puede que le conviertan en uno de los escritores más prolíficos de los que en este momento se encuentran en activo.

El conjunto de la obra que viene construyendo Calcedo se ordena con piezas machihembradas para conformar un vasto andamio de detalles minuciosos que moldean la naturaleza íntima de sus personajes, un recio entarimado, una superficie extensa sobre la que al lector le resultará cómodo transitar, moverse con serenidad y regodeo mientras recrea su mirada en cada una de las vetas intercaladas, en cada uno de los nudos oscuros localizados en el punto exacto de donde salía una rama con la que el autor ha conseguido un nuevo listón de madera. Y de esa forma, una pieza y a continuación otra y otra más y otra, parece ser que pretenda esparcirse sin límite, hasta el infinito. Los relatos de Calcedo Juanes —todos ellos, desde los que se recogían en el primero de sus volúmenes— constituyen un mundo la mayoría de las veces opresivo, carente de fortuna y bienestar, y entreverado por personas cuyo desasosiego se nos transmite con un tono de voz sin estridencias que se aleja a partes iguales de la sensiblería y la complicidad, huyendo de cualquier compromiso que exijan las situaciones que nos narra, aparentemente aséptico, podríamos decir. En este sentido el autor se convierte en cronista imparcial de una realidad que muy pronto empieza a resultar familiar, un imaginario con pocas sorpresas, es cierto, pero con profusas recompensas en forma de satisfacción cuando nos sumergimos en su lectura.

Gonzalo Calcedo, autor de tres de los libros de relatos que pueden considerarse fundamentales cuando se habla de narrativa breve publicada durante la última década, Esperando al enemigo, La madurez de las nubes, y Apuntes del natural, tiene ganado un puesto notable entre los referentes de los cuentistas españoles. Ya en sus primeras colecciones era obvia e innegable la influencia del minimalismo norteamericano, sin embargo Calcedo tiene sobradamente demostrada una autoridad extraordinaria para asimilarlos, destilar ese universo descrito a través de las cosas pequeñas y de los gestos a medias y adaptarlo a un lenguaje y a un entorno que sus lectores encuentran armoniosos, agradables y fácil de reconocer. Confieso que me encuentro entre los adictos a sus narraciones, no obstante he de admitir que en sus dos libros inmediatamente anteriores, Saqueos del corazón y Chejov y compañía, ambos publicados también en el 2007, no encontré las cotas habituales en el resto de su obra. Por el contrario, con Temporada de huracanes (editorial Menoscuarto), el autor palentino vuelve a alcanzar los logros de la excelente triada que mencionaba anteriormente. Pienso en los relatos titulados Conversación, (donde un abogado de éxito, prepotente e individualista vocacional, conocerá el desconcierto de la verdadera soledad después de mantener una conversación con el marido de la mujer que venía siendo su amante. La indiferencia con la que este hombre trata a sus semejantes desde su atalaya es la que recoge en el momento final del relato), Instrucciones para náufragos (en el que una mujer hace coincidir la fiesta de su 37 cumpleaños con el momento de su vida en que empieza a ser consciente de los frágiles vínculos que mantiene con los amigos invitados a su casa para celebrarlo, se da cuenta de que quiere estar sola, y que si sigue casada con el hombre que conoció en su época universitaria es únicamente por la fuerza de su voluntad), o La máquina del tiempo, (uno de mis preferidos, donde se relata la escasa indulgencia que el protagonista es capaz de manifestar hacia las decisiones que su madre adoptó después de enviudar en la cuarentena, como por ejemplo la de compartir su vida con otro hombre).

