jueves, 21 de enero de 2010

"Conozco un atajo..." en Diario Sur de Málaga


La prensa malagueña se hace eco de la presentación de mi libro.

Banda sonora (VI)


Parpadea de forma nerviosa mientras lo enciende, expulsa el humo por la nariz, vuelve a mirar a Teo durante un segundo y luego echa un vistazo a su alrededor, hasta que sus ojos tropiezan con el póster que cubre el cristal de la ventana. Es una fotografía de Lou Reed. Se le ve con el micrófono pegado a los labios, con el cabello muy corto y un collar de cuero negro con tachuelas plateadas ceñido al cuello. Una camiseta negra sin mangas deja al descubierto la blancura excesiva de sus brazos, delgados y tensos. En la parte superior puede leerse "Rock N Roll Animal".

(De “Conozco un atajo que te levará al infierno”, página 114)

martes, 19 de enero de 2010

"Conozco un atajo..." por Miguel Ángel Muñoz

Sé que este libro es un manual casi perfecto para hablar de las similitudes y diferencias entre la novela y el cuento, pero preferiría no hacerlo. No caeré en el tópico que tanto molesta a los escritores (sobre todo a los de relatos), ni me detendré más allá de estas dos frases, que están a punto de acabar, en lo que este volumen tiene de novela o de libro de relatos. Punto seguido. Pasamos a otro tema. Al fin y al cabo, creo que Pepe Cervera ha escrito un libro de aventuras. Sí, no te sorprendas, Pepe. Un libro de aventuras porque cuando la literatura se acerca a la vida de las personas transformadas en personajes, ya entramos en el terreno de la aventura, de lo azaroso, de la incógnita, de lo incógnito.
En estos tiempos la literatura sueña con volverse electrónica (no sólo por su modo de lectura sino también por su tema narrativo –casi historias sobre transistores, que parecen estar escritas para ser leídas por transistores-). Es una opción interesante, sin duda, por los caminos que abre en la literatura. Pero hasta ahora, que se sepa, los transistores no leen. Todo llegará, seguro que sí, pero Pepe Cervera ha preferido optar por otra senda, la del personaje puro, la de la narración pura, en el contexto de una estructura impura.
Me gustaría limitarme a dar algunas pinceladas de aspectos que se incluyen en este libro, y que me han parecido muy descatables. Sobre todo queremos escuchar a su autor hablando sobre su libro, y no pretendo acaparar demasiado tiempo antes de iniciar su intervención.
“Conozco un atajo que te llevará al infierno” cuenta la senda de una vida, más que la historia de una vida. Andrés Tangen, el protagonista de la mayoría de estos dieciocho cuentos, nos acompaña y nos anima a que le acompañemos desde su infancia hasta la entrada en la madurez definitiva, la que ya no admite vueltas atrás, ni arrepentimientos ni perdones, la que asume que la estancia en el mundo es definitiva, pero breve. Como un cuento. Decía antes que la estructura es impura porque toma elementos propios del cine, la novela o el cuento. Abunda en un mestizaje necesario y muy moderno, aunque no hable de transistores. Habla de Andrés, lo decía antes. Andrés Tangen. Me ha recordado mucho este Andrés a un Andrés famoso de la literatura española: Andrés Hurtado, el protagonista de “El árbol de la ciencia”, en lo que aquella novela tenía de iniciática y melancólica, por su capacidad de mostrarnos al tiempo los efluvios ilusionantes y el poder retórico y violento de la juventud y la serena aceptación de los desastres de la vida que conlleva la madurez.
Pepe Cervera consigue que al acabar el libro sintamos que su voz está muy cercana a la de Andrés Tangen, y “Conozco un atajo que te llevará al infierno” es de esos libros en que percibimos que su autor se ha comprometido con el personaje hasta extremos muy íntimos, y no ha tenido miedo a mostrar sentimientos que van de la ira a la mezquindad, del agravio generacional a la falta de compasión. Pero al tiempo desde una perspectiva humana. Es decir, Pepe Cervera ha preferido, antes que consolarnos con pamemas sentimentales, ser fiel a su idea noble del realismo literario como transmisor de experiencias vitales.
En los tres primeros relatos Andrés Tangen es un niño de once años al que vemos mezclado entre iguales. La pandilla, el grupo. Constatamos que en los niños de cualquier época anida la violencia y la sexualidad. Pepe Cervera nos habla de Andrés Tangen, una vez pasados esos primeros cuentos, como podría hablarnos de Castro o de Quesada, dos de sus compañeros de juegos. Escoge a Andrés porque el escritor es un coleccionista de decisiones, y tiene que elegir constantemente. El foco ilumina a partir de entonces a Andrés y a los suyos: familia, amigos, amores, amantes, y amigos de sus amantes. Como Arthur Schnitzler en “La ronda” los cuentos van viajando a través de personas distintas, y aunque el foco siempre permanezca sobre Andrés, el autor nos invita a recordar que los personajes que desaparecen en las sombras, apenas protagonizan un cuento o dos tras salir de la esquina de un relato anterior, tienen su propia vida, su propia sustancia en los márgenes del cuento, fuera de las páginas de tacto amable de esta impecable edición de E.D.A.
