lunes, 4 de abril de 2011

Richard Yates – Tao Lin

Pepe Cervera había leído aquí, allá, más allá y por todas partes, que el Richard Yates de Tao Lin era una novela acojonante, el paradigma de la modernidad, la repera, el no va más, la biblia de no sé qué generación, el antes y el después de la nueva literatura. Por eso fue que Pepe Cervera entró en la Fnac de la plaza de San Agustín de Valencia por una de las puertas laterales, subió a la primera planta, dejó atrás la zona de CDS rock nacional, giró a la derecha, anduvo todo recto, buscó el libro en la góndola de las novedades, lo cogió, y sin pararse a ojearlo ni hojearlo, fue a la caja en la primera planta, junto a la puerta principal, y pagó.

A las 4:32 PM Pepe Cervera empezó a leer el libro. Lo dijo en voz alta, 4:32 PM. Se preguntó quién cojones habla así, 4:32 PM, cuando puede decirse cuatro y media, por ejemplo. Siguió leyendo, una palabra detrás de otra, una línea detrás de otra, una página, diez páginas...

Al rato le entraron ganas de cagar. Pepe Cervera se llevó el libro al cagadero de Pepe Cervera, en casa de Pepe Cervera, para seguir leyendo. Le costó un poco (cagar, no seguir leyendo). Tuvo que hacer más fuerza de la habitual. Dejó el libro en el suelo para usar el papel higiénico. Pensó que siempre utiliza más papel higiénico del que en realidad es necesario. Decidió lavarse el culo y pasó al bidé sin subirse los pantalones, de un salto. A las 5:45 PM (y dale, no podrá decirse las seis menos cuarto) Pepe Cervera retomó la lectura del Richard Yates de Tao Lin. Se levantó y fue hasta la cocina para confirmar la hora en el reloj que hay colgado junto al frigorífico. El frigorífico de Pepe Cervera en la cocina en casa de Pepe Cervera. “Sí”, pensó, “las 5:45 PM, vale”, y le chocó pensar 5:45 PM, la verdad, porque el reloj que hay colgado junto al frigorífico, el frigorífico de Pepe Cervera en la cocina en casa de Pepe Cervera, no es digital, es de manecillas.

Se sentó de nuevo, esta vez en una silla del comedor, para mantener una postura erguida y apoyar el Richard Yates de Tao Lin sobre la mesa. “Vale”, dijo, “Creo que estoy preparado”. Pensó “estoy preparado”. Pensó que estaba preparado. Miró una mancha que había en la pared de enfrente. Miró la esquina inferior derecha de la pantalla del televisor. Miró la mancha de nuevo. Pensó en “Barrio Sésamo”. Pensó en “Epi y Blas” concretamente, en izquierda y derecha, en arriba y abajo, al centro y “pa” dentro. Pensó en cosas, en muchas cosas, y entre esas cosas no estaba Richard Yates, el escritor, porque el Richard Yates de Tao Lin no tiene nada que ver con Richard Yates escritor, pero que nada, nada, nada que ver. Ya le gustaría, ya. El Richard Yates de Tao Lin lo mismo podría haberse titulado “Bocadillo de atún con anchoas” o “Dos tontos muy tontos”, aunque Pepe Cervera recordó que ya existía una película titulada “Dos tontos muy tontos”, pero no existía una película titulada “Bocadillo de atún con anchoas”. Escribió en el buscador de Google “Bocadillo de atún con anchoas” y al pulsar “intro” se le desplegaron varias páginas de recetas de cocina, pero ninguna película titulada “Bocadillo de atún con anchoas”, o sea que no, parece ser que no, no existe una película titulada “Bocadillo de atún con anchoas”.

Al cabo de tres horas de lectura del Richar Yates de Tao Lin, Pepe Cervera se preguntó por qué Haley Joel Osment y Dakota Fanning no se habían suicidado la primera de las incontables ocasiones que proponen hacerlo, de esa forma Haley Joel Osment y Dakota Fanning habrían ahorrado un montón de tediosas páginas a los lectores del Richard Yates de Tao Lin. Esa es una de las cosas que pensó Pepe Cervera cuando iba más o menos por la página 167 del Richard Yates de Tao Lin. Un poco más adelante, allá por la página 200 y pico, Pepe Cervera pensó en los libros que son como chistes. A Pepe Cervera le gustan los chistes cortos. “Me gustan los chistes cortos”, dijo Pepe Cervera. Cuanto más corto, más gracioso. Sin embargo un chiste de más de 200 páginas puede resultar excesivo, se corre el peligro de perder el hilo y al final no encontrarle la gracia.

