miércoles, 24 de diciembre de 2008

El regalo de los Reyes Magos - O'Henry


Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.
Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.
Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.
Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young".
La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.
Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.
Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.
La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.
Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.
Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.
— ¿Quiere comprar mi pelo? —preguntó Delia.
—Compro pelo —dijo Madame—. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.
La áurea cascada cayó libremente.
—Veinte dólares —dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.
—Démelos inmediatamente —dijo Delia.
Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.
Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.
Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.
A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.
"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?”
A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.
Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".
La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.
Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.
Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.
—Jim, querido —exclamó— no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!
— ¿Te cortaste el pelo? —preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.
—Me lo corté y lo vendí —dijo Delia—. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?
Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.
— ¿Dices que tu pelo ha desaparecido? —dijo con aire casi idiota.
—No pierdas el tiempo buscándolo —dijo Delia—. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno —continuó con una súbita y seria dulzura—, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? —preguntó.
Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.
Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.
—No te equivoques conmigo, Delia —dijo—. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.
Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.
Porque allí estaban las peinetas —el juego completo de peinetas, una al lado de otra— que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.
Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:
— ¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!
Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:
— ¡Oh, oh!
Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.
— ¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.
En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.
—Delia —le dijo— olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.
Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios —maravillosamente sabios— y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.
* El regalo de los reyes magos es una de las historias más celebradas escritas por O'Henry, incluso recreada por Walt Disney con Mickey Mouse y Minnie como protagonistas.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Tobias Wolff en abril


La editorial Alfaguara anuncia para el próximo mes de abril la nueva colección de relatos de Tobias Wolf, Aquí comienza nuestra historia, título que coincide con el de uno de los cuentos incluidos en su primer libro, De regreso al mundo.

Our Story Begins. New and Selected Stories: su título original ya indica que el libro contiene una selección de cuentos ya publicados anteriormente (21) y varios cuentos nuevos (11). Ignoro si en la traducción que publique Alfaguara se incluirán los relatos ya editados o únicamente los inéditos. De cualquier forma espero este nuevo volumen con impaciencia, ya que Wolf figura entre los escritores que me han creado adicción. Sus anteriores libros, De regreso al mundo, Cazadores en la nieve y La noche en cuestión, son para mí obras de imprescindible lectura.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Adiós, hasta mañana - William Maxwell


El colectivo de creadores BANDA APARTE ha tenido a bien hacerme un hueco entre sus integrantes, de manera que a partir de ahora también se podrán leer en el blog LA TORMENTA EN UN VASO —cita diaria para lectores inquietos, hambrientos, sin olvidar el interesante trabajo de los editores independientes ni dejar fuera ningún género: novela, poesía, relato, ensayo, biografía, epistolarios, cómic, teatro, literatura infantil y juvenil... y todo aquello que puede encontrarse, mejor o peor, al pisar una librería— las impresiones que me susciten algunas de mis lecturas.
He empezado con la novela corta Adiós, hasta mañana, del autor William Maxwell. Disfrutadla.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Die Welle – Dennis Gansel


Empezaré diciendo que me ha gustado, y mucho, La Ola (Die welle), película alemana dirigida por Dennis Gansel y basada en el libro del mismo título publicado en 1981, en el que el escritor estadounidense Morton Rhue —seudónimo de Todd Strasser— narra lo acontecido en la Cubberley Hig School (Palo Alto, California) en 1967 (muy importante me ha parecido el testimonio de Ron Jones, profesor artífice del experimento original, que puede leerse pinchando aquí).

A lo largo de una semana los alumnos de un instituto alemán asisten a un curso voluntario sobre formas de gobierno. Algunos de los estudiantes que han elegido la autocracia como proyecto cuestionan la posibilidad de que se reproduzca en la época actual una situación social y política como la que aupó a Hitler al poder y acabó provocando la segunda guerra mundial, ante lo que su profesor —Rainer Wenger, antiguo ocupa y anarquista— propone reproducir un sistema autocrático en el aula. Para ello empieza por definir las relaciones entre los miembros del grupo. Se elige al profesor como líder y éste pasa entonces de ser tuteado y simplemente llamado Rainer a ser el "señor Wenger". Se establece un código de conducta, un modelo que mejora el comportamiento y el rendimiento anímico e intelectual: nadie hablará sin que el líder le conceda la palabra, todo el mundo deberá sentarse con los pies en paralelo y la espalda erguida, aquel que quiera tomar la palabra alzará la mano y una vez concedida se pondrá en pie junto a su asiento. Se busca un nombre para el movimiento: La Ola. Se diseña un logo que identifique al grupo, se adopta un uniforme, un saludo que los diferencia del resto, de todo aquel que no pertenece a la Ola. La disciplina, en definitiva, será el medio infalible para mantener la tensión que exige alcanzar los objetivos. Uno de los principios que rápidamente se implanta es el de “estás con el grupo o contra el grupo”. El individualismo que en las sociedades modernas prioriza los derechos del individuo frente al interés general es descartado. Se implanta el colectivismo. El fin es determinado por el interés del grupo. La tensión crece en la historia que se nos cuenta. Los personajes son absorbidos por una ideología de tintes totalitarios, se someten a la estructura cerrada que han creado y trabajan para blindarla. De forma natural, aprovechando las cualidades personales de cada uno de ellos, los alumnos se distribuyen los distintos puestos dentro de la estructura; hay quien se encarga de publicitar el movimiento mediante la creación de una página web y hay quien desempeña funciones de seguridad personal del líder… Lo que se inicia como un proyecto escolar bastante interesante, impartido con una mecánica envidiable que ya quisieran muchos profesores para su actividad docente, deviene en una obsesión peligrosa que se encamina hacia el drama de forma inevitable.