Andrés, con alguna excepción, se expresa siempre, en los relatos protagonizados (entre comillas) por él, en primera persona. Es su voz la que nos habla, y es una voz que pasa de la admiración hacia su hermano al odio a la figura del padre, del bravo azogue de la juventud a la sensación de proyecto inacabado que le acompaña en los últimos cuentos, de la rebelión libertaria que para él supone abandonar el instituto, en el cuento “Deriva”, al fracaso vital que supone el no ser capaz de acudir al velatorio de su propio padre, como ocurre en el cuento "Como un hombre que sobrevuela el mar". Para las otras historias, en las que Andrés es un referente, un secundario, o simplemente un vacío (porque no aparece en ellas), Pepe ha elegido la tercera persona, incluso la segunda persona, ese procedimiento tan difícil de utilizar para un escritor, en el relato central del libro, el que le da título. Pero es que el narrador hay momentos en que nos interroga, nos acusa, pide nuestra conformidad, y dirigiéndose al lector, escribe: "No sé si con lo que te he dicho podrás hacerte una idea", "Imagínate la escena...", o "No me preguntéis cómo". En esos comentarios está -a mi modo de ver, ahora su autor nos puede hablar sobre esto- una de las claves del libro. ¿Quién es el narrador de estos cuentos? Creo, adelanto mi respuesta, que es Andrés Tangen el narrador de todos los cuentos, y que de ese modo ve cumplida su aspiración final de ser escritor, de escribir relatos, aunque sólo sea para hacer aparecer a los amigos. Con esa teoría se demostraría que, finalmente, Andrés ha aprendido algo: todos podemos ser personajes, somos personajes de una historia interminable. La literatura es una forma de conocimiento. También de redención. Y este Andrés tiene una necesidad absoluta de redención, aunque nunca lo reconocería. Por eso nos cuenta estas historias absorbentes, escritas con un lenguaje sintético y preciso. Es un libro que se lee del tirón, con un interés creciente. Su autor es capaz de darle sustancia narrativa –si se lee con atención y no con la precipitada rapidez a que puede mover su fácil lectura- a una escena tan corriente como dos amigos tomando una copa en un bar. En los pequeños gestos (una toalla que muestra un pecho desnudo, el cuello de un jersey cubierto por la caspa, las fotos de unos niños en el salpicadero de un coche) Pepe Cervera, como en un sagrario, introduce sus claves, sus símbolos cotidianos que explican lo que sus personajes quieren, añoran o pierden.
También, por último destacaría la precisa utilización de la elipsis, de un modo muy propio del relato, pero a la vez de un modo especial. De un relato a otro pasan años, sí, y cosas, sí. Pero los años son una fecha, y basta con declararla. Han pasado diez años, se nos dice. Bien. Lo creemos. Sin embargo, nunca sabemos qué cosas han pasado en ese hueco de diez años. Se callan cosas. Como en los buenos cuentos. La teoría del iceberg de Hemingway, que sé que es un autor muy querido por Pepe. Lo que se ve no es tanto como lo que se calla. Y aquí esa teoría funciona de un modo preciso.
Este libro ha de ser leído por lo que cuenta tanto como por lo que calla. Hay muchos huecos, y eso le da al volumen una respiración especial y permite que nosotros participemos en la historia de Andrés, y que llenemos de carne la osamenta limada que Pepe nos entrega. Cada uno de ustedes, cuando lo lea, puede jugar a imaginar qué ocurrió en esa familia, por qué Andrés odia a su padre de aquella manera, por ejemplo. Podrán poner respuestas donde su autor se ha limitado a mostrarnos rayos verdes, como esos de la película de Rohmer. Momentos fugaces en que todo parece encajar o, lo que es más común en sus cuentos, desencajarse.
No quiero alargarme. Cedo la palabra a Pepe, y acabo como empecé, por esa diferencia novela-cuento de la que no he querido hablar. Termino dándoles un consejo. Si quieren leer este libro como una novela, háganlo. Si lo quieren leer como un libro de relatos, háganlo también. En cualquier caso, crucen este atajo que no precisamente les llevará al infierno. Lean a Pepe Cervera.