Pepe Cervera cerró el Richard Yates de Tao Lin sorprendido de haber aguantado tal pestiño hasta el punto (punto, no puto, aunque tanto monta, monta tanto) final, y de pronto sintió ganas de escribir lo que el Richard Yates de Tao Lin le había parecido, “Sí”, dijo. Pensó “sí”, y se preparó para escribir una reseña. Pero tendría que ser una reseña moderna. A un libro como el Richard Yates de Tao Lin, tan, tan, tan moderno, corresponde una reseña moderna. Dijo “voy a escribir una reseña moderna de un libro moderno”. Abrió una página en blanco de Word y se puso a ello. Pero enseguida pensó “no debería estar pensando lo que estoy pensando”. Pensó que debería estar pensando otra cosa y no en la cosa que estaba pensando. Estuvo pensando mucho rato, como entre una hora y 23 horas. Al final lo pensó mejor, y acabó poniendo el Richard Yates de Tao Lin a la venta en eBay.

domingo, 3 de abril de 2011

sábado, 12 de marzo de 2011

Entrevista en EL HERALDO DEL HENARES


Carolina Molina me ha entrevistado para "El Heraldo del Henares".
Aquí para leerla

lunes, 21 de febrero de 2011

La vida cotidiana - Daniel Gascón

En el blog LA TORMENTA EN UN VASO , se publica hoy un texto con la impresión que me ha merecido el último libro de relatos de Daniel Gascón.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Daniel Gascón en Valencia


Mañana, jueves, 10 de febrero, a las 19:00 horas, en la FNAC de Valencia, Plaza de San Agustín, estaré acompañando al escritor Daniel Gascón en la presentación de su último libro de relatos, "La vida cotridiana", publicado por la editorial Alfabia.

domingo, 6 de febrero de 2011

Premonición en El Heraldo del Henares

En la sección "Érase un cuento" del Heraldo del Henares, coordinada por Carolina Molina, se puede leer esta semana el relato titulado "La mirada del Basset", incluido en mi libro Premonición.

domingo, 9 de enero de 2011

"Premonición" en EL CULTURAL


El escritor y crítico Ernesto Calabuig, ha incluido mi libro Premonición entre los mejores diez libros que ha leído este pasado año.
Aquí el enlace.

jueves, 23 de diciembre de 2010

El Gigante Egoísta - Oscar Wilde

Todas las tardes, a la salida de la escuela, los niños se habían acostumbrado a ir a jugar al jardín del gigante. Era un jardín grande y hermoso, cubierto de verde y suave césped. Dispersas sobre la hierba brillaban bellas flores como estrellas, y había una docena de melocotones que, en primavera, se cubrían de delicados capullos rosados, y en otoño daban sabroso fruto.
Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan deliciosamente que los niños interrumpían sus juegos para escucharlos.
-¡Qué felices somos aquí!- se gritaban unos a otros.
Un día el gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo, el ogro de Cornualles, y permaneció con él durante siete años. Transcurridos los siete años, había dicho todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los niños jugando en el jardín.
-¿Qué estáis haciendo aquí?- les gritó con voz agria. Y los niños salieron corriendo.
-Mi jardín es mi jardín- dijo el gigante. -Ya es hora de que lo entendáis, y no voy a permitir que nadie mas que yo juegue en él.
Entonces construyó un alto muro alrededor y puso este cartel:

Prohibida la entrada.
Los transgresores serán
procesados judicialmente.

