viernes, 19 de diciembre de 2008

Adiós, hasta mañana - William Maxwell


El colectivo de creadores BANDA APARTE ha tenido a bien hacerme un hueco entre sus integrantes, de manera que a partir de ahora también se podrán leer en el blog LA TORMENTA EN UN VASO —cita diaria para lectores inquietos, hambrientos, sin olvidar el interesante trabajo de los editores independientes ni dejar fuera ningún género: novela, poesía, relato, ensayo, biografía, epistolarios, cómic, teatro, literatura infantil y juvenil... y todo aquello que puede encontrarse, mejor o peor, al pisar una librería— las impresiones que me susciten algunas de mis lecturas.
He empezado con la novela corta Adiós, hasta mañana, del autor William Maxwell. Disfrutadla.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Die Welle – Dennis Gansel


Empezaré diciendo que me ha gustado, y mucho, La Ola (Die welle), película alemana dirigida por Dennis Gansel y basada en el libro del mismo título publicado en 1981, en el que el escritor estadounidense Morton Rhue —seudónimo de Todd Strasser— narra lo acontecido en la Cubberley Hig School (Palo Alto, California) en 1967 (muy importante me ha parecido el testimonio de Ron Jones, profesor artífice del experimento original, que puede leerse pinchando aquí).

A lo largo de una semana los alumnos de un instituto alemán asisten a un curso voluntario sobre formas de gobierno. Algunos de los estudiantes que han elegido la autocracia como proyecto cuestionan la posibilidad de que se reproduzca en la época actual una situación social y política como la que aupó a Hitler al poder y acabó provocando la segunda guerra mundial, ante lo que su profesor —Rainer Wenger, antiguo ocupa y anarquista— propone reproducir un sistema autocrático en el aula. Para ello empieza por definir las relaciones entre los miembros del grupo. Se elige al profesor como líder y éste pasa entonces de ser tuteado y simplemente llamado Rainer a ser el "señor Wenger". Se establece un código de conducta, un modelo que mejora el comportamiento y el rendimiento anímico e intelectual: nadie hablará sin que el líder le conceda la palabra, todo el mundo deberá sentarse con los pies en paralelo y la espalda erguida, aquel que quiera tomar la palabra alzará la mano y una vez concedida se pondrá en pie junto a su asiento. Se busca un nombre para el movimiento: La Ola. Se diseña un logo que identifique al grupo, se adopta un uniforme, un saludo que los diferencia del resto, de todo aquel que no pertenece a la Ola. La disciplina, en definitiva, será el medio infalible para mantener la tensión que exige alcanzar los objetivos. Uno de los principios que rápidamente se implanta es el de “estás con el grupo o contra el grupo”. El individualismo que en las sociedades modernas prioriza los derechos del individuo frente al interés general es descartado. Se implanta el colectivismo. El fin es determinado por el interés del grupo. La tensión crece en la historia que se nos cuenta. Los personajes son absorbidos por una ideología de tintes totalitarios, se someten a la estructura cerrada que han creado y trabajan para blindarla. De forma natural, aprovechando las cualidades personales de cada uno de ellos, los alumnos se distribuyen los distintos puestos dentro de la estructura; hay quien se encarga de publicitar el movimiento mediante la creación de una página web y hay quien desempeña funciones de seguridad personal del líder… Lo que se inicia como un proyecto escolar bastante interesante, impartido con una mecánica envidiable que ya quisieran muchos profesores para su actividad docente, deviene en una obsesión peligrosa que se encamina hacia el drama de forma inevitable.

No quiero desvelar aquí el final de la película, pero mi impresión es que se trata de una concesión ideológica: no puede ser nada bueno a lo que nos lleva una propuesta como la que se plantea. Es impensable para la sociedad actual plantear el éxito de tal empresa… no, impensable no es el término acertado, se ajusta más la palabra peligroso, por lo tanto es peligroso para la sociedad actual plantear el éxito de tal empresa. Sin embargo me llama la atención que precisamente el suceso cumbre que confirma el fracaso del sistema sea un acto individual de uno de los alumnos; el individualismo: algo contra lo que el espíritu del grupo se muestra contrario en todo momento. ¿Quiere eso decir que no es atribuible al propio sistema su hundimiento? ¿Quiere eso decir que la destrucción del colectivo no se hubiera producido si uno de sus miembros no actuara en un momento dado de forma autónoma?