No quiero desvelar aquí el final de la película, pero mi impresión es que se trata de una concesión ideológica: no puede ser nada bueno a lo que nos lleva una propuesta como la que se plantea. Es impensable para la sociedad actual plantear el éxito de tal empresa… no, impensable no es el término acertado, se ajusta más la palabra peligroso, por lo tanto es peligroso para la sociedad actual plantear el éxito de tal empresa. Sin embargo me llama la atención que precisamente el suceso cumbre que confirma el fracaso del sistema sea un acto individual de uno de los alumnos; el individualismo: algo contra lo que el espíritu del grupo se muestra contrario en todo momento. ¿Quiere eso decir que no es atribuible al propio sistema su hundimiento? ¿Quiere eso decir que la destrucción del colectivo no se hubiera producido si uno de sus miembros no actuara en un momento dado de forma autónoma?

La Ola es una película inquietante porque suscita en el espectador ideas contradictorias, e incómoda porque te obliga a reflexionar, buscar respuestas a muchas preguntas que nos resistimos a formular. ¿Qué somos en realidad? ¿Somos seres gregarios por naturaleza? ¿Cuánto esfuerzo nos supone mantenernos alejados de ciertas tendencias ideológicas? ¿Somos lo que queremos ser? ¿A qué modelo de sociedad aspiramos? ¿Disciplina? ¿Permisividad? ¿Todo es blanco o negro? ¿No hay grises? ¿Se puede moldear el espíritu humano? ¿Tanto nos atrae lo que nuestro sentido común repudia? Demasiadas preguntas, ya digo, para hora y media de cine.

En una de las últimas escenas de la película el "señor Wenger" les dice a sus alumnos: marchaos a casa, tenéis muchas cosas en las que pensar. Y eso mismo es lo que estoy haciendo yo desde que terminé de verla, pensar, y por eso sé que a veces los pensamientos de uno mismo dan miedo, y que dejar de pensarlos es la única manera de volver a mirarse en un espejo y reconocerse tal y como se era antes, mucho antes de visitar ese lado oscuro que también forma parte de nuestra personalidad.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Proyectos de pasado – Ana Blandiana


No sé si esto que escribo acabará siendo la recomendación de un libro o un aviso para lectores con prejuicios. Reconozco que yo mismo soy un hombre a quien no le vendría mal de vez en cuando alguna que otra recomendación y reconozco también que soy un hombre con prejuicios literarios. Me explico:

Leí que Ana Blandiana —nacida al igual que Johnny Weissmuller en Timişoara en 1942, hija de un sacerdote ortodoxo preso político y por eso declarada “hija de un enemigo del pueblo”— es una escritora a la que durante años se prohibió publicar en la Rumania de Nicolae Ceauşescu, que sus libros eran retirados de las bibliotecas públicas y su nombre obviado en círculos literarios; leí que sus escritos circulaban de forma clandestina y yo, que de una forma congénita he recelado siempre de esos escritores que tal vez a su pesar encarnan el bien y la dignidad y acaban convertidos escriban lo que escriban en símbolos de la corrección ética, y que han de gustar a la fuerza porque de lo contrario uno será clasificado como poco junto a los insensibles y como mucho igual que un criminal, decidí no leerla.

Leí que se comparaba Proyectos de pasado (publicado por la editorial Periférica) con una parábola, una lección de lo que DEBERÍA SER con mayúsculas y de lo que NO DEBERÍA SER con mayúsculas también, un texto con innumerables significados pero de cuya lectura se desprendía principalmente una enseñanza moral, y yo, que siempre he pensado que la moral es como la nariz: cada cual posee la suya y cada cual la utiliza para recrearse en los perfumes o censurar los hedores que a cada cual conviene, decidí no leerlo.

Leí que en los once relatos que componen este volumen la autora había combinado la literatura testimonial y la prosa fantástica con el realismo mágico, y yo, que mi afición a ese género literario se inició y se agotó con Cien años de soledad —magnífica, por cierto— decidí no leerlos.

Reconozco además que soy un hombre cuya fuerza de voluntad en ocasiones flaquea y entonces, amparándome en alguna que otra excusa de lo más inconsistente, me salto a la torera cualquier decisión que haya adoptado, circunstancia que unas veces lamento y otras, como ahora mismo, agradezco. Sí, y digo agradezco porque a pesar de todos los factores combinados para impedir que leyera Proyectos de pasado lo he leído. Y exceptuando Una herida esquemática, fábula con la que se abre el libro — ¡OH no! otro prejuicio más: habitualmente encuentro las fábulas cargadas de hiriente ingenuidad—, y La gimnasia nocturna, cuya trama me ha resultado excesivamente previsible, creo que es un libro de relatos que vale la pena leer, dejar que repose la lectura, digerirla, y releer. Las claves que facilita Ana Blandiana trascienden la situación concreta en lo que se refiere al régimen totalitario que sometió Rumania hasta finales del siglo pasado, y por ende el panfleto que a priori temía encontrar. En el campo —el mejor de los relatos en mi opinión— podría servir para reflexionar sobre el abandono y en algunos casos desprecio hacia nuestros ancianos en las sociedades modernas; Reportaje esconde razonamientos sobre la obstinación enfermiza que nos lleva a cuidar en exceso las apariencias descuidando lo que la vida nos suministra; el relato que cede el título al conjunto, Proyectos de pasado, plantea de forma tangencial la posibilidad de una sociedad distinta y mejor, ahí mismo, al alcance de la mano; Imitación de una pesadilla —ejecutado como el relato más autobiográfico— evidencia la estafa que implica confundir la libertad con la facilidad de movimientos.