Era un gigante muy egoísta.
Los pobres niños no tenían ahora donde jugar.
Trataron de hacerlo en la carretera, pero la carretera estaba llena de polvo y agudas piedras, y no les gustó.
Se acostumbraron a vagar, una vez terminadas sus lecciones, alrededor del alto muro, para hablar del hermoso jardín que había al otro lado.
-¡Que felices éramos allí!- se decían unos a otros.
Entonces llegó la primavera y todo el país se llenó de capullos y pajaritos. Solo en el jardín del gigante egoísta continuaba el invierno.
Los pájaros no se preocupaban de cantar en él desde que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. Solo una bonita flor levantó su cabeza entre el césped, pero cuando vio el cartel se entristeció tanto, pensando en los niños, que se dejó caer otra vez en tierra y se echó a dormir.
Los únicos complacidos eran la Nieve y el Hielo.
-La primavera se ha olvidado de este jardín- gritaban. -Podremos vivir aquí durante todo el año
La Nieve cubrió todo el césped con su manto blanco y el Hielo pintó de plata todos los árboles. Entonces invitaron al viento del Norte a pasar una temporada con ellos, y el Viento aceptó.
Llegó envuelto en pieles y aullaba todo el día por el jardín, derribando los capuchones de las chimeneas.
-Este es un sitio delicioso- decía. -Tendremos que invitar al Granizo a visitarnos.
Y llegó el Granizo. Cada día durante tres horas tocaba el tambor sobre el tejado del castillo, hasta que rompió la mayoría de las pizarras, y entonces se puso a dar vueltas alrededor del jardín corriendo lo más veloz que pudo. Vestía de gris y su aliento era como el hielo.
-No puedo comprender como la primavera tarda tanto en llegar- decía el gigante egoísta, al asomarse a la ventana y ver su jardín blanco y frío. -¡Espero que este tiempo cambiará!
Pero la primavera no llegó, y el verano tampoco. El otoño dio dorados frutos a todos los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.
-Es demasiado egoísta- se dijo.
Así pues, siempre era invierno en casa del gigante, y el Viento del Norte, el Hielo, el Granizo y la Nieve danzaban entre los árboles.
Una mañana el gigante yacía despierto en su cama, cuando oyó una música deliciosa. Sonaba tan dulcemente en sus oídos que creyó sería el rey de los músicos que pasaba por allí. En realidad solo era un jilguerillo que cantaba ante su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar un pájaro en su jardín, que le pareció la música más bella del mundo. Entonces el Granizo dejó de bailar sobre su cabeza, el Viento del Norte dejó de rugir, y un delicado perfume llegó hasta él, a través de la ventana abierta.
-Creo que, por fin, ha llegado la primavera- dijo el gigante; y saltando de la cama miró el exterior. ¿Qué es lo que vio?
Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha abierta en el muro los niños habían penetrado en el jardín, habían subido a los árboles y estaban sentados en sus ramas. En todos los árboles que estaban al alcance de su vista, había un niño. Y los árboles se sentían tan dichosos de volver a tener consigo a los niños, que se habían cubierto de capullos y agitaban suavemente sus brazos sobre las cabezas de los pequeños.
Los pájaros revoloteaban y parloteaban con deleite, y las flores reían irguiendo sus cabezas sobre el césped. Era una escena encantadora. Sólo en un rincón continuaba siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y allí se encontraba un niño muy pequeño. Tan pequeño era, no podía alcanzar las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor llorando amargamente. El pobre árbol seguía aún cubierto de hielo y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía en torno a él.
-¡Sube, pequeño!- decía el árbol, y le tendía sus ramas tan bajo como podía; pero el niño era demasiado pequeño. El corazón del gigante se enterneció al contemplar ese espectáculo.
-¡Qué egoísta he sido- se dijo. -Ahora comprendo por qué la primavera no ha venido hasta aquí. Voy a colocar al pobre pequeño sobre la copa del árbol, derribaré el muro y mi jardín será el parque de recreo de los niños para siempre.
Estaba verdaderamente apenado por lo que había hecho.
Se precipitó escaleras abajo, abrió la puerta principal con toda suavidad y salió al jardín.
Pero los niños quedaron tan asustados cuando lo vieron, que huyeron corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno.
Sólo el niño pequeño no corrió, pues sus ojos estaban tan llenos de lágrimas, que no vio acercarse al gigante. Y el gigante se deslizó por su espalda, lo cogió cariñosamente en su mano y lo colocó sobre el árbol. El árbol floreció inmediatamente, los pájaros fueron a cantar en él, y el niño extendió sus bracitos, rodeó con ellos el cuello del gigante y le besó.
Cuando los otros niños vieron que el gigante ya no era malo, volvieron corriendo y la primavera volvió con ellos.
-Desde ahora, este es vuestro jardín, queridos niños- dijo el gigante, y cogiendo una gran hacha derribó el muro. Y cuando al mediodía pasó la gente, yendo al mercado, encontraron al gigante jugando con los niños en el más hermoso de los jardines que jamás habían visto.
Durante todo el día estuvieron jugando y al atardecer fueron a despedirse del gigante.
-Pero, ¿dónde está vuestro pequeño compañero, el niño que subí al árbol?- preguntó.
El gigante era a este al que más quería, porque lo había besado.
-No sabemos contestaron los niños- se ha marchado.
-Debéis decirle que venga mañana sin falta- dijo el gigante.
Pero los niños dijeron que no sabían donde vivía y nunca antes lo habían visto. El gigante se quedó muy triste.
Todas las tardes, cuando terminaba la escuela, los niños iban y jugaban con el gigante. Pero al niño pequeño, que tanto quería el gigante, no se le volvió a ver. El gigante era muy bondadoso con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y a menudo hablaba de él.
-¡Cuánto me gustaría verlo!- solía decir.
Los años transcurrieron y el gigante envejeció mucho y cada vez estaba más débil. Ya no podía tomar parte en los juegos; sentado en un gran sillón veía jugar a los niños y admiraba su jardín.
-Tengo muchas flores hermosas- decía, pero los niños son las flores más bellas.
Una mañana invernal miró por la ventana, mientras se estaba vistiendo. Ya no detestaba el invierno, pues sabía que no es sino la primavera adormecida y el reposo de las flores.
De pronto se frotó los ojos atónito y miró y remiró. Verdaderamente era una visión maravillosa. En el más alejado rincón del jardín había un árbol completamente cubierto de hermosos capullos blancos. Sus ramas eran doradas, frutos de plata colgaban de ellas y debajo, de pie, estaba el pequeño al que tanto quiso.
El gigante corrió escaleras abajo con gran alegría y salió al jardín. Corrió precipitadamente por el césped y llegó cerca del niño. Cuando estuvo junto a él, su cara enrojeció de cólera y exclamó:
- ¿Quién se atrevió a herirte?- Pues en las palmas de sus manos se veían las señales de dos clavos, y las mismas señales se veían en los piececitos.
-¿Quién se ha atrevido a herirte?- gritó el gigante. -Dímelo para que pueda coger mi espada y matarle.
-No- replicó el niño, pues estas son las heridas del amor.
-¿Quién eres?- dijo el gigante; y un extraño temor lo invadió, haciéndole caer de rodillas ante el pequeño.
Y el niño sonrió al gigante y le dijo:
-Una vez me dejaste jugar en tu jardín, hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso.
Y cuando llegaron los niños aquella tarde, encontraron al gigante tendido, muerto, bajo el árbol, todo cubierto de capullos blancos.

