martes, 28 de agosto de 2007

un par de relatos en RENACIMIENTO


Transcribo a continuación dos relatos, Verdugos y Verdugos (II), publicados junto con ¿Cómo va a ser lo mismo? y Uno de esos días en que todo cambia, en el número 37-38 de la revista de literatura RENACIMIENTO (diciembre de 2002).


Verdugos

Hay un grupo de niños de unos once o doce años jugando en la vieja estación del ferrocarril, justo donde acaban las vías muertas. Están acuclillados y en
el centro del corro hay una taba que ha caído del lado del verdugo. Castro se levanta de un salto, sonríe exultante y dobla el cinturón por la mitad para hacerlo restallar igual que la tralla de un látigo. Quesada tarda un poco más en ponerse en pie y lo hace lentamente, como si hubiera permanecido demasiado tiempo en cuclillas y sus piernas se negaran a enderezarse. Comienza a moverse muy despacio mientras los demás, Miki, Andrés y Quirce, lo achuchan. Se acerca a Castro y su resignación parece la de una víctima ofrecida en sacrificio; le da la espalda y cuando éste le propina un par de correazos con todas sus fuerzas, salta como si estuviese andando descalzo sobre un montón de brasas. Se queja. Dice hostia dirigiendo a Castro una mirada torva que pasa desapercibida. Le acusa de haberse pasado. Frota enérgicamente las palmas de sus manos contra sus pantorrillas pero el escozor sigue arreciando. Castro es un cabrón, piensa, míralo cómo ríe, está disfrutando de lo lindo. Quesada vuelve a ocupar su sitio entre Andrés y Quirce y traga saliva. Su mirada ceñuda sigue buscando los ojos de Castro, que resplandece fanfarrón sin darse cuenta de nada. Se siente herido, lleno de una punzante aversión, pero todos ríen a carcajada limpia y no le queda más remedio que soltar una risa forzada y reprimir las lágrimas que amenazan con dejarlo en ridículo. No pasa nada, arrieros somos. Decide esperar su turno confiando en que la suerte le permita tomar la revancha. Andrés recoge el hueso seco del suelo y sin levantar la vista dice por lo bajini no miréis, creo que acabo de verlo... ¿dónde? ¿dónde?... no miréis joder... tranquilos, dice con malicia, está ahí. Se levanta como quien no quiere la cosa, recoge un pedrusco de entre las traviesas de madera y lo lanza con fuerza hacia el otro lado del muelle de carga. Después de esto todo se precipita: Miki, Quesada, Castro y Quirce también lanzan piedras en la misma dirección; lo hacen de forma desordenada y ruidosa, apuntan hacia los restos del tabique del almacén de mercancías y a punto están de darle a ese hombre adulto que aparece de repente, observa a los niños durante una décima de segundo y comienza a correr tan rápido como le permiten sus pantalones bajados. Se mueve como un pingüino y cuando se detiene para subirse los pantalones una piedra le impacta en el hombro. Duda un instante hasta que se decide a cruzar las vías saltando entre los raíles. Se agacha otra vez para coger la cinturilla de su pantalón, tropieza, cae y rueda por el suelo un par de metros. Se levanta y sigue huyendo a trompicones, recibiendo el muy cabrón alguna que otra pedrada en la espalda. Los niños se abastecen de piedras y las lanzan a discreción hasta que una de ellas golpea la nuca del mariconazo ese y lo derriba. ¡JA! El hombre cae de bruces. Que te den por culo cabrón gritan los niños, maricón hijoputa. Se le acercan un poco sin dejar de apedrearlo. Desde la distancia a que ahora se encuentran aciertan casi todas las piedras, rebotan sobre la espalda del muy cerdo con un sonido seco, POUCK POUCK POUCK POUCK; su cuerpo, tumbado bocabajo y con el culo al aire, tiembla con espasmos de epiléptico hasta que al poco se queda quieto como un saco. Las piedras siguen impactándole pero ese maricón de mierda ya no se mueve. Ha quedado con los brazos abiertos y las piernas dobladas como una marioneta sin hilos. Paulatinamente los niños dejan de apedrearlo. Ríen con ganas, maricón maricón, chúpate esa. Comienzan a alejarse y creo que es Quirce quien dice en tono bravucón a ese le van a quedar pocas ganas de meneársela, y Castro el último de ellos que ha recogido una piedra grande como el puño y la ha lanzado hacia el cuerpo inmóvil mientras Andrés se baja la cremallera de su pantalón y comienza a mear manteniendo el equilibrio sobre los raíles. Están demasiado excitados, todos ellos. Ríen y se empujan unos a otros y todos imitan a Andrés para ver quien llega más lejos con la meada. Castro afirma que con una llave de las que se usan para abrir latas de conserva prensada por las ruedas de un tren es fácil forzar cualquier cerradura. Nadie se lo discute. Dice que una vez su hermano abrió un coche con una y consiguió ponerlo en marcha, y que incluso sería capaz de abrir una puerta blindada. Luego Miki se baja los pantalones y los calzoncillos y se pone a correr y a gritar como una mariquita y los otros le lanzan piedras procurando fallar. Se lo están pasando en grande y ninguno de ellos propone seguir jugando al verdugo, ni siquiera Quesada, que se ha quedado con las ganas de ajustarle las cuentas a Castro. Pero no pasa nada. Miki continúa a lo suyo, corriendo y haciendo el bujarra. Quirce ha cogido del suelo un trozo de madera igual de grande que un brazo y se lo pone entre las piernas como si fuera un cipote. Dice ven, cariño, no corras, ven con papaíto, y todo es de lo más divertido.