Soy un hombre con perjuicios, sí, antes he admitido poseer prejuicios y ahora admito los perjuicios que dicha actitud me acarrea. Afortunadamente en este caso he conseguido disminuir el daño rectificando el criterio inicial que me sugería no leer Proyectos de pasado, de otro modo jamás hubiera podido avisar a los que como yo poseen una idea literaria preconcebida, como tampoco hubiera podido recomendar el disfrute disfrute disfrute de este libro, y digo disfrute disfrute disfrute, así, no una ni dos, sino tres veces, porque puedo asegurar que es mucho, por lo menos el triple de lo que esperaba. Que, ¿no?; leedlo y hablamos.

viernes, 24 de octubre de 2008

Como una historia de terror – Jon Bilbao

Una pareja abandona la ciudad para rehacer su vida en una casa construida a espaldas de un viejo bosque. Apenas instalados en ella, la mujer es asaltada en un sueño por la imagen de una invasión de ardillas. Intentan tomar la casa. En el sueño, Bambú, el perro de la pareja, las enfrenta y se pierde tras ellas en la espesura. Al día siguiente Bambú ha desaparecido. Desde ese momento, en las pesadillas de la mujer los roedores seguirán acechando la casa con creciente violencia en cada ocasión, como una horda de inquietantes emisarios del bosque.

El párrafo que antecede viene incluido en la contraportada de “Como una historia de terror” —cuyo autor, Jon Bilbao (Ribadesella, 1972), ya publicó a principios de este mismo año y en la misma editorial, Salto de página, la novela “El hermano de las moscas”—; viene incluido seguramente con la intención de sintetizar el argumento del libro pero no es más que un esbozo de la primera parte del relato que cede el título al volumen. En la segunda parte de esta historia el lector averigua las razones por las que la pareja ha decidido trasladarse a esa casa solitaria. La mujer se consideraba incapaz de resistir a la tentación de ser infiel y estaba convencida de que alejarse de la ciudad le impediría sucumbir y contribuiría a restablecer su normalidad sentimental. Amenazados por esas pesadillas los protagonistas deciden practicar una especie de conjuro en forma de fiesta, e invitan a todas sus amistades un fin de semana en el que proyectan hacer frente a los símbolos que pueblan los sueños de la mujer. Sin embargo a la reunión asiste el amigo que es la causa de la amenaza inicial, lo que provocará un trasvase de sentimientos, y al cabo será el protagonista —hombre impertérrito y escéptico respecto al significado de los sueños— quien absorba los miedos de su mujer liberándola de la atracción que siente por aquel. En este sentido y yendo más allá de la historia de terror que Jon Bilbao nos presenta a simple vista, los sueños podrían alimentarse del miedo a ceder ante el impulso de engañar a la persona que se ama, en el caso de ella, y sucesivamente por el miedo a ser engañado, en el caso de él.

Las imágenes, la evolución de la historia, el decorado de las escenas que el autor ha elegido presentarnos podrían resultar tópicas en principio —el bosque amenazador, la desaparición de un perro, el vecino jorobado, la soledad, el enigma de los sueños… En cuanto entró, un trueno acompañó la puerta al cerrarse, y el rayo, simultáneo, iluminó la hilera de animales de madera sobre la chimenea: ¿Cuántas veces nos hemos estremecido ante una pantalla con una escena como la que el autor describe?—, sin embargo Jon Bilbao utiliza esos ingredientes de manera ingeniosa para conseguir un lustre de novedad y contagiar el clima de tensión que pretendía. En cada una de las siete narraciones que componen “Como una historia de terror” se han incorporado elementos inquietantes que provocan la desazón de los personajes al tiempo que la desazón en el lector, como también ocurre en “La fortaleza”, historia en la que se nos narra la alarma causada por los encuentros casuales que sufren sus protagonistas con dos desconocidos, sembrando la sospecha de que les están persiguiendo.

El peligro que se respira en la lectura de estos cuentos no procede del exterior. La amenaza no se encuentra en las afueras de los personajes sino en las inseguridades propias de cada uno de ellos, esos temores íntimos que se guardan en secreto porque poseen los mecanismos necesarios para convertirlos en personas totalmente distintas a las que venían siendo. Esa es una de las preocupaciones que se advierte en los héroes de Jon Bilbao: prefieren controlar sus emociones, ser como ellos deciden ser, antes que ser como son vistos por los demás. El comportamiento que los personajes manifiestan no acaba de obedecer a la respuesta que cabría frente a estímulos peligrosos, creo más acertado buscar su naturaleza en esa inquietud innata que despierta en ellos la irrupción de un elemento nuevo, un sentimiento no desconocido pero sí reservado —fogosidad en el relato “Prolegómenos”, resentimiento en “El ladrón de lencería”, inseguridad en “Rata”, ansiedad en “El hambre en los alrededores del lago”—, de ahí que el terror del que se nos habla en esta colección de cuentos resida en la intimidad de los protagonistas y obedezca más a estímulos procedentes de su propio carácter que del mundo que los rodea.

El otro relato que prefiero es “Rata”, la historia de un jefe de departamento que organiza una fiesta de navidad para estrechar lazos entre empleados e impresionarlos. Alguien suelta una rata en la fiesta y a partir de ese momento la tensión crece. El jefe ve cómo se intensifica la inquina hacia quien considera sospechoso, un trabajador modélico que no ha tenido nada que ver en el asunto y que es apaleado por el verdadero responsable. El jefe lo encuentra casi inconsciente y sangrando en el suelo del garaje del edificio y cuando intenta ayudarlo aparecen tres altos cargos de la compañía. Todo ha de llevarles a pensar que el autor de la paliza es el jefe y éste, en lugar de exculparse, opta por librar toda la ira acumulada y amenazarlos, haciendo alarde de una bravuconería que viene a señalar la coexistencia de temperamentos opuestos en una misma persona. De nuevo encontramos la colisión entre el ser y el parecer.