La Ola es una película inquietante porque suscita en el espectador ideas contradictorias, e incómoda porque te obliga a reflexionar, buscar respuestas a muchas preguntas que nos resistimos a formular. ¿Qué somos en realidad? ¿Somos seres gregarios por naturaleza? ¿Cuánto esfuerzo nos supone mantenernos alejados de ciertas tendencias ideológicas? ¿Somos lo que queremos ser? ¿A qué modelo de sociedad aspiramos? ¿Disciplina? ¿Permisividad? ¿Todo es blanco o negro? ¿No hay grises? ¿Se puede moldear el espíritu humano? ¿Tanto nos atrae lo que nuestro sentido común repudia? Demasiadas preguntas, ya digo, para hora y media de cine.

En una de las últimas escenas de la película el "señor Wenger" les dice a sus alumnos: marchaos a casa, tenéis muchas cosas en las que pensar. Y eso mismo es lo que estoy haciendo yo desde que terminé de verla, pensar, y por eso sé que a veces los pensamientos de uno mismo dan miedo, y que dejar de pensarlos es la única manera de volver a mirarse en un espejo y reconocerse tal y como se era antes, mucho antes de visitar ese lado oscuro que también forma parte de nuestra personalidad.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Proyectos de pasado – Ana Blandiana


No sé si esto que escribo acabará siendo la recomendación de un libro o un aviso para lectores con prejuicios. Reconozco que yo mismo soy un hombre a quien no le vendría mal de vez en cuando alguna que otra recomendación y reconozco también que soy un hombre con prejuicios literarios. Me explico:

Leí que Ana Blandiana —nacida al igual que Johnny Weissmuller en Timişoara en 1942, hija de un sacerdote ortodoxo preso político y por eso declarada “hija de un enemigo del pueblo”— es una escritora a la que durante años se prohibió publicar en la Rumania de Nicolae Ceauşescu, que sus libros eran retirados de las bibliotecas públicas y su nombre obviado en círculos literarios; leí que sus escritos circulaban de forma clandestina y yo, que de una forma congénita he recelado siempre de esos escritores que tal vez a su pesar encarnan el bien y la dignidad y acaban convertidos escriban lo que escriban en símbolos de la corrección ética, y que han de gustar a la fuerza porque de lo contrario uno será clasificado como poco junto a los insensibles y como mucho igual que un criminal, decidí no leerla.

Leí que se comparaba Proyectos de pasado (publicado por la editorial Periférica) con una parábola, una lección de lo que DEBERÍA SER con mayúsculas y de lo que NO DEBERÍA SER con mayúsculas también, un texto con innumerables significados pero de cuya lectura se desprendía principalmente una enseñanza moral, y yo, que siempre he pensado que la moral es como la nariz: cada cual posee la suya y cada cual la utiliza para recrearse en los perfumes o censurar los hedores que a cada cual conviene, decidí no leerlo.

Leí que en los once relatos que componen este volumen la autora había combinado la literatura testimonial y la prosa fantástica con el realismo mágico, y yo, que mi afición a ese género literario se inició y se agotó con Cien años de soledad —magnífica, por cierto— decidí no leerlos.

Reconozco además que soy un hombre cuya fuerza de voluntad en ocasiones flaquea y entonces, amparándome en alguna que otra excusa de lo más inconsistente, me salto a la torera cualquier decisión que haya adoptado, circunstancia que unas veces lamento y otras, como ahora mismo, agradezco. Sí, y digo agradezco porque a pesar de todos los factores combinados para impedir que leyera Proyectos de pasado lo he leído. Y exceptuando Una herida esquemática, fábula con la que se abre el libro — ¡OH no! otro prejuicio más: habitualmente encuentro las fábulas cargadas de hiriente ingenuidad—, y La gimnasia nocturna, cuya trama me ha resultado excesivamente previsible, creo que es un libro de relatos que vale la pena leer, dejar que repose la lectura, digerirla, y releer. Las claves que facilita Ana Blandiana trascienden la situación concreta en lo que se refiere al régimen totalitario que sometió Rumania hasta finales del siglo pasado, y por ende el panfleto que a priori temía encontrar. En el campo —el mejor de los relatos en mi opinión— podría servir para reflexionar sobre el abandono y en algunos casos desprecio hacia nuestros ancianos en las sociedades modernas; Reportaje esconde razonamientos sobre la obstinación enfermiza que nos lleva a cuidar en exceso las apariencias descuidando lo que la vida nos suministra; el relato que cede el título al conjunto, Proyectos de pasado, plantea de forma tangencial la posibilidad de una sociedad distinta y mejor, ahí mismo, al alcance de la mano; Imitación de una pesadilla —ejecutado como el relato más autobiográfico— evidencia la estafa que implica confundir la libertad con la facilidad de movimientos.