Si bien hay quien afirma que Gonzalo Calcedo se ha instalado en unas maneras narrativas que le exigen pocos riesgos, ya que sus héroes se mueven por escenarios cuya atmósfera viene descrita desde sus primeros relatos, también lo es que Temporada de huracanes contiene momentos afortunados de una calidad más que considerable, una eficacia estilística, una claridad y una sencillez que ya venía echando de menos no solo en sus propios libros, sino en los libros de otros muchos cuentistas que últimamente he estado leyendo.


lunes, 19 de noviembre de 2007

Sobre el futuro de la nueva narrativa


El sábado 17 de noviembre en Babelia, suplemento cultural del periódico El País, Vicente Verdú firmó un artículo titulado Reglas para la supervivencia de la novela, en el que intentaba reflexionar sobre las bases que deben sustentar la nueva narrativa y del que se desprende el propósito de establecer unas conductas en exceso encorsetadas respecto al camino que ha de enfilar cualquiera que pretenda escribir una novela.

Sin ironía no hay contemporaneidad, sin ironía no existe visión de la iridiscencia del mundo y su variable composición.

El párrafo que antecede está extraído del artículo de Vicente Verdú y es de lo poco en lo que acierta: la mayor parte de los argumentos de los que se vale son pura ironía.

Si la creación literaria se limitara a las instrucciones que se nos facilita difícilmente existiría la iridiscencia a la que según parece hay que tender. La creación es un acto solitario que no conviene someter a estructuras o intenciones predeterminadas. De lo contrario sería demasiado sencillo, la génesis de toda obra perdería el misterio que debe poseer para que nos seduzca. Un buen texto conjugará reflexión y visceralidad, si no a partes iguales, sí en la proporción que el autor considere conveniente, que para eso es el único responsable de su trabajo. El compromiso del escritor se suscribirá únicamente con sus libros y estos se plantearán ajenos a que sean o no llevados al cine, y eso también significa que el lenguaje cinematográfico o televisivo es tan válido como cualquier otro. Las novelas, cuentos, poemas o lo que sea, perderán credibilidad si se plantean pensando en posibles lectores.

Para escribir no hace falta ningún decálogo, tal vez sea más necesario poseer una idea y una voz para trasladarla y emocionar con ella. De la habilidad que un autor demuestre para impregnar al lector con su obra dependerá la importancia de la misma.

El debate queda abierto, y en uno de los foros con más capacidad de acoger controversias de esta naturaleza como es el blog de Vicente Luis Mora, aunque soy de los que opinan que se trata de una cuestión manida, ajena por completo al proceso de creación y a la que debería dedicarse escaso interés, convencimiento que se contradice con el hecho de dedicarle una entrada en esta bitácora, aunque así soy yo y así creo que somos todos: contradictorios. Contradictorios y también anárquicos, de la misma manera que contradictorias y anarquicas habrán de ser las historias que alumbremos.

sábado, 17 de noviembre de 2007

El ángel en el tejado – Russell Banks


Podría hablar de cualquier otro libro de Russell Banks —Deriva continental, Aflicción, Como en otro mundo, La ley del hueso… — todos ellos textos notables que consiguen dejar en el lector como poco un exquisito sabor de boca; sin embargo he decidido hablar de "El ángel en el tejado" por varias razones, una por tratarse de una colección de relatos —debilidad que una vez más reconozco— y otra por ser el libro que hace cinco años me descubrió al autor y me condujo a leer una detrás de otra todas sus obras anteriores.

Durante años mi madre me contó historias sobre su pasado, pero yo no las creía, las interpretaba.