Verdugos (II)

También mataron un gato, allí, casi en el mismo lugar donde días antes habían apedreado al maricón ese que le gusta hacerse pajas acechando a los niños (¡el muy cabrón! tuvo su merecido). Se trataba de un gato callejero. Una mierda gato color gris que tenía el pelo de la panza sucio de barro seco y estaba tumbado al sol cuando llegaron. Es difícil adivinar a quien se le puede ocurrir una idea así. Puede que a Castro, que para esas cosas es el más lanzado. El aquí te pillo aquí te mato. Sí, es bastante posible que sea Castro. No se le ocurre una buena.
—Ven minino —le dijo con voz melosa—, minino, ven jodido, no tengas miedo.

Y va y el gato que levanta un poco la cabeza y lo mira con los ojos enrojecidos de sueño. Cambia de postura ligeramente con un suave ronroneo y vuelve a cerrar los párpados, dispuesto a no hacerles caso.
—Miz miz miz... —dice Andrés. Se ha acuclillado al lado de Castro y lo llama como si estuviera haciendo un pelotilla con la yema de sus dedos—. Miz miz... lindo gatito —añade, imitando la dulce vocecita de Piolín.
El gato les mira de nuevo y bosteza largamente. Se levanta, encorva el lomo y vuelve a bostezar antes de acercarse confiado para dejar que Andrés y Castro lo acaricien. Cojea de una pata trasera y está bastante más delgado de lo que en principio les ha parecido. También tiene la cuenca del ojo izquierdo vacía. Vamos, una piltrafa. Andrés se pone en pie, sonriendo con malicia, pero Castro se le adelanta con un pepinazo que lo manda al quinto pino.
— ¡Ahí va!
El cuerpo del animal va a dar contra la tapia medio derruida que antiguamente impedía el acceso a las vías. Sin dejarlo tocar suelo llega Quirce y le mete otro chupinazo. Luego se deja caer de rodillas gritando GOOOOOOOOOL con los brazos en alto.