Opino que estos dos son los relatos más acertados: “Rata” y “Como una historia de terror” —el más breve y el más extenso de la colección—, y opino que no le resultaría difícil al autor alcanzar cotas narrativas más altas si decidiera eliminar la contención con que resuelve sus historias. Es demasiado torrencial su prosa y notable la tensión que consigue transmitir, para luego apurar la frenada hasta el punto de que en lugar de sugerir con un final abierto lo que consigue es provocar un ligero desencanto, sin que por ello se empobrezcan las virtudes evidentes en el libro, ya que Jon Bilbao demuestra ser un escritor riguroso en sus planteamientos, capaz de armonizar el raudal de pinceladas descriptivas que suministra, y obtener en definitiva, como ha hecho, un libro de aconsejable lectura.

domingo, 14 de septiembre de 2008

El fumador y otros relatos – Marcelo Lillo

En alguna parte he leído que se emparenta la de Marcelo Lillo con la escritura lacónica de Raymond Carver — ¿cuántos van ya? — y aunque hubo un tiempo en que esa circunstancia era suficiente para guiarme en mi búsqueda particular de lecturas, reconozco que últimamente esa misma circunstancia me produce cierta desconfianza. Y no es que la lectura de Catedral, Tres rosas amarillas, etc. haya perdido su efecto encantador, todo lo contrario, vuelvo a ellos y siguen enriqueciéndome, pero he empezado a pensar que lo Carveriano y Carver no es más que un marchamo que se utiliza demasiado y demasiado a la ligera para definir o alinear a todo aquel que escriba relatos, tanto para señalar quien se parece a él como para señalar quien se encuentra en las antípodas del escritor norteamericano; o sea, si uno se parece porque se parece, y si no, porque no se parece. Personalmente me produce cierto hartazgo leer en reseñas y contraportadas de libros el nombre de Carver.


Dicho lo anterior, El fumador y otros relatos (editorial Caballo de troya), me parece un buen libro de relatos. Pese a que en dos de sus narraciones, Vida de un cachorro y Diente de León, las más desacertadas del volumen, el autor no consiga mantener el ritmo y la tensión de las precedentes, no deja de ser libro hermoso en el que desde las primeras páginas se advierte su destreza para, evitando implicarse, sacar una historia atrayente del manifiesto vacío y la mediocridad de las vidas de sus personajes; y digo evitando implicarse porque la distancia a la que se sitúa para observarlos le permite contener en la medida justa una emoción que de otro modo podría rebasar el límite existente entre la elegancia y una intensidad excesiva y perjudicial.

“No sabía muy bien qué hacer con la vida”, dice el protagonista del relato titulado No era mi tipo, pero la verdad es que esa misma expresión podría ser utilizada por cualquiera de los personajes del libro, personajes que habitan un espacio cerrado, que viven situaciones de apatía, de hastío, e irradian un clima opresivo que casi roza el estoicismo, la asfixia, el entumecimiento de un cuerpo abotargado que no consigue ponerse en movimiento, como en La felicidad, relato que muestra en paralelo la incapacidad de un niño de cinco años que necesita piernas ortopédicas para andar, y la ineptitud de un matrimonio para desprenderse de la indiferencia y encontrar la felicidad: dos versiones distintas para en el fondo semejante forma de invalidez.

Las historias de Marcelo Lillo nos hablan con un estilo lacónico —sí, lacónico, lacónico y por lo tanto Carveriano (pufff)— de un mundo próximo, un lugar común, pero en todo momento y muy hábilmente por cierto, se ocupa de transmitir la inquietud que suele acompañar a la expectación; el suspense propiamente dicho no se encuentra presente en sus relatos, y sin embargo la información que se nos va facilitando es la precisa para no prevenirnos, para atraparnos en la lectura con la necesidad de descubrir lo que está por suceder.

Uno de los protagonistas del cuento que da título al libro —podría ser que este personaje se parezca en gran medida al autor, ya que en un artículo firmado por Ignacio Echevarría en “El Mercurio”, Lillo es definido como un escritor que ha sufrido “la soledad, los pasos en falso, los ninguneos en que se resuelven las trayectorias de tantos escritores alejados de los circuitos literarios y de los centros del poder editorial”— uno de los protagonistas de El fumador, digo, afirma que “un libro que no se lee se convierte en cadáver”: Sería una lástima que las historias de El fumador y otros relatos pasaran a “mejor vida”.

A continuación el mismo personaje insiste: “Los libros se escriben para los lectores; si no, mejor no escribirlos”. Pues eso, Marcelo, a seguir escribiendo; seguro que los lectores de éste no le harán ascos al siguiente.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Canción de Sam Cooke en octubre

Sam Cooke publicó más de treinta éxitos en apenas siete años, entre 1957 y 1965, y esa es la razón por la que es considerado uno de los padres del soul. Murió con 33 años, el 11 de diciembre de 1964. Hay quien sostiene que el marido de una mujer de la que era amante le pegó tres tiros a la salida de un hotel de Los Ángeles, y hay quien cree que fue la recepcionista de ese hotel quien al sentirse amenazada por un negro le disparó tres veces matándolo al instante.



No sé cierto si fue octubre cuando el mar ceniza se juntó allá, con el horizonte plomizo.
No acierto a concretar si fue entonces cuando la costra de la arena se dejaba perforar por las gotas de lluvia eterna.
Creo que estábamos sentados a pocos metros del furioso mar macilento.
Acabábamos, pues, de dejar el colchón tirado en el suelo, frente a la chimenea donde el fuego chasqueaba sobre una alfombra de carbón que más bien era lingotes de oro.
Habrían terminado, seguramente, las respiraciones pausadas, descansándonos de las lujurias.
Lo que sí fue en octubre, y eso lo sé bien cierto, es que justo al acabarse Sam Cooke en la casete dejamos de estar conscientes en nosotros mismos.


El texto que antecede se titula “Canción de Sam Cooke en Octubre (o hacer el amor en el apartamento a orillas del mar)”, y con él se abría TESSELLA, el poemario con el que en 1989 obtuve el Certamen Juvenil de Poesía “Miguel Hernández” y que fue publicado por la editorial Aguaclara en 1991 (colección Anaquel de poesía). Si no recuerdo mal lo escribí con 21 ó 22 añitos, y es una prueba de que la música de Sam Cooke también se encuentra entreverada en buena parte de lo que escribo.

martes, 22 de julio de 2008

Norteamérica profunda - Juan Carlos Márquez

Cinco son los relatos que Juan Carlos Márquez ha reunido en Norteamérica profunda, libro que ve la luz casi tres años después de ser galardonado con el VIII certamen de relatos Rafael González Castell.


