sábado 4 de febrero de 2012

Shiloh en Tropo editores

La editorial zaragozana Tropo ha acertado al rescatar Shiloh, de Bobbie Ann Mason, un magnífico libro de cuentos que cumplirá 30 años por estas fechas y que ya resultaba difícil de encontrar en España.
La cubierta con que presentan el libro es hermosa, sí, pero el contenido es absolutamente recomendable.

lunes 30 de enero de 2012

El repago en la iglesia católica



Una de las soluciones que, desde la clase política, se nos viene planteando últimamente para mantener el estado de bienestar es la aplicación de tasas. Tasas por aquí, tasas por allá; repago de esto y de aquello. Estamos abocados a rascarnos el bolsillo si queremos que nuestros hijos vayan al cole, si nos vemos envueltos en un procedimiento judicial, o si necesitamos asistencia sanitaria. Perfecto, por lo visto toca retratarse. Nuestros políticos están empeñados en ello, y lo malo es que una gran parte de la ciudadanía parece estar conforme, como que lo ve lógico, incluso necesario, durmiendo con su enemigo, oye; de forma que el repago por obtener servicios del estado empieza a dibujarse con bastante claridad en nuestro futuro más inminente.
Para mí, que lo que quieren es hacer con los servicios públicos lo mismo que con el cine, pagarlo con el dinero de todos y después cobrar entrada. Recaudar de una manera rápida. No creo que el repago en la sanidad pública, por ejemplo, sirva para disuadir a quienes hacen uso de ella (soy tan ingenuo que siempre he pensado que quien acude al médico es porque lo necesita). Si fuera tan sencillo como conocer los gastos originados durante una visita médica, para que alguien adquiera conciencia de estar abusando de dicho servicio o disuadirlo de volver a utilizarlo, bastaría con enseñarle a un político la factura del restaurante donde se acaba de meter una mariscada entre pecho y espalda con cargo al gasto de protocolo, para conseguir que en futuras ocasiones se llevara el bocadillo de casa, y no es así, ¿no?
He estado consultando estadísticas que fijan en ocho las veces que cada español acude al médico en un año; y aunque ese dato se confecciona incluyendo servicios que en el resto de Europa se consideran atención primaria, o simplemente un acto administrativo y no sanitario (como puede ser el control de una baja laboral de larga duración), lo daremos por válido, aceptaremos pulpo como animal de compañía. Ocho visitas al año, pues, por 46 millones de habitantes, a un euro cada visita (un euro, un solo euro, pero qué es un euro, no seas rácano, hombre), más o menos, resultan 368 millones de euros. Esa es la cantidad que el estado recaudará anualmente cuando imponga el repago en sanidad: 368 millones de euros.
Se me ocurre que la iglesia católica recibió del gobierno de Zapatero a tus zapatos el año pasado, 10.000 millones de euros en conceptos varios: 249 millones asignados directamente en concepto de IRPF, 80 millones en concepto de "otros fines" de nuestra declaración de renta que se destina a diferentes proyectos de instituciones católicas, 1.000 millones como exención de pago de impuestos como el IBI o el de patrimonio, 4.600 millones en pago de sueldos del profesorado y financiamiento de los centros concertados religiosos, 3.200 millones para financiar hospitales y centros de salud dirigidos por órdenes religiosas, 25 millones para el pago de sueldos de los religiosos que ejercen como capellanes en cárceles y cuarteles (lo sé, lo sé, qué aburridas son las cifras, pero qué objetivas), 500 millones para mantener el patrimonio artístico propiedad de la Iglesia, 290 millones para abonar los gastos de eventos religiosos y asociaciones... 10.000 milloncetes, señoras y señores, sí, el mismo gobierno que durante su primera legislatura advirtió a la conferencia episcopal que debería ir buscando fuentes de ingresos propios, va y en 2011 le suelta 10.000 millones del ala. Pura calderilla, dicen, el chocolate del loro, dicen. El caso es que el 73% de la población española se declara católica, o sea, 33.580.000 habitantes. Muchos me parecen a mí, pero bueno, vale, venga, volvemos a aceptar el pulpo de los cojones, y eso que yo, el pulpo, no puedo verlo ni a la gallega. Si cada católico español abonara 298 euros al año por un servicio al que únicamente encuentran provechoso ellos, y cuando digo ellos me refiero a los fans de Ratzinger Z (qué de recuerdos, oye... acoplamiento... pechos fuera...), se cubrirían esos 10.000 millones de euros, y el estado podría destinarlos a sanidad, por ejemplo, para hacer frente a las necesidades de todos, no católicos y católicos, católicos creyentes y no creyentes, católicos practicantes y no practicantes, católicos creyentes y no practicantes, católicos no creyentes y practicantes, practicantes no practicantes, la empanadilla de Móstoles, oiga (ufff... qué complicación esto de ser católico en España) la santísima trinidad, Bud Spencer y Terence Hill, todos toditos todos.
Ah, y si alguien hace las cuentas (esta es fácil: 10.000 menos 368), coincidirá con que aún sobra un piquito para educación, o para que la justicia siga siendo gratuita en este país de chiripitifláuticos, o para mantener alguna que otra infraestructura pública, y bueno, por qué no, también para pagar los trajes de Forrest Camps, que el pueblo lo que quiere es un presidente bien vestido, y ya puestos, unas cuantas cuantas cuantas mariscadas.