A duras penas el gato consigue rehacerse y plantarles cara. Suelta un bufido, acurruca el morro enseñando sus colmillos, y comienza a recular sin quitarles el ojo de encima; pero no tiene tiempo de mucho más. Andrés lo agarra por el rabo y estrella su cabeza contra el suelo del andén un par de veces, CRACK CRACK, toma hijoputa, a ver a quien vas a enseñarle tus dientes ahora, mientras al animal se le apaga un maullido bronco en el fondo de su garganta. Lo suelta sangrando por detrás de una oreja. Tiene la lengua fuera y parpadea espasmódicamente. Enseguida se pone a vomitar un líquido oscuro y espeso, sangre mezclada con algo más.
—Venga cabroncete, ¿a quién querías morder tú? ¿Eh? —desafía, acertándole en el pecho con un escupitajo.
Cuando Quesada se acerca a mirarlo el gato ya ha dejado de moverse. Siente un poco de asco al pensar que está muerto. Voltea el cuerpo con la punta del pie y el gato comienza a mearse.
—Hombre, si estás aquí —se chotea Castro.
Y Quesada como quien oye llover.
Le pregunta si es un cagueta o qué.
—No me toques los cojones, Castro.
— ¡Huy!, qué miedo.
Castro se queda mirándolo por el rabillo del ojo, enarcando una ceja, sin disimular una sonrisa provocadora. Es de esa clase de tipos. Así es como a él le gusta mirar a la gente, por encima del hombro, como si estuviera de vuelta de todo y los demás no supieran ni la picha que les conviene.
Quesada aprieta los dientes y los puños y entonces alguien tiene que salir al quite para evitar que se den de hostias. Se veía venir, sobre todo desde lo del correazo del otro día. Quesada se la tiene jurada, y Castro lo sabe, aunque le importa una mierda lo que Quesada piense. Igual que le importa una mierda todo.
Andrés quiere hacer un chiste sobre la historia esa de las siete vidas de los gatos, pero nadie atiende la gracia. Se queda un momento dándole vueltas al asunto.
— ¿Son siete o cuatro?
Nadie responde. Hay un silencio.
—Y ahora qué —dice Andrés.
—Qué de qué.
— ¿Qué hacemos?
Los cuatro se levantan de hombros, mirándose unos a otros.
Hay otro silencio, no muy largo.
Quesada mira a un lado y a otro. A la izquierda, entre los primeros edificios y la vieja estación se extienden los campos y las vías muertas. Demasiado lejos. Menos mal. Pero a la derecha es fácil distinguir el interior de las viviendas del primer piso y del segundo. Puede contar hasta cuatro balcones con la persiana subida. De repente tiene miedo de que alguien haya estado observando lo que han hecho. Piensa que lo conveniente es irse de allí cagando hostias.
Y al cabo es Castro quien propone enterrarlo.
— ¿Para qué?
—Marcamos el sitio y lo sacamos dentro de tres o cuatro meses. Y vemos cómo está.
Lo dice con el tono aburrido de quien está ya cansado de dar explicaciones, porque para él es lo más normal del mundo haber matado ese gato y luego hacer lo que está proponiendo que hagan. Está claro. No existe otro modo de ver las cosas. Y lo malo, o lo bueno, no sé, es que tiene razón; basta que él lo diga para que el resto se lamente por no haberse dado cuenta antes. Por eso todos se muestran de acuerdo. No hay más vueltas que darle. A todos ellos les parece cojonuda la idea de enterrar al gato, dejarlo allí tres meses, y sacarlo para ver en qué lo han dejado los gusanos.
Luego Quirce eructa con la boca toda abierta, grita BOCIO, e intenta darle un cachete en la frente a Castro antes de que se la toque con el pulgar de la mano. Va tras él durante un trecho y cuando lo alcanza caen al suelo enzarzados en una pelea de mentiras. Andrés se lanza sobre ellos y enseguida se lanza Quesada. Y acaban los cuatro revolcándose por el suelo, riendo, tosiendo porque el polvo se les mete hasta el fondo de la garganta.




martes, 21 de agosto de 2007

un par de reseñas a EL TACTO...

En El hueco del viernes, bitácora vinculada a la revista de curiosidad literaria Avión de papel, se incluye con fecha 20 de agosto la siguiente reseña al Tacto.

Casi regreso de vacaciones y es cuando recuerdo que tengo una deuda en mi maleta. A Pepe Cervera le debía una reseña sobre su libro El tacto de un billete falso. La colección de cuentos me llegó un día por correo postal y, cuando la leí, no dudé en entrevistarle para Aviondepapel.com. Por entonces, yo estaba algo cansado de tanta literatura vanguardista. Me propuse -no lo conseguí- otear aquello que llaman intimismo literario ("hablemos de mí y de lo que siento"). El tacto de un billete falso me sirvió para entender algo más sobre ese sentimiento utópico que los humanos llamamos felicidad (el más subjetivo de todos). De esto trata el primer libro de relatos de Cervera. De esa milimétrica línea fronteriza que delimita a las personas. Es la línea de la felicidad.Ya autores contemporáneos estadounidenses se ubicaron a un lado u otro de esta frontera. Rememoro que alguien me dijo una vez que los dos cuentistas más distantes entre sí de esta línea son Raymond Carver y John Cheever. Ambos se asoman -literariamente- al pozo de los deseos. (Ojo, la felicidad es ese momento en que creemos que nuestros deseos se cumplen y abandonan su condición de promesa).Sin embargo, Carver narra personajes marcados por la desdicha. Nunca han sido felices y nunca lo serán. Miran, por tanto, la vida desde el fondo del pozo. Desde ahí vislumbran una luz que saben que jamás podrán palpar.En cambio, Cheever esboza protagonistas que han escalado las paredes de piedra de ese pozo. Se sientan en el bordillo y son -creen que son- tan felices. Desde ese lugar privilegiado, donde divisan el reflejo en el agua de su propia sonrisa, dichos personajes sienten que algo les empuja -de nuevo, una vez más, y otra y otra- hasta el fondo.Basta de metáforas. La diferencia entre Carver y Cheever es clara. Carver narra historias de personajes que circunvecinan un vacío. Cheever estropea la vida de personajes que, en algún instante, circunsolean la plenitud. Vacío / lleno. ¿Dónde se coloca Pepe Cervera? ¿A qué lado de la línea fronteriza de la felicidad?Cervera se arrima a Cheever. Por su puesto. Ya desde la primera página, El tacto de un billete falso nos enseña y recuerda un fragmento de un relato cheeveriano: Es un párrafo de El enorme receptor de radio. Ya estamos avisados. Esta colección de cuentos nos introduce en momentos cotidianos de personajes que podríamos ser cualquiera de nosotros (¿Lo seremos alguna vez?). Relatos que nos dicen: Esperamos un hijo; conocemos la historia de nuestro abuelo; etcétera. Estos sucesos ocurren cuando estamos en una etapa vital que, si nadie lo impide, catalogaríamos como bienaventurada.Es el caso, por ejemplo, de 11 de julio de 2004. En este relato, Cervera traza la primera coordenada del mapamundi de lo que será todo su libro. Nos adentra en la incertidumbre de una pareja. Él y ella son felices (y casi comen perdices). Pero -aquí aparece la sombra de Cheever-, aguardan el nacimiento de un hijo. El hijo nace y esa línea de felicidad, sobre la que han estado paseando como funambulistas, parece ceder bajo sus pies. Escuchen el desenlace de este cuento: "jamás conseguiré llegar al final de este recto y larguísimo pasillo".No dejen de leer, tampoco, títulos de la colección El tacto de un billete falso, como Palabras sueltas; ¿Y ahora qué?; o El vuelo rasante de las golondrinas. Léanlos y descubran, como yo lo hice, a qué lado de la línea llamada felicidad están estos personajes. Luego, reflexionen a cuántos pasos de esa frontera están ustedes, como lectores y como personas.Piensen en ello, porque yo, otra vez, abro mi maleta, cambio la ropa sucia por la limpia y me marcho de nuevo, de vacaciones, en busca de no sé qué.
Aunque con algún retraso aquí dejo el enlace con la reseña que sobre El tacto de un billete falso se publicó en la revista Solo de libros el día 3 de agosto pasado.