En esta ocasión, a diferencia de las que agrupó en su libro Oficios, las historias —de una mayor frondosidad argumental— vienen estructuradas en breves capítulos, escenas que de forma aislada fragmentan la narración pero en conjunto funcionan como un entramado que la ayuda a progresar con notable desenvoltura. Esta es una de las habilidades que se puede reconocer a Juan Carlos Márquez después de leer el libro: la aparente sencillez que nos permite avanzar en la lectura sin apenas dedicarle esfuerzo.

De las cinco historias —todas ellas en una línea similar de calidad— las que yo prefiero son La sombra de las acacias y La tierra en pedazos. En el primero de estos relatos, John Midletton, quien siendo niño perdió a su padre en Saigón al estallarle entre las manos una granada, malvive en el Bronx, con su madre, hasta que ambos se trasladan a vivir a Bloomington, Minnesota, al rancho de un hombre que dice estar en deuda con ellos porque John Midletton padre le salvó la vida. Allí será testigo de la creciente simpatía que su madre siente por su benefactor y conocerá a Linda, hija adoptiva de un hippie polígamo que trabaja en el rancho. Gracias a una serie de casualidades nuestro protagonista y sus amigos se convencen de que el coño de Linda posee poderes mágicos y que quien lo pruebe será capaz de conseguir lo que desea. Esto, que en principio nos puede sonar a broma anecdótica y graciosa entre adolescentes, acaba adquiriendo un grado indiscutible de trascendencia, ya que con el paso de unos cuantos años —en la universidad y con un futuro prometedor como miembro del equipo de atletismo— también John Midletton alcanzará lo que tal vez sin saberlo venía anhelando: encontrar el camino para convertirse —al igual que John Midletton padre— en un hombre bueno.

En el segundo, dos veteranos de la gran guerra vuelven a coincidir pasados veinte años en un centro penitenciario. Pese a las nuevas circunstancias ambos —Brooker, un negro enorme condenado por asesinato, y McNealy, guarda del penal— siguen manteniendo la misma relación de amistad que los unió en combate. En honor a esa antigua camaradería dedican sus ratos libres a competir por ver quien completa antes el puzzle de un mapamundi mientras conversan y se hacen compañía. Durante uno de sus numerosos diálogos Brooker insta a McNealy para que salga al mundo, viva y se sobreponga a la muerte de su esposa: “… deberías dejar esta estupidez. Nada te retiene aquí. Ahí afuera hay montones de chicas. Están por todas partes… Buscan un hombre y tú no eres tan viejo…”, le dice. En mi opinión es ahí donde se encuentra la clave del relato, ya que tiempo después, cuando Brooker sale de prisión por buen comportamiento y de camino a Memphis el lector ve avecinarse la tragedia en una escena en la que es inevitable que el negro vuelva a delinquir arruinando su vida, la historia se resuelve mediante un quiebro narrativo que nos mueve a preguntarnos si no será el otro personaje, McNealy, quien menos perspectivas de felicidad posee.

Si antes he dicho que una de las habilidades de Juan Carlos Márquez en Norteamérica profunda es la aparente sencillez de su prosa, la facilidad con que la lectura se desliza, otra de las habilidades que se le deben reconocer es el uso de un humor agudo y exquisito que se aproxima mucho al concepto que cualquiera podría tener de la ingenuidad, un humor sin malicia e incluso melancólico que a veces nos obliga a torcer el gesto de nuestra sonrisa. En este sentido veo más acertado emparentar el estilo del libro con la elegancia de Tobias Wolf que con la crudeza de Richard Ford o Raymond Carver. Y cito a estos autores por la declaración de intenciones que el propio autor señaló en una entrevista reciente: “Norteamérica profunda es un libro deudor, es mi homenaje al cine americano y a algunos escritores que pueblan mi altar de lector: Robert Louis Stevenson, Herman Melville, Raymond Carver, Truman Capote, J. D. Salinger, John Cheever y Richard Ford, entre otros”

Por mi parte me resisto a situar los cuentos de Norteamérica profunda entre los márgenes de la corriente minimalista norteamericana, lo que no considero que sea algo beneficioso ni algo perjudicial, no es un defecto ni una virtud, sencillamente es lo que es, una de las numerosas sorpresas no muy difíciles de encontrar en lo que se refiere a la narrativa breve que en España se viene cociendo durante los últimos años, un libro por el que el aficionado al cuento estará de enhorabuena, un puñado de relatos que tienen lo que deben tener los buenos relatos para gozar de una mayor difusión.

miércoles, 2 de julio de 2008

Un inédito en NARRATIVAS


Se ha publicado el número 10 de la revista digital NARRATIVAS, en cuya página 55 se incluye mi relato inédito Después de un cuento de Boris Vian.

En esta ocasión, para conmemorar el segundo aniversario de este interesante proyecto literario, sus creadores, Carlos Manzano y Magda Diaz y Morales, han decidido dedicarlo a la literatura erótica.
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silencios: 2 julio 1961


martes, 24 de junio de 2008

Oficios – Juan Carlos Márquez

Siguiendo el riguroso turno de lectura que suelo imponerme encajo Oficios a continuación de Elogiemos ahora a hombres famosos de James Agee —que es el libro que últimamente me ocupa—, Mi hermano Stanley de Jenny Diski y Chicas muertas de Nancy Lee, y antes de la edición en bolsillo de Camino de Los Ángeles de John Fante, que es el que también he comprado esta misma mañana. Calculando así, a grosso modo, vendrá a tocarle dentro de diez días, más o menos.

Sin embargo no tardo en advertir que Oficios —primer libro que llega a nuestras manos escrito por Juan Carlos Márquez y con el que el autor obtuvo el premio Tiflos de cuento en la convocatoria correspondiente al año 2007, un premio (el Tiflos) que se está reforzando últimamente con una nómina de cuentistas bastante atrayente, como son Félix J. Palma, Gonzalo Calcedo Juanes, Ignacio Ferrando o el propio Juan Carlos Márquez— está dispuesto a hacer valer una personalidad como poco entre amotinada y caprichosa, ya que a las pocas horas de dejarlo en el estante reparo en que aprovechando un descuido se ha colocado entre el libro de Jenny Diski y el de Nancy Lee.