De esta forma comienza “A manera de introducción”, el primero de los textos que componen el volumen (digo texto porque en la contraportada no se incluye entre los 15 relatos o 15 historias que se dice reúne el libro, aunque yo prefiero atribuirle idéntica proporción entre sinceridad y engaño que al resto), y la idea que se desprende de ese enunciado, la reflexión que hace el autor sobre las historias autobiográficas que le relata su madre, parece ser el leit motiv que recorre cada uno de los cuentos.
Situado a cierta distancia del minimalismo narrativo que tanta simpatía despierta últimamente para engalanar su prosa con una elegancia que no resulta pretenciosa sino sensata, no exigente sino delicada, con un estilo práctico y realista, Russell Banks consigue despistar, hacernos titubear entre realidad y ficción; conocedor de las teclas literarias que ha de pulsar para que una historia enganche, ese es el juego principal que nos propone: literaturizar la vida. El autor nos advierte desde un principio: las historias que cuenta su madre no son creíbles, y nos aporta también un puñado de pruebas para demostrar que son inventadas. No obstante cuando se atreve a desenmascararla, su madre viene a responderle que gracias a sus mentiras un día él será capaz de escribir. El aliento que exhala el conjunto de los relatos es este: historias falsas que parecen verdaderas. Muestra de lo dicho se observa principalmente en piezas como “Sarah Cole: una escena de amor” —en la que alternando de una manera llamativa la primera y la tercera persona se nos describe la relación sentimental que un hombre mantiene con una mujer fea a la que incluso a priori aquel califica como la mujer más vulgar que ha conocido—, “La visita” —mediante numerosos flash backs conoceremos la época en que el protagonista tenía doce años y era maltratado por un padre alcohólico, relación paterno filial que podría considerarse una sinopsis de la que se cuenta en la novela Aflicción—, o “Un cuento de éxito” —donde se nos relatan las aspiraciones de un chico que abandona la universidad, las adversidades a que se enfrenta para abrirse paso, los desengaños, y la manera en que se enamora de la mujer que en un hermoso final se nos dice acabará siendo su esposa.
Cuando la gente piensa que es sólo ficción dejan de escuchar, afirma Russell Banks, las historias deben resultar creíbles, parecer que tratan sobre nosotros, de esa manera podremos llegar a entender el lugar que ocupamos en el mundo. Ese objetivo es el que acometen los personajes de estos quince/dieciséis relatos, despejar la incógnita que hace de la vida una existencia confusa, y ese es, en definitiva, el objetivo al que nos dirigimos —o deberíamos dirigirnos— todos nosotros, y el que estamos convencidos de haber alcanzado al llegar al final de un libro más que recomendable.

Guardo esta colección de cuentos en el mismo estante que "Alguien que me cuide" de Richard Bausch, "Viaje de invierno" de Charles Baxter, cualquiera de los de Carver y de Alice Munro, o "Rock Springs" de Richard Ford, entre otros. Me gusta tenerlo cerca, releerlo, abrirlo y volver a saborear un párrafo elegido al azar; encuentro satisfacción en poder echar mano de mis lecturas preferidas como quien dispone de sus creencias religiosas cuando todo lo demás defrauda. En este sentido he de admitir que venero algunos de mis libros como si fueran textos sagrados. Russell Banks dice que toda buena historia es una plegaria. No puedo más que darle la razón. Una de las súplicas que cualquier autor eleva y que quedarán atendidas al leer El ángel en el tejado es con toda seguridad la de cautivarnos, enamorarnos de las palabras y de las historias que se nos han contado. Y eso, en mi opinión, es más que suficiente. ¿O no?

jueves, 15 de noviembre de 2007

viernes, 2 de noviembre de 2007

Venganza - Jim Harrison

Llegué hasta Jim Harrison hace unos cuantos años, a través de una crítica que firmó Carver en 1979 y en la que se apuntaba que Legends of the fall era un libro redondo, un tríptico capaz de iluminar nuestras propias vidas. Confieso que siento una inclinación tal vez excesiva hacia Raymond Carver. Durante mucho tiempo incluso rastreé sus lecturas para nutrirme de sus mismos gustos, y aunque en ciertas ocasiones —Barry Hannah, Grace Paley… — seguir sus consejos me ha ocasionado algún que otro sentimiento contradictorio muy próximo a la decepción, con el libro de Harrison, publicado por primera vez en España en 1981, he de reconocer que acertó de pleno.