Soy un hombre con perjuicios, sí, antes he admitido poseer prejuicios y ahora admito los perjuicios que dicha actitud me acarrea. Afortunadamente en este caso he conseguido disminuir el daño rectificando el criterio inicial que me sugería no leer Proyectos de pasado, de otro modo jamás hubiera podido avisar a los que como yo poseen una idea literaria preconcebida, como tampoco hubiera podido recomendar el disfrute disfrute disfrute de este libro, y digo disfrute disfrute disfrute, así, no una ni dos, sino tres veces, porque puedo asegurar que es mucho, por lo menos el triple de lo que esperaba. Que, ¿no?; leedlo y hablamos.

viernes, 24 de octubre de 2008

Como una historia de terror – Jon Bilbao

Una pareja abandona la ciudad para rehacer su vida en una casa construida a espaldas de un viejo bosque. Apenas instalados en ella, la mujer es asaltada en un sueño por la imagen de una invasión de ardillas. Intentan tomar la casa. En el sueño, Bambú, el perro de la pareja, las enfrenta y se pierde tras ellas en la espesura. Al día siguiente Bambú ha desaparecido. Desde ese momento, en las pesadillas de la mujer los roedores seguirán acechando la casa con creciente violencia en cada ocasión, como una horda de inquietantes emisarios del bosque.

El párrafo que antecede viene incluido en la contraportada de “Como una historia de terror” —cuyo autor, Jon Bilbao (Ribadesella, 1972), ya publicó a principios de este mismo año y en la misma editorial, Salto de página, la novela “El hermano de las moscas”—; viene incluido seguramente con la intención de sintetizar el argumento del libro pero no es más que un esbozo de la primera parte del relato que cede el título al volumen. En la segunda parte de esta historia el lector averigua las razones por las que la pareja ha decidido trasladarse a esa casa solitaria. La mujer se consideraba incapaz de resistir a la tentación de ser infiel y estaba convencida de que alejarse de la ciudad le impediría sucumbir y contribuiría a restablecer su normalidad sentimental. Amenazados por esas pesadillas los protagonistas deciden practicar una especie de conjuro en forma de fiesta, e invitan a todas sus amistades un fin de semana en el que proyectan hacer frente a los símbolos que pueblan los sueños de la mujer. Sin embargo a la reunión asiste el amigo que es la causa de la amenaza inicial, lo que provocará un trasvase de sentimientos, y al cabo será el protagonista —hombre impertérrito y escéptico respecto al significado de los sueños— quien absorba los miedos de su mujer liberándola de la atracción que siente por aquel. En este sentido y yendo más allá de la historia de terror que Jon Bilbao nos presenta a simple vista, los sueños podrían alimentarse del miedo a ceder ante el impulso de engañar a la persona que se ama, en el caso de ella, y sucesivamente por el miedo a ser engañado, en el caso de él.

Las imágenes, la evolución de la historia, el decorado de las escenas que el autor ha elegido presentarnos podrían resultar tópicas en principio —el bosque amenazador, la desaparición de un perro, el vecino jorobado, la soledad, el enigma de los sueños… En cuanto entró, un trueno acompañó la puerta al cerrarse, y el rayo, simultáneo, iluminó la hilera de animales de madera sobre la chimenea: ¿Cuántas veces nos hemos estremecido ante una pantalla con una escena como la que el autor describe?—, sin embargo Jon Bilbao utiliza esos ingredientes de manera ingeniosa para conseguir un lustre de novedad y contagiar el clima de tensión que pretendía. En cada una de las siete narraciones que componen “Como una historia de terror” se han incorporado elementos inquietantes que provocan la desazón de los personajes al tiempo que la desazón en el lector, como también ocurre en “La fortaleza”, historia en la que se nos narra la alarma causada por los encuentros casuales que sufren sus protagonistas con dos desconocidos, sembrando la sospecha de que les están persiguiendo.