miércoles 25 de enero de 2012

Megaupload

Durante los últimos días he estado leyendo opiniones de todo tipo respecto al cierre de Megaupload, de todo tipo, pero la mayoría de ellas a favor del mismo, argumentándolas de un modo u otro con que ello supone un ataque a la cultura. ¡¿Cultura?! ¿Qué relación existe entre la cultura y el cierre de Megaupload? Yo pensaba que la cuestión residía en un conflicto entre los intereses de unos tipos multimillonarios que quieren ser más multimillonarios, y los intereses de otros tipos que se han hecho multimillonarios a costa de los primeros, pero ¿cultura? ¿dónde? ¿cuándo? ¿a qué hora exactamente?
- Por favor, la cultura...

- Todo recto, al fondo del pasillo.
-¿Aquella puerta, la de enfrente?
- No, eso es la trastienda... a la izquierda, la puerta con los muñequitos en el marco.

Nos han hecho creer que reivindicando los derechos de autor (ohhh, gran expresión: derechos de autor, qué noble y puro soy que me preocupo por los derechos de autor), defendemos algún tipo de bien intangible, algún concepto supremo que nos convertirá en benefactores de esta humanidad malgastada y corrupta, cuando por lo único que se está discutiendo aquí es por pasta, money money.
— ¿Cuánto me pide por ese yate, oiga?
—No sé no sé, tenga en cuenta que sólo mide 170 metros de eslora, ¿me va a pagar en derechos de autor o en efectivo?
Conozco algunos “creadores” y no me imagino a ninguno de ellos llamando al FBI para que les garanticen o les protejan sus derechos de autor, ni siquiera me los imagino llamando a la SGAE (otros que tal).
— ¿Es el FBI, oiga?
— ¿Conoce la extensión?
—Bueno, yo lo único que quería es que protegieran mis derechos de autor.
—Le paso con el señor Robert S. Mueller III.
El señor Robert S. Mueller III debe de ser allí lo que Teddy Bautista aquí, digo yo, en lo que a derechos de autor se refiere.
Hace 20 años la entrada de un cine valía 350 pesetas, hoy cuesta 8 euracos de nada (1328 pts. +/-), o sea, cuatro veces más. Lo mismo ha ocurrido con los discos y los libros (joder!!! Si ya cuesta encontrar un libro que baje de los 20 euros). Ojalá me pagaran cuatro veces más por mi trabajo, ojalá un trabajador que en 1990 ganaba 120.000 pts., hoy ganara 3.000 euros, bueno, venga, que ganara 2.000, ¿1.500? tal vez así podría seguir yendo al cine, comprar música y libros, sin preocuparse de su precio. A qué aspiran los “creadores”, a llegar a quién, si nadie puede pagar lo que se pide por las “creaciones”.
Y yo que tenía una idea romántica de los piratas...
Lo único que puedo decir es que con el cierre de Megaupload me han cerrado una de las puertas que yo tenía para acceder a la “cultura”.