“Leyendas de otoño” reúne tres novelas cortas de una altura envidiable —la adaptación de una de sus historias, dirigida por Edward Zwick, con Brad Pitt y Anthony Hopkins en el reparto, se tituló “Leyendas de pasión”—, las tres apasionantes. La primera y la que yo prefiero se titula “Venganza” —aunque no la he visto porque Kevin Costner no es santo de mi devoción, sé que en 1990 protagonizó junto con Anthony Quinn la película cuyo argumento se basa en este relato—, y en ella el protagonista, Cochran, un ex piloto norteamericano de 41 años, hombre inteligente, temerario, mujeriego y seguro de sí mismo, se enamora como un colegial de Miryea, esposa de Baldassaro Méndez, más conocido como Tibey (tiburón), un mexicano cuya inmensa fortuna se apoya en el proxenetismo y la droga, y con quien Cochran ha establecido una reciente amistad.
Esta es una historia intensa, ágil, rápida —la sucesión de acontecimientos posee un ritmo fulminante—, escrita con puntualidad cinematográfica, efecto potenciado sobre todo cuando el narrador se torna confidente y su voz adquiere una familiaridad a la que no podemos negarnos, confundiéndose con la de un amigo que te invita a situarte en un ángulo desde el cual se tiene mejor perspectiva de la escena, y allí, agazapados, seguir observando sin que nadie advierta nuestra presencia. Ahora tenemos que alejarnos de los amantes y dejarlos descansar, aunque sea por un brevísimo instante. Posémonos en la repisa de la chimenea como un impasible grifo de ojos de piedra, porque es mejor tener ojos de piedra para ver lo que vamos a ver. Los detalles enriquecen hasta tal punto las descripciones, son de tal precisión, que no resulta complicado visualizar el episodio que se está leyendo. En este sentido, a nuestra imaginación, se le ha facilitado el itinerario. Podemos dejarnos llevar, cerrar los ojos sin desconfianza, el autor nos conduce por el filo de un acantilado con paso seguro, siguiendo el rastro de una técnica narrativa que en ningún momento nos hará perder el equilibrio.
Harrison acierta con la evolución de la historia —a excepción de un flashback que se inicia hacia la sexta página y finaliza treinta después, el relato posee una estructura lineal que nos impide abandonar su lectura hasta alcanzar la última palabra— y acierta con el diseño de los protagonistas, incluso en cada una de las ocasiones que estos son colocados al límite: Cuando Tibey descubre la infidelidad de su flamante amigo y su esposa, decide apalear al primero hasta darle por muerto y —a sabiendas que esta decisión será una de las que jamás le permitirán volver a conciliar el sueño— desfigurar el rostro de Miryea con un cuchillo y abandonarla luego en el peor prostíbulo de Durango.

Cochran sobrevive y a partir de entonces su único propósito será matar a Tibey y rescatar a su amada. Los personajes se rigen por un código de honor atávico — preferible morir que cargar con una afrenta— que tal vez carecería de credibilidad si la historia no se desarrollara en ese territorio fronterizo y salvaje que se sitúa entre México y los Estados Unidos. El antagonismo que se aprecia entre Cochran y Tibey es necesario cuando se trata de una historia entre buenos y malos, particularidad que podríamos considerar peligrosa por el abuso de tópicos que tal vez exija. No obstante las contradicciones que el autor atribuye a cada uno de los protagonistas consiguen alejarlos de esos lugares comunes para inyectar un componente seductor a su personalidad: —Matar a tus enemigos produce un placer justo y adecuado— Llegado el momento ninguno de los dos encuentra el valor para matar al otro. O no se trata tanto de valor como del profundo respeto que ambos se profesan. Tibey acabará por reconocer que el amor de Miiryea pertenece a Cochran.

La escena con que se inicia “Venganza” describe de forma cruenta a un hombre inconsciente y desnudo que se desangra al sol entre la maleza de un denso chaparral. Tiene un pómulo aplastado, el brazo izquierdo roto, los testículos reventados y dos costillas fracturadas. Se encuentra al borde del coma. Los buitres lo acechan, esperan con paciencia a que expire para repartirse la carroña.