miércoles, 15 de agosto de 2007

dos relatos inéditos




Aquí puedes leer los cuentos Como un hombre que sobrevuela el mar, publicado en el número 5 de la revista Narrativas, página 92, y ¿Cómo va a ser lo mismo?, publicado en la revista El coloquio de los perros; ambos relatos pertenecen al libro inédito titulado Conozco un atajo que te llevará al infierno.
La revista de curiosidad literaria Avión de papel dedica su número de julio al relato titulado 11 de julio de 2004, uno de los que componen el libro El tacto de un billete falso, e incluye la siguiente entrevista al autor.



PREGUNTA: Leo tu relato, 11 de julio de 2004, incluido en la colección El tacto de un billete falso, y lo primero que me sorprende es el título. Uno tiene como primera sensación que es aséptico. ¿Una efemérides? ¿Por qué ese título?

RESPUESTA: Buscaba un título que no provocase expectación, que no apuntase en ninguna trayectoria concreta. Aunque con este relato no pretendo sorprender en ningún momento, prefería que el lector no sospechara lo que se iba a encontrar. La fecha me parecía que era suficientemente desconcertante en ese sentido. Y, para ser sincero, he de reconocer que se trata de un homenaje: en esa fecha nació mi hijo.

Es cierto que, como primera sensación, resulta aséptico. Pero puede que el relato sea el que más carga emocional posee de todo el volumen y, por lo tanto, creo que despojar su título de emoción es un contraste atractivo.

P: La historia de 11 de julio de 2004 narra la desorientación de una pareja antes del nacimiento de su primer hijo… Tú le das la vuelta a esta situación manida y enfocas el conflicto desde otro lado: dos personas son –o por lo menos se sienten- felices. Y lo que a priori acumularía mucha más felicidad –un hijo- se convierte en un obstáculo… ¿Qué tiene de biográfico este relato?

R: Respecto a lo que el relato posee de biográfico, coincido plenamente con Thomas Pynchon cuando en la introducción a su libro Un lento aprendizaje apunta las siguientes palabras: No sé de dónde había sacado la idea de que la vida personal del escritor no tiene nada que ver con su ficción, cuando lo cierto, como todo el mundo sabe, es casi todo lo contrario. Mi hijo nació el 11 de julio de 2004 y es cierto que se llama Marc y que nada más nacer lo ingresaron en la unidad de neonatos del hospital ¿Quiero decir con eso que 11 de julio de 2004es una historia autobiográfica? ¿Posee la realidad un valor absoluto, esférico, encerrado en sí mismo, o por decirlo de algún modo es un atributo al que vamos restando espacio para ocuparlo con el resultado de nuestra imaginación?