El peligro que se respira en la lectura de estos cuentos no procede del exterior. La amenaza no se encuentra en las afueras de los personajes sino en las inseguridades propias de cada uno de ellos, esos temores íntimos que se guardan en secreto porque poseen los mecanismos necesarios para convertirlos en personas totalmente distintas a las que venían siendo. Esa es una de las preocupaciones que se advierte en los héroes de Jon Bilbao: prefieren controlar sus emociones, ser como ellos deciden ser, antes que ser como son vistos por los demás. El comportamiento que los personajes manifiestan no acaba de obedecer a la respuesta que cabría frente a estímulos peligrosos, creo más acertado buscar su naturaleza en esa inquietud innata que despierta en ellos la irrupción de un elemento nuevo, un sentimiento no desconocido pero sí reservado —fogosidad en el relato “Prolegómenos”, resentimiento en “El ladrón de lencería”, inseguridad en “Rata”, ansiedad en “El hambre en los alrededores del lago”—, de ahí que el terror del que se nos habla en esta colección de cuentos resida en la intimidad de los protagonistas y obedezca más a estímulos procedentes de su propio carácter que del mundo que los rodea.

El otro relato que prefiero es “Rata”, la historia de un jefe de departamento que organiza una fiesta de navidad para estrechar lazos entre empleados e impresionarlos. Alguien suelta una rata en la fiesta y a partir de ese momento la tensión crece. El jefe ve cómo se intensifica la inquina hacia quien considera sospechoso, un trabajador modélico que no ha tenido nada que ver en el asunto y que es apaleado por el verdadero responsable. El jefe lo encuentra casi inconsciente y sangrando en el suelo del garaje del edificio y cuando intenta ayudarlo aparecen tres altos cargos de la compañía. Todo ha de llevarles a pensar que el autor de la paliza es el jefe y éste, en lugar de exculparse, opta por librar toda la ira acumulada y amenazarlos, haciendo alarde de una bravuconería que viene a señalar la coexistencia de temperamentos opuestos en una misma persona. De nuevo encontramos la colisión entre el ser y el parecer.

Opino que estos dos son los relatos más acertados: “Rata” y “Como una historia de terror” —el más breve y el más extenso de la colección—, y opino que no le resultaría difícil al autor alcanzar cotas narrativas más altas si decidiera eliminar la contención con que resuelve sus historias. Es demasiado torrencial su prosa y notable la tensión que consigue transmitir, para luego apurar la frenada hasta el punto de que en lugar de sugerir con un final abierto lo que consigue es provocar un ligero desencanto, sin que por ello se empobrezcan las virtudes evidentes en el libro, ya que Jon Bilbao demuestra ser un escritor riguroso en sus planteamientos, capaz de armonizar el raudal de pinceladas descriptivas que suministra, y obtener en definitiva, como ha hecho, un libro de aconsejable lectura.

domingo, 14 de septiembre de 2008

El fumador y otros relatos – Marcelo Lillo

En alguna parte he leído que se emparenta la de Marcelo Lillo con la escritura lacónica de Raymond Carver — ¿cuántos van ya? — y aunque hubo un tiempo en que esa circunstancia era suficiente para guiarme en mi búsqueda particular de lecturas, reconozco que últimamente esa misma circunstancia me produce cierta desconfianza. Y no es que la lectura de Catedral, Tres rosas amarillas, etc. haya perdido su efecto encantador, todo lo contrario, vuelvo a ellos y siguen enriqueciéndome, pero he empezado a pensar que lo Carveriano y Carver no es más que un marchamo que se utiliza demasiado y demasiado a la ligera para definir o alinear a todo aquel que escriba relatos, tanto para señalar quien se parece a él como para señalar quien se encuentra en las antípodas del escritor norteamericano; o sea, si uno se parece porque se parece, y si no, porque no se parece. Personalmente me produce cierto hartazgo leer en reseñas y contraportadas de libros el nombre de Carver.


Dicho lo anterior, El fumador y otros relatos (editorial Caballo de troya), me parece un buen libro de relatos. Pese a que en dos de sus narraciones, Vida de un cachorro y Diente de León, las más desacertadas del volumen, el autor no consiga mantener el ritmo y la tensión de las precedentes, no deja de ser libro hermoso en el que desde las primeras páginas se advierte su destreza para, evitando implicarse, sacar una historia atrayente del manifiesto vacío y la mediocridad de las vidas de sus personajes; y digo evitando implicarse porque la distancia a la que se sitúa para observarlos le permite contener en la medida justa una emoción que de otro modo podría rebasar el límite existente entre la elegancia y una intensidad excesiva y perjudicial.