¿Quién no se ha imaginado en alguna ocasión a la muerte como un espectro con capucha portando una guadaña? ¿Quién no se la imagina como una fea y desdentada calavera? Bien, pues una vez acabado el primer párrafo de “Venganza” —no más de treinta líneas— cualquiera podrá imaginar que la muerte posee un rostro del que no resulta difícil enamorarse, cualquiera empezará a convencerse de que la barbarie descrita con tal capacidad también puede resultar atractiva, y empezará entonces a preguntarse qué demonios ocurre en este país para que un autor como Jim Harrison (1937, Grayling, Michigan; autor de siete libros de poesía, tres colecciones de relatos, seis novelas) pase totalmente desapercibido.

martes, 23 de octubre de 2007

Fallado el IV premio Setenil


Con el fallo del IV Premio Setenil al Mejor Libro de Relatos Publicado en España que concede el Ayuntamiento de Molina de Segura, se han cumplido gran parte de las expectativas. Ya casi nadie lo dudaba. El escritor Sergi Pàmies con su libro Si te comes un limón sin hacer muecas (editorial Anagrama) se lleva los 12.000 euros del premio. No podía ser otro. Bueno, miento —porque entre los 45 libros presentados algún que otro verdaderamente bueno había—, sí podía ser otro, pero por lo visto no tenían intención de que lo fuera.
Sólo queda felicitar al ganador, aunque no puedo dejar de advertir que los premios literarios adquieren prestigio tanto por la composición del jurado que lo otorga como por la nómina de premiados. No obstante, en este caso en el que se pretende reconocer al mejor libro de relatos publicado debemos fijarnos en una obra concreta y dejar de lado el prestigio del autor. Si nos atenemos a los vencedores de las ediciones celebradas hasta el momento —Alberto Méndez, Juan Pedro Aparicio, Cristina Fernández Cubas y Sergi Pàmies— resulta indiscutible la valía de cada uno de ellos, no así los libros por los que éstos lo han obtenido, ya que tanto Parientes pobres del diablo, en la edición pasada, como Si te comes un limón sin hacer muecas, no me parecen mejores libros ni en el conjunto de la obra de sus autores, ni durante el año en que se publicaron. Todo ello me lleva a interesarme por el grado de sinceridad que gobierna la decisión adoptada por el jurado y a cuestionar el futuro de un premio que hoy por hoy quizás aspira no tanto a resaltar la calidad como a obtener cierta resonancia.

En fin, como creo que cualquier autor es responsable de los premios literarios que se le conceden pero no culpable, sólo queda felicitar a Sergi Pàmies por los 12.000 euros que se ha llevado y felicitarlo también por haber escrito Si te comes un limón sin hacer muecas. ¿Felicitarlo por haber escrito el mejor libro de relatos publicado en España? Eso, en mi opinión, es otra historia.

domingo, 21 de octubre de 2007

jueves, 18 de octubre de 2007

Presentación de "El tacto de un billete falso"


Juan Pablo Zapater en plena intervención

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El martes, 16 de octubre de 2007, a la hora en que estaba fijada la presentación de El tacto…, en Valencia no llovía, diluviaba. Sin embargo ni siquiera el diluvio consiguió acoquinar al puñado de amigos que había decidido acompañarme, muchos más de los que sinceramente yo esperaba. Gracias a todos.

El texto que sigue es el que el poeta y amigo Juan Pablo Zapater leyó en el acto.

Reconozco haber asistido a presentaciones literarias de todo tipo: desde aquellas tan tozudamente largas y tortuosas que me hacían jurar para los adentros que esa sería la última vez en que me dejara arrastrar por la cortesía entre escritores, hasta aquellas otras tan fugaces que apenas si consistían en levantar el ejemplar presentado con una mano y un vaso de tubo bien provisto de hielo y alcohol con la otra, mientras se lanzaba a gritos cualquier brindis pretendidamente ingenioso en mitad de un local de moda. También acuden a mi mente aquellas que ensalzaban el libro en cuestión hasta alcanzar el paroxismo, de tal modo que ni el propio autor se veía capaz de asimilar tantas alabanzas juntas sobre su obra, o por el contrario, esas otras que lo hundían con tal saña delante del público asistente, que éste, lejos de acabar deseando su lectura, optaba por escapar de ella, como si de las páginas de instrucciones de cualquier complicado aparato doméstico se tratara.