martes, 30 de noviembre de 2010

Perversiones. Breve Catálogo de Parafilias Ilustradas

La editorial Granadina Traspiés, en su colección Vagamundos de libros ilustrados, publica Perversiones. Breve Catálogo de Parafilias Ilustradas, un volumen colectivo en el que se incluye uno de mis relatos.
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Puede consultarse información sobre el proyecto pinchando aquí y aquí.
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La lista de escritores e ilustradores recogidos en PERVERSIONES es la siguiente:

Andrés Portillo, Rafael Linero, Raúlo Cáceres, Ángel Olgoso, Antonio Dafos, Isabel González González, Manuel Moyano, Quim Pérez, Jorge Fornés, Vicente Muñoz Álvarez, Hugo Rg [pobreartista], Joaquín Torres, U! a.k.a Uriel A. Durán, Ginés Cutillas, Miguel Sanfeliu, Fusa Díaz, Cristina de Cos, Fco. Javier Pérez, Pablo E. Soto, Hugo García, Marina Guiu, David González, Pablo Gallo, Carlos Vitale, Manuel Rebollar, Ana Ayuso Verde, Isabelle López, Francisco Naranjo, Alejandro Santos, Rubén Little Nemo, Marina Baizán, Hilario J. Rodríguez, Elvis Gato, Juan Jacinto Muñoz Rengel, José Ángel Barrueco, Isabel Wagemann, David Guirao, Joan Ripollès Iranzo, El Bute, Eva Díaz Riobello, Salvador Moreno Valencia, Popá, Elías Moro, Martín Pardo, Carlos Manzano, Kikus, Nacho Cagiga, Felisa Moreno Ortega, Andrés Neuman, Juan Gonzalo Lerma, Manu Espada, Joaquín López, M. A. Cáliz, Pepe Cervera, Rita Vicencio, María Simó, José Ángel Cilleruelo, José Abad, Amanda Manara, Miguel Ángel Zapata, Federico Villalobos, José Cruz Cabrerizo, Esteban Gutiérrez Gómez, Oscar Esquivias, Pablo Ruiz, Carola Aikin, Raúl Brasca.