A media tarde observo que está justo detrás de Elogiemos ahora a hombres famosos, y por la noche, cuando atravieso el salón de camino al dormitorio, lo descubro cómodamente sentado en una de mis mejores butacas, fumando uno de esos cigarros habanos que traje en mi último viaje a Cuba y que conservaba bajo llave, como oro en paño, y degustando un copazo de mi mejor coñac. Mientras exhala una impenetrable bocanada de humo entre sus páginas y relame placenteramente el borde de su portada para agotar el sabor que allí ha dejado el néctar ambarino me pide que lo acompañe, que tome asiento a su lado; y antes de que yo consiga articular ni siquiera una palabra de afeamiento o protesta comienza a contarme la primera de sus historias, Muertos, ambulantes, floristas y funcionarios, en la que Luis, muerto seis años atrás, comparece ante la autoridad para denunciar que una familia de almas errantes ha ocupado su tumba. Va prendiendo cada relato con la colilla del anterior. Pretende avanzar ligero el tal Oficios. Sin dejar de beber a pequeños sorbos y dar profundas caladas al cigarro me cuenta lo del protagonista de Psiquiatras e hipnotizadores, quien intenta descubrir el origen de la obsesión que lo obliga a almacenar trastos, convencido de que si se deshace de alguno su vida se tornará caótica. Para ello se ayudará de la doctora Guimard, una joven agradable y atractiva, cuyas pestañas —largas y finas como patas de arácnido— codicia; cuyas pestañas —repite el libro con tenebroso retintín—, siguiendo las pautas médicas que la doctora Guimard traza, nuestro personaje está dispuesto a conseguir sin más demora, a cualquier precio. Su voz es casi un susurro, sin altibajos, posee un efecto hipnótico. Hay algo que me impide dejar de escucharlo cuando se lanza sobre la hermosa e imposible historia de amor entre el faquir y la geisha que sus afectadas propietarias han traído de sendos viajes a Amrayati y Okinawa como si de souvenirs se tratara —Faquires, decoradoras de interiores y Geishas— y cuando sin entretenerse mucho acomete la kafkiana encerrona de Carniceros, prostitutas (otra vez) y tenientes, y al momento siguiente me deleita con el más rabioso y melancólico de los relatos, Marineros, amas de casa y presos, una historia ésta de respeto y códigos de honor, de equilibrio y de sueños, de esperanza… Y así hasta 14 relatos... El comercial de una empresa de mudanzas a quien le encargan trasladar la atmósfera de un ático a un estudio en el barrio Latino, el técnico de desinsectación que tras ser seducido por una prostituta nigeriana decide deshuesarla, trocearla y picarla...

Reconozco que no he leído a Samuel Beckett, Eugène Ionesco, Jardiel Poncela o Miguel Mihura, escritores con los que —según se puede leer en una entrevista que David González Torres publicó en la revista Avióndepapel.com—Juan Carlos Márquez dice encontrarse en deuda, pero a medida que iba avanzando la conversación con Oficios se iba formando en mi cabeza el recuerdo de humoristas como Tip, Faemino y Cansado, algún que otro monólogo de Pepe Rubianes y sobre todo la película que José Luis Cuerda filmó en 1988, Amanece que no es poco, aquella en la que hay hombres que como la peor de las malas hierbas crecen en los bancales, en la que los borrachos del pueblo guardan cola a la puerta de la taberna antes de ir a trabajar y la señora del médico da a luz segundos después de cometer adulterio, aquella en la que se celebran elecciones para elegir quien va a ser el tonto del pueblo, la adultera, la bollera, la puta... También Oficios lo pueblan personajes absurdos, surrealistas, hilarantes (Antoine, por ejemplo, el bracero que recita de memoria a Baudelaire, está felizmente emparentado con los campesinos que van a trabajar la tierra cantando madrigales castellanos del Renacimiento), historias basadas en la recreación de situaciones grotescas, ingenuas y espontáneas. Y así, digo, hasta 14 relatos, uno detrá de otro, de carrerilla pero por orden, sin respirar.

—Los libros no hablan —consigo colarle en el fugaz silencio que sigue a su última frase de Maquinistas, sobreponiéndome al desconcierto.
—Oh, vamos —responde él, ganando terreno de nuevo— no me vengas con prejuicios. Ahora dirás que tampoco beben coñac ni fuman cigarros habanos.

Acorralado, ya sin recursos, dominado por una creciente pelusa que me impulsa a encontrarle algún pero a sus disparatados razonamientos, suelto mi último cartucho. Le digo con rotundidad que la vida no es así, tal y como él la cuenta. Pero Oficios no esta dispuesto a dar su brazo a torcer, Oficios sabe lo que es y de dónde viene. Sin dejar de sonreír vuelve a llenarse la copa.

—Ya, la vida no es así —coincide— pero seguro que después de escucharme así es como te gustaría que fuera.

Y tiene razón, el condenado. Me rindo. Al fin y al cabo hemos pasado un buen rato, nos hemos divertido juntos. Acepto la copa que me ofrece y la levanto a la altura de la suya para entrechocarla, para brindar por su excelente salud, por la felicidad del autor y por la larga vida que les deseo a ambos.

jueves, 19 de junio de 2008

Everybody 's talkin

Everybody 's talkin es una de las canciones que me ha acompañado desde que la escuché por primera vez como tema principal de Midnight cowboy, película que me sedujo por el efecto agridulce que transmiten sus imágenes y el fracaso insalvable en el que se hunden sus personajes, pero que no sería lo mismo si entre algunas de sus escenas no se colara la voz de Harry Nilsson (Brooklyn, 1941 - Agoura Hills, 1994), autor de una obra musical tierna y melancólica. Seguro que Everybody 's talkin forma parte de la banda sonora de muchos de los cuentos que he ido escribiendo a lo largo de los años.