“No sabía muy bien qué hacer con la vida”, dice el protagonista del relato titulado No era mi tipo, pero la verdad es que esa misma expresión podría ser utilizada por cualquiera de los personajes del libro, personajes que habitan un espacio cerrado, que viven situaciones de apatía, de hastío, e irradian un clima opresivo que casi roza el estoicismo, la asfixia, el entumecimiento de un cuerpo abotargado que no consigue ponerse en movimiento, como en La felicidad, relato que muestra en paralelo la incapacidad de un niño de cinco años que necesita piernas ortopédicas para andar, y la ineptitud de un matrimonio para desprenderse de la indiferencia y encontrar la felicidad: dos versiones distintas para en el fondo semejante forma de invalidez.

Las historias de Marcelo Lillo nos hablan con un estilo lacónico —sí, lacónico, lacónico y por lo tanto Carveriano (pufff)— de un mundo próximo, un lugar común, pero en todo momento y muy hábilmente por cierto, se ocupa de transmitir la inquietud que suele acompañar a la expectación; el suspense propiamente dicho no se encuentra presente en sus relatos, y sin embargo la información que se nos va facilitando es la precisa para no prevenirnos, para atraparnos en la lectura con la necesidad de descubrir lo que está por suceder.

Uno de los protagonistas del cuento que da título al libro —podría ser que este personaje se parezca en gran medida al autor, ya que en un artículo firmado por Ignacio Echevarría en “El Mercurio”, Lillo es definido como un escritor que ha sufrido “la soledad, los pasos en falso, los ninguneos en que se resuelven las trayectorias de tantos escritores alejados de los circuitos literarios y de los centros del poder editorial”— uno de los protagonistas de El fumador, digo, afirma que “un libro que no se lee se convierte en cadáver”: Sería una lástima que las historias de El fumador y otros relatos pasaran a “mejor vida”.

A continuación el mismo personaje insiste: “Los libros se escriben para los lectores; si no, mejor no escribirlos”. Pues eso, Marcelo, a seguir escribiendo; seguro que los lectores de éste no le harán ascos al siguiente.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Canción de Sam Cooke en octubre

Sam Cooke publicó más de treinta éxitos en apenas siete años, entre 1957 y 1965, y esa es la razón por la que es considerado uno de los padres del soul. Murió con 33 años, el 11 de diciembre de 1964. Hay quien sostiene que el marido de una mujer de la que era amante le pegó tres tiros a la salida de un hotel de Los Ángeles, y hay quien cree que fue la recepcionista de ese hotel quien al sentirse amenazada por un negro le disparó tres veces matándolo al instante.



No sé cierto si fue octubre cuando el mar ceniza se juntó allá, con el horizonte plomizo.
No acierto a concretar si fue entonces cuando la costra de la arena se dejaba perforar por las gotas de lluvia eterna.
Creo que estábamos sentados a pocos metros del furioso mar macilento.
Acabábamos, pues, de dejar el colchón tirado en el suelo, frente a la chimenea donde el fuego chasqueaba sobre una alfombra de carbón que más bien era lingotes de oro.
Habrían terminado, seguramente, las respiraciones pausadas, descansándonos de las lujurias.
Lo que sí fue en octubre, y eso lo sé bien cierto, es que justo al acabarse Sam Cooke en la casete dejamos de estar conscientes en nosotros mismos.


El texto que antecede se titula “Canción de Sam Cooke en Octubre (o hacer el amor en el apartamento a orillas del mar)”, y con él se abría TESSELLA, el poemario con el que en 1989 obtuve el Certamen Juvenil de Poesía “Miguel Hernández” y que fue publicado por la editorial Aguaclara en 1991 (colección Anaquel de poesía). Si no recuerdo mal lo escribí con 21 ó 22 añitos, y es una prueba de que la música de Sam Cooke también se encuentra entreverada en buena parte de lo que escribo.

viernes, 1 de agosto de 2008

martes, 22 de julio de 2008

Norteamérica profunda - Juan Carlos Márquez

Cinco son los relatos que Juan Carlos Márquez ha reunido en Norteamérica profunda, libro que ve la luz casi tres años después de ser galardonado con el VIII certamen de relatos Rafael González Castell.


En esta ocasión, a diferencia de las que agrupó en su libro Oficios, las historias —de una mayor frondosidad argumental— vienen estructuradas en breves capítulos, escenas que de forma aislada fragmentan la narración pero en conjunto funcionan como un entramado que la ayuda a progresar con notable desenvoltura. Esta es una de las habilidades que se puede reconocer a Juan Carlos Márquez después de leer el libro: la aparente sencillez que nos permite avanzar en la lectura sin apenas dedicarle esfuerzo.