Cuando escribo suelo utilizar los ingredientes que tengo al alcance de la mano, trabajar con lo más próximo; si he de hablar de un niño observo a mi hijo. No hay más. Tal vez, por eso, me siento cómodo utilizando la primera persona. De ese modo, quiero imprimir proximidad, hacer creíbles a mis personajes. Es importante. Será un acierto reconocernos, sentir que la situación nos impregna, verse retratados. Sólo así superará el cuento la mera anécdota. Un buen cuento se reconoce cuando, como sugería Hemingway, éste pasa a formar parte de nuestra experiencia vital.

P: ¿Y cuál fue el germen que detonó en ti a la hora de escribirlo?

R: El detonante que puso en marcha el proceso de su escritura es el mismo en casi todos mis cuentos: una mirada a mi alrededor, pero para hablar sobre él debería explicar lo que para mí es un relato. En este sentido, se me ocurre que no hay imagen que describa mejor lo que debe ser un cuento que la escena de la película SMOKE en que Harvey Keitel enseña 14 álbumes de fotos a William Hurt. En principio, a Hurt le parecen todas las fotos iguales, peroKeitel le dice que va demasiado deprisa, que apenas mira las fotos. Le recomienda ir más despacio. Y Hurt comprende que no son fotografías de la misma esquina lo que se le presenta, sino el paso de la vida. Así es como yo concibo la literatura. Como la vida. Un instante, un momento crucial para uno, pero insignificante para la humanidad, un sorbo. Pretendo emocionar al lector, obligarlo a paladear.

Por eso, opino que el cuento debe evitar ser explícito, aunque lo parezca; es preferible que insinúe, que transmita una contención siempre a punto de estallar, que obligue a mantenerse alerta. Debe reservar zonas en sombra para exigirle al lector que ponga en marcha su fantasía y la incorpore al mecanismo de la narración. Al igual que, si nosotros pudiéramos observar las fotografías de Keitel, cuando leemos esperamos que a los personajes les pasen cosas de la misma forma en que lo esperamos en nuestra propia vida. Los sucesos captan nuestra atención, proporcionan un valor añadido con el que se consigue justificar una historia. Opino que esa creencia es inexacta, a veces los sucesos nos obligan a mirar a hacia otro lado, nos distraen. La vida es la vida. Con acontecimientos, o sin ellos, todo el mundo tiene su propia historia, sólo hay que observarla.

P: Ya desde el comienzo del relato escenificas a los dos personajes en plena búsqueda del nombre de su primer hijo. Sin embargo, esta búsqueda esconde una cadena de metáforas (desde los propios posibles nombres: Mathias= divinidad; Marc=muerte). Y, además, con esta cascada de metáforas de situación dices lo que hacen para definirlos: añade Juana (…), como si se arrepintiera en el último segundo de haberlas pronunciado. / Las doscientas mil mantelerías que su madre nos regaló (…) y que todavía no nos hemos decidido a estrenar. ¿Eres siempre partidario de este tipo de estructura: que el personaje actúe y la acción lo defina ante el lector?

R: Rotundamente sí. Me inclino a pensar que cuando un personaje se mueve en el escenario, por un lado agiliza la narración, y por otro creo que los movimientos de los personajes proporcionan vida, imprimen carácter, ayudan a que el lector se reconozca en ellos. Ya he hablado antes de la importancia que adjudico a este aspecto. Me gustaría que al leer alguno de mis cuentos alguien se parara a pensar: ¡Hombre, si yo cojo el volante de la misma manera! Ese sería el principio, estoy convencido de que a partir de ahí comenzaría a reconocer expresiones, posturas, sentimientos… seguro que acababa atrapado por lo que lee.

P: En tu relato resuenan frases como aforismos, pero que tú los humanizas con moralizadores (a veces, pienso, etcétera) y también con el tono del narrador… Te hablo de fragmentos como el destino, no como azar sino como punto de llegada o bien pienso que así es como hablan los mentirosos, escondiéndose, evitando que puedas averiguar la verdad. Pero, sobre todo, ésta, que creo que en sí misma define tu cuento: A veces pienso que eso debe ser la felicidad: envejecer, (…) sentirme satisfecho, (…) y no tener miedo. ¿Es para ti eso ser feliz?

R: Reconozco que los aforismos me han ayudado a configurar la personalidad del personaje masculino, a encararlo hacia lo que acertadamente indicas como la esencia, no sólo del relato, sino del conjunto de relatos que conforman el libro: la búsqueda de la felicidad.

La búsqueda de la felicidad no es únicamente una excusa literaria, creo que no debe haber nadie que no se encuentre inmerso en ella. Sentirse satisfecho con uno mismo es estar en el camino correcto para encontrarla. Mientras tanto, todos vamos envejeciendo, y vamos recolectando momentos de dicha con los que conformamos nuestra existencia. Una vida no sería diferente de otra a no ser por el grado de satisfacción que experimentan los individuos. No importa lo que uno posea, el sentido a la vida lo otorga lo que uno necesita. Para ser feliz, sólo se necesita no necesitar nada.