Cerrad los ojos ahora, dos minutos más o menos, respirad flojo, escuchadla.

miércoles, 11 de junio de 2008

Sobre blogs literarios

David González Torres, fundador de Aviondepapel.com, revista de curiosidad literaria y recursos para escritores, se ha propuesto recopilar, a través de su blog El hueco del viernes, los 1.000 blogs literarios en castellano —bitácoras en la red dedicadas a la literatura, reseñas, novela, relatos, poesía, artículos, reportajes, etcétera— para posteriormente editar una guía en formato PDF.

Lo comento aquí porque la iniciativa me ha parecido realmente seductora, ya que podrá facilitar el camino de todo aquel que esté interesado en curiosear por la red sobre temas literarios.
Pincha aquí para acceder.

lunes, 9 de junio de 2008

¿Qué opinión tienen en el extranjero de nuestra literatura?

El pasado domingo, ocho de junio, el programa de televisión española página 2 incluyó un mini reportaje titulado ¿Qué opinión tienen en el extranjero de nuestra literatura?
No poseo datos respecto a qué libros españoles se traducen en el extranjero, qué autores españoles son los que más se leen y qué autores son los más apreciados, pero después de ver el mencionado reportaje parece bastante llamativo que al ser preguntada una librera en la ciudad de Roma, ésta nombrara entre los autores españoles más considerados a Carlos Ruiz Zafón y a Ildefonso Falcones, lo mismo que al ser preguntada una librera en Berlín —AH Europa Europa, origen de civilizaciones, cuna del pensamiento, centro del mundo— y sin embargo, al abordar a un lector a pie de calle en la capital germana éste nombrara como su última y placentera lectura a Quim Monzó; y por fin, cuando se pregunta a un librero de New York —ciudad paradigma de las sociedades entregadas al consumo rápido, sociedades agresivas pero al mismo tiempo maleables y sometidas a la deriva que imponen las modas más efímeras—, afirme que existe una buena aceptación de autores españoles como Antonio Muñoz Molina y Enrique Vila Matas.

Algo está fallando. Si la intención del reportaje era llenar programación y entretener, vale, perfecto —vaya por delante que dos minutos escasos de reportaje no dan para mucho—, pero si lo que se pretendía era proporcionar una idea general sobre la difusión de la literatura española en Europa y en Estados Unidos de América, lo que se consiguió fue trasladar el concepto de que algo falla, de que el mundo no es tal y como nos lo presentan, de que puede que en EE.UU. no sean tan superficiales y en Europa tan trascendentes. O sea, el mundo al revés.

jueves, 29 de mayo de 2008

Cenizas - Gonzalo Calcedo Juanes

En una entrada de finales de 2007 ya comenté el libro de Gonzalo Calcedo titulado Temporada de huracanes, dejando dicho que el autor había conseguido momentos afortunados de una calidad más que considerable, una eficacia estilística, una claridad y una sencillez que venía echando de menos en sus cuentos inmediatamente anteriores.

Opino que en aquel libro se apuntaba una transformación —que se acentúa en Cenizas, publicado por la editorial Pre-Textos y por el que Gonzalo Calcedo ha sido merecedor del premio internacional de cuentos “Manuel Llano” en la convoctoria de 2007— un giro de su escritura hacia composiciones narrativas más complejas y una búsqueda de imágenes más exquisitas y elegantes que contribuyen a enriquecer el texto. En contra de los que todavía continúan emparentando el estilo de Gonzalo Calcedo Juanes con el de Raymond Carver, Cenizas se aleja del laconismo de sus mejores libros —Esperando al enemigo, La madurez de las nubes, Apuntes del natural—, sin menoscabar las virtudes que en aquellos se apreciaban. Todo lo contrario, el autor ha conseguido un efecto simbiótico entre la cotidianeidad y la cercanía de las historias que plantea, y un estilo acentuado por la elegancia de sus composiciones y la inteligencia con que resuelve los conflictos de sus protagonistas, todos ellos personajes desorientados, “enfermos interiormente, exánimes”, hombres y mujeres que en su mayoría han cumplido los 50 años y se encuentran en el debe de la vida, ese período de la existencia en el que poco puede añadirse, en el que se encara el futuro escudándose más en la experiencia que dotándose de ambiciones o esperanzas.

Comparados con el resto de su obra la novedad de estos seis cuentos se encuentra no en los temas a los que se aproxima, sino en la pulcra y preciosa ejecución de unas historias que seguro se cuentan entre lo mejor de la producción de Calcedo.

domingo, 25 de mayo de 2008

La vista desde Castle Rock - Alice Munro

Con los brazos alzados en el Anillo de Brodgar (Islas Orcadas)

En la primavera de 2006 realicé junto a unos amigos un viaje por el norte de Escocia. El avión nos dejó en Prestwick, a poco más de treinta kilómetros de Glasgow, y desde allí, con un vehículo de alquiler, perfilamos el mar del Norte hasta las Islas Orcadas y luego regresamos por la costa atlántica hasta Edimburgo. No suelo hacerlo, pero en aquella ocasión intenté llevar un diario. Apuntaba las conversaciones que abordábamos e intentaba describir los lugares y las sensaciones que se despertaban jornada tras jornada. Un día, ya a finales de febrero de 2008, después de leer La vista desde Castle Rock, quise repasar las notas que tomé durante aquel viaje y me encontré lo siguiente:

“Rodábamos a través de los cenicientos prados que asoman al océano Atlántico. A lo largo de casi cien kilómetros vimos delgados riachuelos que se ramificaban y volvían a ramificarse como venas entreverando la deshabitada y pantanosa tierra del oeste de Escocia, sumergiéndose y más allá aflorando a la superficie para dibujar una caprichosa maraña. Sobre aquella región no había caído la primavera. Hacía frío y oscuro era el color de los campos y el aire húmedo olía a lo mismo que huelen los minutos anteriores a una tormenta, como si el invierno se hubiera valido de un encantamiento y la vida tuviera que continuar en un mundo sin estaciones”.
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Hoy me viene a la cabeza aquel paisaje y quiero utilizar el párrafo anterior para explicarme la impresión que me produce la escritura de Alice Munro (Wingham, Ontario, 1931, descendiente de William Laidlaw, quien fuera pastor en el valle de Ettrick, a unos 85 kilómetros al sur de Edimburgo), autora de las colecciones de relatos Las lunas de Júpiter, El amor de una mujer afortunada, El progreso del amor, Secretos a voces, Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, Escapada.