Huyendo yo de tales irreverentes recuerdos, ésta de hoy intentará ser una presentación moderadamente breve y relativamente objetiva. Y digo relativamente objetiva, porque me vincula una ya antigua amistad con
Pepe Cervera, al que conocí allá por el año 1990, cuando él todavía llevaba debajo del brazo aquel conjunto de poemas llamado Tessella -con el que había obtenido un año antes el primer premio del certamen de poesía “Miguel Hernández“ y la publicación en la “Editorial Aguaclara“-. Y es que, aunque a veces no se diga demasiado o se haga con la boca un poco distraída, el autor de El tacto de un billete falso que hoy presentamos comenzó escribiendo poesía, circunstancia que yo no me resisto a revelar, precisamente por tratarse de un género tan querido para quien os habla.

También es justo reconocer que el resultado poético de
Pepe Cervera no representaba un paradigma de la lírica al uso y ya denotaba un más que apreciable coqueteo con el género narrativo, tanto en su forma como en su fondo. Leamos a título de ejemplo un fragmento de su poema Preámbulo de un epílogo del libro Tessella:

Primero me preguntaste de qué sirve enamorarse, si el amor, en definitiva, se traduce a tristeza.
Después, para qué empeñarse en estar tristes, en ir tejiendo recuerdos que, más temprano o más tarde, se perderán en el laberinto de la memoria.
Más tarde, que si para mí era cierto aquello de que la memoria está reñida con la distancia.
Yo, como única contestación a todo, te pregunté por qué ese afán interrogativo te invadía siempre antes de hacer el amor en todos y cada uno de nuestros reencuentros”.

Centrándome ahora en el objeto de la presentación que nos ocupa, os confesaré que su autor, al entregarme una versión ya prácticamente definitiva del libro, me dijo que el nexo de unión, de haber alguno, entre los distintos cuentos que lo componían era el de estar habitados por unos personajes que acababan de perder la felicidad o estaban a punto de encontrarla. Pero ¿de qué felicidad hablamos?.

Tal vez estemos en uno de los momentos de la historia en que más se habla de la felicidad, en que más se persigue y más visionarios surgen proponiendo múltiples y curiosos métodos para alcanzarla. ¿Será precisamente porque vivimos tiempos más bien “no felices“, en los que se han erigido como soberanos los valores puramente materialistas, desterrándose otros, si no estrictamente espirituales, sí al menos más generosos o altruistas?, ¿tiempos en los que todos ciegamente creemos que seremos más dichosos cuando toquemos ese falso bienestar por el que nos pasamos luchando la mayor parte de nuestras vidas?.

Intentar monopolizar la definición de la felicidad no deja de ser un ejercicio de soberbia o un serio intento de manipulación. El propio diccionario de la Real Academia Española cae con su simpleza en una definición materialista acorde con los tiempos que corren: “Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien”; y luego cita un par de sinónimos no demasiado complicados: “Satisfacción, contento”. Por su parte, alguna enciclopedia profundiza un poco más y nos da un concepto tal vez más amplio y perfilado de la felicidad: “Situación del ser para quien las circunstancias de su vida son tales como las desea”. Es decir que, para llegar a ser feliz, lo primero es saber de qué quiere uno rodear su existencia, qué es lo que ambiciona o con qué se conformaría. Esta última podría admitirse como una definición básica de la felicidad, incluso como un acertado punto de partida desde el que trabajar para obtenerla. Pero aun creyendo haberla alcanzado siquiera temporalmente ¿qué hacer para ponerla a salvo?

Los personajes de estos relatos, en ocasiones, no saben por qué han perdido la felicidad, si la tuvieron, ni qué hacer para recuperarla. Y en eso radica uno de los mayores atractivos del libro, en colocar al lector en el disparadero en que se encuentra cada uno de los protagonistas que asoman a sus páginas, en vestirle con la a veces fría y a veces ardiente piel de los atribulados seres que reconocemos como parte de nosotros mismos.