De las cinco historias —todas ellas en una línea similar de calidad— las que yo prefiero son La sombra de las acacias y La tierra en pedazos. En el primero de estos relatos, John Midletton, quien siendo niño perdió a su padre en Saigón al estallarle entre las manos una granada, malvive en el Bronx, con su madre, hasta que ambos se trasladan a vivir a Bloomington, Minnesota, al rancho de un hombre que dice estar en deuda con ellos porque John Midletton padre le salvó la vida. Allí será testigo de la creciente simpatía que su madre siente por su benefactor y conocerá a Linda, hija adoptiva de un hippie polígamo que trabaja en el rancho. Gracias a una serie de casualidades nuestro protagonista y sus amigos se convencen de que el coño de Linda posee poderes mágicos y que quien lo pruebe será capaz de conseguir lo que desea. Esto, que en principio nos puede sonar a broma anecdótica y graciosa entre adolescentes, acaba adquiriendo un grado indiscutible de trascendencia, ya que con el paso de unos cuantos años —en la universidad y con un futuro prometedor como miembro del equipo de atletismo— también John Midletton alcanzará lo que tal vez sin saberlo venía anhelando: encontrar el camino para convertirse —al igual que John Midletton padre— en un hombre bueno.

En el segundo, dos veteranos de la gran guerra vuelven a coincidir pasados veinte años en un centro penitenciario. Pese a las nuevas circunstancias ambos —Brooker, un negro enorme condenado por asesinato, y McNealy, guarda del penal— siguen manteniendo la misma relación de amistad que los unió en combate. En honor a esa antigua camaradería dedican sus ratos libres a competir por ver quien completa antes el puzzle de un mapamundi mientras conversan y se hacen compañía. Durante uno de sus numerosos diálogos Brooker insta a McNealy para que salga al mundo, viva y se sobreponga a la muerte de su esposa: “… deberías dejar esta estupidez. Nada te retiene aquí. Ahí afuera hay montones de chicas. Están por todas partes… Buscan un hombre y tú no eres tan viejo…”, le dice. En mi opinión es ahí donde se encuentra la clave del relato, ya que tiempo después, cuando Brooker sale de prisión por buen comportamiento y de camino a Memphis el lector ve avecinarse la tragedia en una escena en la que es inevitable que el negro vuelva a delinquir arruinando su vida, la historia se resuelve mediante un quiebro narrativo que nos mueve a preguntarnos si no será el otro personaje, McNealy, quien menos perspectivas de felicidad posee.

Si antes he dicho que una de las habilidades de Juan Carlos Márquez en Norteamérica profunda es la aparente sencillez de su prosa, la facilidad con que la lectura se desliza, otra de las habilidades que se le deben reconocer es el uso de un humor agudo y exquisito que se aproxima mucho al concepto que cualquiera podría tener de la ingenuidad, un humor sin malicia e incluso melancólico que a veces nos obliga a torcer el gesto de nuestra sonrisa. En este sentido veo más acertado emparentar el estilo del libro con la elegancia de Tobias Wolf que con la crudeza de Richard Ford o Raymond Carver. Y cito a estos autores por la declaración de intenciones que el propio autor señaló en una entrevista reciente: “Norteamérica profunda es un libro deudor, es mi homenaje al cine americano y a algunos escritores que pueblan mi altar de lector: Robert Louis Stevenson, Herman Melville, Raymond Carver, Truman Capote, J. D. Salinger, John Cheever y Richard Ford, entre otros”

Por mi parte me resisto a situar los cuentos de Norteamérica profunda entre los márgenes de la corriente minimalista norteamericana, lo que no considero que sea algo beneficioso ni algo perjudicial, no es un defecto ni una virtud, sencillamente es lo que es, una de las numerosas sorpresas no muy difíciles de encontrar en lo que se refiere a la narrativa breve que en España se viene cociendo durante los últimos años, un libro por el que el aficionado al cuento estará de enhorabuena, un puñado de relatos que tienen lo que deben tener los buenos relatos para gozar de una mayor difusión.

martes, 15 de julio de 2008

miércoles, 2 de julio de 2008

Un inédito en NARRATIVAS


Se ha publicado el número 10 de la revista digital NARRATIVAS, en cuya página 55 se incluye mi relato inédito Después de un cuento de Boris Vian.

En esta ocasión, para conmemorar el segundo aniversario de este interesante proyecto literario, sus creadores, Carlos Manzano y Magda Diaz y Morales, han decidido dedicarlo a la literatura erótica.
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