P: En 11 de julio de 2004 el narrador enuncia bajo una tonalidad de dolor ante una posible pérdida… ¿Cuándo empiezas un relato apuestas previamente por el tono definitivo o bien te dejas llevar hasta encontrar desde qué sentimiento narrar la historia?

R: El tono se me va imponiendo, sin duda alguna. He pensado siempre que el proceso creativo al que me someto escapa completamente a mi voluntad. Escribo sin premeditación, obedeciendo a una necesidad tanto orgánica como espiritual. Cuando he reflexionado sobre ello, he llegado a considerarme incapaz de inventar una historia. Creo que más que inventar cuentos los vivo, los habito -o mejor dicho, dejo que me habiten-. Consiento que las ideas bullan en mi mente, que crezcan hasta derramarse como una obsesión por encima de los bordes de mi pensamiento.

Los personajes se van perfilando en el interior de mi cabeza, situándose en un momento destacado, uno de esos momentos a partir del cual para ellos ya nada será como antes. Mis personajes son como me gustaría que fuera la gente que conozco; hombres y mujeres normales, unos satisfechos por haber encontrado lo que buscaban, otros, desconcertados por haberlo dejado escapar, pero todos paseándose por mis relatos de forma idéntica a como se pasean por la vida, guiados no tanto por las grandes cuestiones como por sus particulares dramas. Convivo con ellos de forma enfermiza y son ellos los que me fuerzan a escribirlos.

El proceso de maduración es largo, a menudo demasiado, no me considero un escritor prolífico. Me cuesta mucho escribir. La gente que me es más próxima lo sabe. Sobre todo mi mujer, que es la que soporta mis estados de ánimo mientras trabajo, y, principalmente, mi malhumor, que, aunque parezca inexplicable, se me acentúa. Por el contrario, el trabajo de plasmar mis ideas en el papel tiene mucho de vehemente. Es un acto rápido, como si temiera que de otra forma las manos no fueran a retener toda la información que mi cabeza proporciona.

P: Sé que es difícil que me contestes, pero exactamente, de qué trata tu relato. Mira, cuando llego al final uno descubre una frase: una sensación de peligro inminente me sobrecoge. ¿La felicidad termina con el miedo de comenzar a comprender algunas cosas?

R: De lo que he querido hablar en este relato es del futuro, de las esperanzas, de los horizontes que se vislumbran y, sobre todo, del dolor. Estoy de acuerdo en que hacia el final del relato hay algunas frases clave: “Pienso en mis padres. No encuentro razones pero lo hago, en este preciso instante, pienso en ellos, y aunque siga enorgulleciéndome por cada uno de mis errores empiezo a comprender algunas cosas. Ignoro dónde me llevará el siguiente paso” Es como si el personaje se dijera: “Ahora, por fin, sé de donde vengo”, pero también advirtiera que no es tan fuerte como creía, que ya no depende únicamente de sus fuerzas para seguir avanzando.

El sufrimiento de alguien a quien amas causa dolor, y ese dolor se incrementa cuando uno se sabe impotente para enfrentarlo. Y, por descontado, que cuando uno cree estar cerca de la felicidad empieza a vislumbrar la verdadera magnitud del miedo. Se me ocurre que felicidad y miedo son sensaciones que andan de la mano.

P: La cita con la que comienza tu libro, El tacto de un billete falso, es de John Cheever (y de uno de sus más extraños cuentos, El enorme receptor de radio). Dicen que, mientras Raymond Carver narraba historias de personajes vacíos -sumergidos en su propio infierno de realidad-, Cheever contaba las adversidades de personajes llenos -rodeados de una falsa plenitud-, que luego, poco a poco, descubren que todo se desmorona. ¿Cuáles son tus referencias, además de Cheever?

R: Cheever, desde luego, es EL MAESTRO, con mayúsculas, pero si tiramos del cabo surgen Sherwood Anderson con su libro Winesburg, Ohio, el Ernest Hemingway cuentista, muy, muy superior al de las novelas, Raymond Carver, cómo no, y si bien incluso a mí me llega a producir cierto hartazgo (por lo recurrente que está resultando en los últimos cuentistas), he de reconocer que siempre estoy esperando nuevos libros de Tobias Wolf, Richard Ford o Thom Jones.

P: ¿Veo que tu apuesta de lectura está al otro lado del Atlántico?