sábado 19 de noviembre de 2011

sábado 29 de octubre de 2011

Reino en venta

Este mes he comprado un Reino con apariencia democrática en el sur de Europa. Capricho costoso que no tendrá continuaciones. Era un deseo que tenía desde hace mucho tiempo y del que he querido librarme. Me imaginaba que eso de ser el amo de un país daba más gusto.
La ocasión era buena y el negocio quedó concluido en pocos días. Al presidente le llegaba el agua hasta el cuello: su gobierno, compuesto por paniaguados suyos (Paniaguado: El que está protegido por una persona y es excesivamente favorecido por ella), estaba en peligro. Las arcas del Reino estaban vacías; imponer nuevos impuestos hubiera sido la señal para el derrocamiento de todo el clan que asumía el poder, tal vez de una revolución. El líder del grupo en la oposición política ya prometía bonanza para el país, cargos y empleos a todo aquel que le apoyara.
Un miembro del gobierno en funciones me advirtió. El ministro de hacienda corrió a la capital: en cuatro días nos pusimos de acuerdo. Anticipé algunos millones de euros al Reino y además asigné al presidente, a todos los ministros y a sus secretarios, unos estipendios dobles que los que recibían del Estado. Me han dado en prenda -sin que lo sepa el pueblo- las aduanas y los monopolios. Además, el presidente y los ministros han firmado un convenio secreto que, prácticamente, me da el control sobre toda la vida del Reino. Aunque yo parezca, cuando voy allí, un simple huésped de paso, soy, en realidad, el amo casi absoluto del país. En estos días he tenido que dar una nueva subvención, bastante fuerte, para la renovación del material del ejército y me he asegurado, a cambio de ello, nuevos privilegios.
El espectáculo, para mí, es bastante divertido. Las cámaras continúan legislando, en apariencia libremente; los ciudadanos siguen imaginándose que el Reino es autónomo e independiente y que de su voluntad depende el curso de los acontecimientos. No saben que todo lo que ellos creen poseer -vida, bienes, derechos civiles- penden, en última instancia, de un extranjero desconocido para ellos, es decir, de mí.
Mañana puedo ordenar la clausura del Parlamento, una reforma de la Constitución, el aumento de las tarifas de aduanas, la expulsión de los inmigrantes. Podría, si quisiese, revelar los acuerdos secretos de la camarilla ahora dominante y derribar con ello al Gobierno, desde el presidente hasta el último secretario. No me sería imposible empujar al país que tengo en mis manos a declarar la guerra a uno de los territorios limítrofes.
Este poder oculto, pero ilimitado, me ha hecho pasar algunas horas agradables. Sufrir todas las molestias y servidumbre de la comedia política es una fatiga tremenda; pero ser el titiritero que, tras el telón, puede solazarse tirando de los hilos de los fantoches obedientes a sus movimientos es un oficio voluptuoso. Mi desprecio por los hombres encuentra aquí un sabroso alimento y miles de confirmaciones.
Yo no soy más que el rey de incógnito de un pequeño Reino en desorden, pero la facilidad con que he conseguido adueñármelo y el evidente interés de todos los enterados en conservar el secreto, me hace pensar que otras naciones, y bastante más grandes e importantes que la mía, viven, sin darse cuenta, bajo una análoga dependencia de misteriosos soberanos extranjeros. Siendo necesario mucho más dinero para su adquisición, se tratará, en vez de un solo dueño, como en mi caso, de un trust, de un sindicato de negocios, de un grupo restringido de capitalistas o de banqueros.
Pero tengo fundadas sospechas de que otros países son efectivamente gobernados por pequeños comités de reyes invisibles, conocidos solamente por sus hombres de confianza, que continúan representando con naturalidad el papel de jefes legítimos.

Con algunas modificaciones muy ligeras, este texto es el capítulo titulado “La compra de la República”, de la novela “Gog”, de Giovanni Papini.

miércoles 26 de octubre de 2011

lunes 17 de octubre de 2011

Presentación de "Los pequeños placeres"

El miércoles, 19 de octubre de 2011, a las 19:30 horas, en la librería Casa del libro (Paseo Ruzafa, nº 11, de Valencia) acompañaré a Miguel Sanfeliu en la presentación de su libro de relatos "Los pequeños placeres", recientemente publicado por la editorial Paréntesis.

viernes 7 de octubre de 2011

sábado 18 de junio de 2011

Menuda democracia


Veo videos como este y me vienen a la cabeza libros como “Rebelión en la granja” o “1984” de George Orwell, o algún que otro de Irving Wallace, cuyo título ahora no recuerdo, de mi época adolescente de lector de best sellers. Veo videos como este y se me ponen los pelos como escarpias y siento rabia e impotencia y quiero borrarme como un dibujo a lápiz. Es lo único que puedo hacer, no puedo luchar contra ellos porque son dueños de las reglas, y estoy jodido porque sé que no me dejan, los muy cabrones, encima no dejan que me esfume, que desaparezca del mundo para no participar de sus vergüenzas; me tienen cogido por los huevos, no les interesa que me quite de en medio, me quieren ahí, para justificar su existencia.
¿Por qué ningún medio de comunicación informa de estos hechos? Si se les ve el careto claramente, joder, si son tan fáciles de identificar ¿Por qué ningún fiscal de España se preocupa de investigarlos? ¿Por qué ningún político se inquieta por estos métodos? Y luego va y denuncian que son increpados en actos públicos, que no es democrático, dicen, lo dicen todos, ellos, la prensa, los autoproclamados demócratas, lo repiten hasta que acabamos creyéndoles, el mantra ese de mierda de que hay que participar pacíficamente en las instituciones para enfrentar los problemas, joder, si el problema son las instituciones. No quiero participar, te enteras, déjame en paz. Manifiestan muy dignos que censurarlos y escupirles no es “juego democrático”. Pero qué juego ni qué juego. No estamos jugando a nada hijos de la gran… Aquí los únicos que estáis jugando sois vosotros… Menuda democracia de mierda. Si no fuéramos un país de aburguesados con miedo a perder las mínimas migajas del pastel que ellos se están zampando, con ese miedo corriendo por las venas en lugar de sangre, si no fuéramos un país de cobardes los apalearíamos, sí, eso, qué cojones un escupitajo, qué cojones una pancarta, unas manos pintadas de blanco, nada, nada, los apalearíamos y así sabrían que ni juego democrático, ni instituciones, ni participación ni la hostia que te dieron, sabrían que quien la hace la paga, que ya no pueden esconderse detrás de ese cordón compuesto por pit bulleros a sueldo y uniformes de policía. No tienen vergüenza, no la conocen… y estoy jodido, nada más que eso.