Sumidos en un trasmundo virtual, pero mucho más humano y coherente que el que nos ofrecen los últimos adelantos cibernéticos, según avancemos en la lectura llegaremos a compartir los sentimientos de unos hijos desasistidos del cariño de sus padres, los de unos padres que han perdido el sitio ante los ojos de sus hijos, los de una bella mujer entrando en la edad madura para la que nadie la preparó a enfrentarse, los de un matrimonio extraviado entre el amor y el odio que se profesa, o los de aquel hombre que de repente se convierte en el único y quizás inútil consuelo para su más querido amigo... y en definitiva contemplaremos, junto al autor, esos cruciales momentos de la vida en los que se diría que hay que elegir entre tomar a solas una arriesgada decisión o dejar cobardemente que decidan por nosotros.

No voy a desvelar aquí las claves del argumento de ninguno de los cuentos que componen el libro, pero sí me gustaría constatar la acertada elección de los temas que los inspiran, la cotidianeidad elevada de escalón hasta dotarla de un trasfondo de sencillez misteriosa, de un cierto sabor de “novela negra” sin los clásicos personajes, ni los clásicos sucesos, que caracterizan ésta última.

Y todo esto entronca con las fuentes en las que reconoce haber bebido Pepe Cervera, esa narrativa breve norteamericana de la que son buenos exponentes Carver, Cheever y tantos otros. Simplificando al máximo el universo narrativo de estos dos últimos escritores citados, se podría decir que mientras el primero maneja personajes que viajan en trenes marcados por una asumida desdicha, el segundo lo hace con protagonistas que creen estar a salvo hasta que su destino les obliga a apearse otra vez en el oscuro andén de la infelicidad.

Las historias de Cervera transitan quizás por una “tercera vía“, un camino de hierro en el que se alternan los tramos seguros con los altamente peligrosos, en el que los viajeros realmente dudan si llegarán alguna vez a una apacible estación de término o si en cualquier momento descarrilarán sus vidas.

Además nuestro autor aporta formalmente su toque personal: un tono más que cinematográfico en la concepción de las escenas. Tanto que incluso algunas de ellas podrían catalogarse como una verdadera sucesión de rápidos planos generales, medios y primeros planos. Veamos al respecto este pequeño fragmento del relato titulado “Destellos tornasolados”, que por cierto forma un curioso díptico, repitiendo protagonistas, con el cuento que inmediatamente le sigue:

Sin embargo, hoy, a primera hora de la tarde, cuando la vemos abandonar el edificio donde trabaja, cargando con una bolsa de deporte que contiene una muda y la ropa que utiliza para sus ejercicios físicos, ya sabemos que al humedecer el perfil de su boca con la punta de la lengua y tragar saliva, notará un sabor de esparto al final de su garganta, y se sentirá torpe, agarrotada, como si se hubiera colado en una fiesta en la que no va a ser bien recibida.

Se detiene un momento en la calle y duda si coger un taxi. No le gusta esa sensación que la atenaza. Comprueba la hora en su reloj de pulsera. Mañana sin falta debe enviarle la invitación a Antonio Delinde, un crítico influyente del que está segura recibirá el apoyo que necesita para la exposición de Gustavo. Se lo debe. Saca una pequeña agenda del interior de su bolso de mano y lo anota. Faltan cuatro días para la inauguración. Cuenta mentalmente. Desconfía del servicio de correos. Mejor será llamarlo por teléfono, esta misma noche. Corrige lo anotado. Vuelve a comprobar la hora y comienza a ponerse nerviosa...

Esa agilidad narrativa y esa profunda implicación que Cervera logra despertar en el lector serían algunos de los principales rasgos que podrían definir esta colección de cuentos que hoy presentamos. Y también una calibrada dureza que se deja sentir a lo largo de los catorce textos que como catorce asaltos de un combate vital se van librando sobre el cuadrilátero que representan las páginas abiertas de este libro.

Yo, por mi parte, he intentado encajar como un buen fajador la amplia gama de sordos y estratégicos golpes que a veces me llovían desde estos relatos, y en ocasiones me he sentido aliviado al terminar su lectura, como debe sentirse un púgil al escuchar el salvador sonido de la última campana.

Confío en que otros, enfrentando este libro, acaben también con los ojos del alma amoratados y empiecen a dejar de buscar cualquier indicio de felicidad en el áspero tacto de un billete falso.