R: La narrativa breve norteamericana posee una tradición envidiable. La calidad de los cuentos que allí se escriben es muy alta. Si nos remitimos al número de Granta dedicado a los mejores jóvenes novelistas estadounidenses podemos encontrar que siete de los 21 escritores elegidos aún no han publicado una novela, o sea que, únicamente, poseen libros de relatos publicados, lo que resulta impensable en España. ¡Escritores sin novela entre los mejores novelistas, no, gracias! Sin embargo en este terreno suelo ser desconfiado. Ignoro su cotidianeidad literaria, no tengo acceso a información sobre las dificultades que tienen allí los escritores para publicar un primer libro o una colección de cuentos. Hasta aquí nos llega la sensación de que, en aquel país, un escritor puede publicar un cuento en una revista y, a partir de ahí, vivir de la literatura; y tampoco será para tanto ¿no? ¿O si?

P: El tacto de un billete falso es tu primer libro… ¿Por qué has apostado por una colección de relatos, en un momento en el que la novela solapa al resto de géneros como el cuento o la poesía?
.
R: Personalmente no he escogido escribir relatos. Simplemente, he escogido escribir, a secas. Por ahora, me produce una enorme satisfacción la narrativa breve. Me ofrece la posibilidad de trabajar menos los argumentos, por decirlo de algún modo, y más la transmisión de emociones, que en definitiva es lo que me interesa. Me atrae menos el qué pasa y mucho más lo que sienten los personajes a quienes pasa.

De todos modos el debate sobre novela o cuento es complejo, largo, y en el fondo aburrido por reiterado. No se trata de momentos, ya que la novela solapa y solapará siempre al resto de géneros. El verdadero debate debería existir respecto a la calidad de lo que se publica. No creo que haya que fomentar militancias en razón de si se escribe cuento o novela. Si creas dos bandos y te posicionas en uno te estarás excluyendo del otro.

Uno de los factores puede encontrarse en que se presenta a la novela como “el gran entretenimiento”; la literatura tiene que competir con el resto de pasatiempos que el mercado ofrece, y así es la novela la abanderada. Esa decisión no la han adoptado los escritores ni los lectores, nos viene impuesta por la industria editorial, que es reacia a apostar por colecciones de relatos.

P: ¿Tienes que explicar, a menudo, a qué género te dedicas?

Sí. Todavía hay gente a la que cuando le dices que has escrito un libro de cuentos tienes que puntualizar si son para niños o no, o sea, otro subgénero. Es triste. Y en el fondo puede que anide la falta de interés por la lectura, la escasa curiosidad, la pereza que convierte al lector español en un lector cómodo que prefiere comprar los libros en grandes superficies antes que perder dos horas buscando su próxima lectura en una librería. El lector español carece de instinto lector. Él se lo pierde. El instinto se adquiere a través del placer, y eso queda en el terreno de lo personal. Allá cada cual.






En el blog de mi amigo Miguel Ángel Muñoz, autor del libro de cuentos El síndrome Chéjov, se publica con fecha 14 de agosto de 2007 la reseña al libro El tacto de un billete falso que transcribo a continuación.