Texto con el que el escritor Miguel Ángel Muñoz presentó el día 15 de enero de 2010 mi Conozco un atajo que te llevará al infierno.

miércoles, 6 de enero de 2010

Cuento de reyes magos con final feliz

Como en cada ocasión anterior desde que me alcanza la memoria, y confiado en que Melchor, Gaspar y Baltasar, sabrán recompensar por triplicado mi excelente comportamiento a lo largo del pasado año, he colocado cerca de la puerta de la terraza un cuenco de barro con agua para calmar la sed de los camellos reales, y una bandeja con dulces navideños para sus majestades. Y así, provisto de la cantidad de paciencia que caracteriza a la infancia, o sea, ninguna, me he sentado en una butaca dispuesto a esperar su llegada. Con la mirada fija en la puerta de la terraza dejo pasar las horas. Se acerca la madrugada y como en cada ocasión anterior desde que me alcanza la memoria, me duermo. Ignoro cuánto tiempo ha transcurrido, pero de súbito y aun profundamente dormido, reconozco el grato estremecimiento que me provoca advertir una presencia mágica. No obstante al abrir los ojos, en lugar de los tres hombres magos de oriente, envuelto en una niebla más densa de lo normal y que me ha hecho toser hasta atragantarme, observo frente a mí a un viejecito de espléndida barba negra, mirada desfallecida y aspecto famélico, vestido con túnica de lana de cabra rusa, ceñida a la cintura con varias vueltas de una faja ancha, sandalias de suelas desgastadas y pendiente del cuello una cadena con un gran medallón —bastante aparente pero falso— que supongo representa un sol. Me ha sorprendido y no gratamente, la verdad, verlo parado en mitad del salón comedor. ¿Qué hace aquí este octogenario desnutrido y vestido de cualquier manera seguido de un pollino escuchimizado, en lugar de los tres emperifollados soberanos montados en fastuosos camellos? me pregunto en mis pensamientos. Y sin darme tiempo a manifestar mi descontento en voz alta y formular mi más firme protesta, el hombrecito de marras me expone entre titubeos que no trae en los capachos de su burro ni oro, ni incienso, ni mirra; entre tanto ir y venir de Belén a Egipto y vuelta de Egipto a Belén para acabar en Jerusalén a las tantas, ni siquiera vino y aceite puede ofrecerme, ha dicho, tendiéndome un voluminoso paquete envuelto con un horripilante papel de estraza del que ya no se usa ni para cocinar. Después de esto ha liquidado en apenas cuatro bocados todos los pastelitos de gloria y turrones diversos destinados a los a partir de este momento tres traidores, y ¡zas! se ha esfumado tras la misma niebla cerrada que había acompañado su irrupción y que ha vuelto a provocarme una tos irritable. Mientras me pienso si abrir el paquete que se me ha entregado, o guardarlo tal cual para la próxima fiesta del amigo invisible a la que se me invite, mi estado de ánimo oscila desde la decepción al agravio, ambos sentimientos desapacibles que rápidamente dejan paso a la alegría cuando, habiendo optado por averiguar lo que esconde el chusco envoltorio, descubro un enorme volumen encuadernado en tapa dura —“Los cuentos” de Mavis Gallant que la editorial Lumen publicó el mes de septiembre pasado— y una escueta nota manuscrita pegada con un trocito de cinta adhesiva sobre la hoja de guarda:
Espero que valga por los tres que tú esperabas.
Firmado: Artabán.