El tacto de un billete falso es una colección de relatos, la primera publicada de este autor valenciano nacido en Alfafar en 1965. La ha sacado al mercado la editorial Denes, tras ganar el premio Alhóndiga de narrativa breve. Vaya por delante que Pepe Cervera es un usual lector y comentador de este blog, y reconozco que me hace feliz y me congratulo enormemente de que compañeros de viaje en esta aventura bloguera se incorporen a la nómina de autores publicados como cultivadores del relato corto.
Cervera ha reunido catorce relatos bastante equilibrados en cuanto a su estilo, tema y extensión. Las citas de su libro -Cheever, Canin, Hemingway, Brodkey- denotan buen gusto en sus lecturas y preferencia por la norteamericana, de la que sus relatos son excesivamente deudores. Hay una preferencia en todos ellos por contar sus historias desde el punto de vista de sus personajes, en mostrar la intensidad con que ellos viven determinadas situaciones que se transforman en protagonistas de la narración, pero que nunca se despegan demasiado de la narración misma. Su autor ha jugado la baza de la emoción -soy defensor de esta opción, muy criticada por ciertos autores-, pero ese acto de emoción transmitida que cada relato debe ser no habría de confundirse con la transmisión de una emoción evidente con mayúsculas, lo que acercaría al relato al sentimentalismo o directamente lo haría caer en él. Cada relato es una aventura, una compleja máquina emocional que se sirve de distintos procedimientos técnicos para intentar -la palabra intento es fundamental, todo relato es siempre un acercamiento, casi siempre frustrado, a un objetivo determinado- hacer llegar al lector la experiencia de un personaje o narrador, pero es fundamental la utilización de diversas miradas, de distintas técnicas. En "El tacto de un billete falso" Cervera, en mi opinión, ha abusado de un narrador demasiado implicado en sus historias, que roza o "siente" demasiado lo que en realidad nos corresponde sentir a nosotros, al lector.Un relato fundamental del libro, "11 de julio de 2004", es un ejemplo de esto que quiero decir. En él se cuenta la experiencia de la paternidad, la llegada al mundo de un hijo con problemas que ha de ser atendido médicamente, con toda la zozobra que esto provoca en los ilusionados pero también muy asustados padres. El tema del hijo gravemente enfermo o muerto es habitual en los últimos grandes narradores americanos, casi un desafío al que gustan de enfrentarse, con los ejemplos de Carver o Lorrie Moore por delante. Este relato de Cervera tiene un final abierto, no tan trágico como los mencionados, pero sin embargo, si leemos en paralelo esos relatos y el de Cervera, comprobamos que hay una emoción "expresa" mayor en el relato del español que en los de los americanos, mucho más duros en su argumento, pero mucho más fríos también. En el relato de Cervera hay una excesiva autoafirmación de su narrador y personaje -lo que es común a otros relatos- en la expresión de sus sentimientos, sin atender a que la emoción verbalizada por un personaje, si no está apoyada en una arquitectura o estrategia narrativa conducente a trasladar esa emoción, no es suficiente para que la emoción sea efectivamente trasladada al lector. El dolor es demasiado obvio o evidente, y eso nos pone en guardia, puesto que no deja lugar al lector para investigar en ese dolor nombrado, pero sin el apoyo simbólico de otros elementos que lo expliciten donde realmente es importante: en el centro de nuestra experiencia lectora.Otro ejemplo de esa excesiva implicación del narrador está en "A ras del suelo": "No consigue acordarse de su pasado, como si nunca hubiera tenido otra cosa que lo que tiene en este momento. Tampoco tiene futuro. Perfecto, ella se lo ha buscado. Pero ¿y Chusa?". El relato cuenta el paseo de una niña por una zona miserable del extrarradio de la ciudad, pero todo se resuelve en una estampa que no nos hace entrar en conflicto con lo contado, más allá de la evidencia de la miseria en que una niña inocente tiene que desenvolverse. Para alejarlos de la simple estampa propia del realismo social, pienso que estos relatos, más que otros, tienen que estar provistos de ironía. Una ironía que no se refiere necesariamente, claro, a burla o humor, sino al cuestionamiento por algún medio de lo que se cuenta, para molestar, para implicar al lector. Este carácter de estampa afecta negativamente también a "Monsieur Vatan, le professeur".El aparato simbólico está mejor manejado en relatos como el que da título al volumen, una historia de separación de parejas, como la mayoría de volumen, pues hay que señalar que el libro denota afinidad a determinados argumentos entre los que destaca la ruptura sentimental y la infancia vista siempre como algo quebradizo y experiencia traumática para los adultos. Quizás el autor debería haber jugado más con los personajes y los argumentos, puesto que da la sensación de que algunos son variaciones sobre el mismo tema. De hecho hay dos relatos que son un díptico con repetición de personajes, lo cual es muy interesante, y algunos autores americanos lo han utilizado, así Richard Bausch en "La mujer del bombero" y Charles Baxter en "Viaje de invierno". Por otro lado, se abusa del triángulo padre, madre e hijo. Aunque sepamos que toda la historia de la literatura es la historia de una familia hay que procurar jugar con ella e introducir elementos discordantes en la misma.También quiero destacar la equívoca y extraña utilización de las notas a pie de página en dos relatos como "¿Y ahora qué?" y "Corteza de árbol". Si en este último relato pueden tener cierta explicación desde la posición del narrador, y pueden ser achacadas a una ironía del mismo -aunque afectan a su credibilidad como narrador- en "¿Y ahora qué?" está completamente fuera de lugar.Me parece muy interesante el interés que Cervera demuestra por sus personajes, y esa piedad mostrada hacia ellos, como en el buen final de "Errores", en el que quedan evidenciadas las contradicciones de un personaje que es madre y amante. Ese camino puede ir deparando en futuros libros de Pepe Cervera un acercamiento más cálido y complejo hacia ellos, siempre que, aunque parezca contradictorio, se anime a "enfriar" su prosa y su mirada sobre ellos, y prescinda de ciertos golpes de ánimo en las espaldas de sus protagonistas, aumentando las dosis de mala leche y malicia narrativa. Evidentemente, estas apreciaciones son demasiado personales, y parten del análisis de aquellos desajustes que hay en los relatos y en la búsqueda de explicaciones a los mismos. El autor posee su propio camino y quizás transitándolo de nuevo, y perfeccionándolo, los desajustes devengan música afinada, más ajustada al mensaje que el autor busca para sus relatos. Estoy seguro de que Pepe Cervera conoce perfectamente ese camino adecuado, y lo recorrerá.