No es difícil advertir que la autora gusta en sus argumentos de contraponer dos universos completamente desiguales, trabajar las diferencias entre los adolescentes y esos adultos en que un día llegarán a convertirse, buscar el efecto del contraste entre el mundo que te permite prosperar y el mundo donde lo único permitido es soñar con conseguirlo. La mayoría de los cuentos de la escritora canadiense son historias cerradas en sí mismas, en las que se nos facilita una abundante información sobre los personajes, consiguiendo así que su literatura adquiera la apariencia elegante de un huso; alargada, gruesa en el centro —donde la hebra queda ovillada, la hebra: el hilo principal de la narración y cada una de sus numerosos ramales— y adelgazándose hacia los extremos, en el principio y el fin de cada uno de los relatos.

La vista desde Castle Rock no se aparta de esta técnica narrativa, la misma que su autora ha venido utilizando en todos sus libros anteriores. En éste que ahora elogio se recogen una docena de cuentos en los que nos narra la vida de sus antepasados en una suerte de árbol genealógico, empezando por aquellos que en 1799 lucharon por abandonar Escocia empujados por el deseo de realizar sus sueños en América, pasando por algunos cuentos con tintes iniciáticos como son Bajo el manzano —en el que se narra el descubrimiento del primer amor— y Ayuda doméstica —en el que la protagonista descubre un mundo al que no está segura de querer pertenecer (es curioso cómo en este relato pueden encontrarse ecos de Jesse y Meribeth, incluido en El progreso del amor, libro publicado veinte años antes)—, pasando también por la escapada que ya a finales del siglo XX protagoniza una chica lista con la intención de ir a la universidad y casarse, y terminando en el verano de 2004, cuando la misma Alice Munro visita el lugar donde murió su tatarabuelo, William Laidlaw, en busca de algún rastro de su vida.

Cada uno de los doce relatos me recuerda a una de esas fotografías que cualquiera conserva en el interior de una caja de zapatos en un altillo del armario. De vez en cuando me gusta echarles un vistazo, deleitarme en su textura granulosa, en los colores sepia de las imágenes, en sus bordes dentados. Suelo recordar historias sobre los predecesores que llegué a conocer e inventar otras para aquellos con los que el tiempo no me ha permitido coincidir. Una de las necesidades cuya satisfacción ha de perseguir el hombre es averiguar de dónde procede, estoy convencido de ello, remontarse al origen de todo para confirmar que el camino que ha decidido recorrer es el acertado. Nuestros planes de futuro deben estar a la altura de todos los que nos precedieron. Opino que es una manera de honrar la memoria de nuestros muertos, de evitar que nuestra propia existencia nos avergüence. Eso es precisamente lo que creo que ha hecho Alice Munro.

He leído en algunas reseñas que éste es un libro autobiográfico. Ella misma lo insinúa en el prólogo: “Hacía algo más cercano a la autobiografía: explorar una vida, mi propia vida”, aunque a renglón seguido diga que los relatos no conceden tanta importancia a la verdad de una vida como para dar fe de ella, y diga también que los relatos de La vista desde Castle Rock se han convertido en ficción dentro del marco de una historia auténtica y que han acabado confluyendo, ficción y autenticidad, en un único cauce.

Yo no sé si creerla, la verdad, prefiero dudarlo —ya se sabe, los escritores mienten más que hablan—, prefiero dudar que ésta sea una obra autobiográfica sin más porque no considero necesario para valorarla imaginar que los personajes de los que me habla Alice Munro existieron y que todos ellos forman parte de su parentela. Ese es el dato que menos me importa. Me basta para considerarlo uno de los muy recomendables que he leído en lo que va de año creer que sencillamente es un libro de cuentos, un hermoso y entrañable libro de cuentos.

sábado, 17 de mayo de 2008

Sobre el sexo de la novela (y van…)


En BABELIA, suplemento cultural de EL PAÍS, Fernando Royuela firma hoy uno de los artículos más lúcidos y acertados que he leído desde que surgió el aburrido debate sobre el futuro de la novela, titulado Soluciones habitacionales para indigentes literarios. Comparto la totalidad de lo que dice el escritor madrileño y esa es la razón de que considere muy recomendable su lectura. Vosotros mismos.

lunes, 21 de abril de 2008

Acción de gracias – Richard Ford

Muy a principios de este mes me acerqué a la librería con la intención de llevarme a casa Acción de gracias, la última novela de Richard Ford —uno de los escritores que junto con Alice Munro, Richard Bausch, Cormac McCarthy y algún otro, forma parte de mi sección personal de indispensables— y ocurrió que mientras rondaba el mostrador de novedades alguien se situó a mi lado obligándome a ladear la cabeza y enfocarlo con mi mirada.
— ¿Frank? —No sabía nada de él desde 1996 pero lo reconocí enseguida, con sus cerca de dos metros, facciones angulosas, el pelo gris no muy corto, el trazado de una sonrisa contenida en la línea de sus labios. Sureño de la cabeza a los pies: pantalones, camisa y calcetines de algodón, y mocasines; el mismo atuendo que ha venido usando a través de todas las etapas de su vida—. ¿Frank Bascombe?

Y él que me mira con sus ojos claros, intensos, dudando durante un par de segundos pero localizándome inmediatamente en algún lugar de su memoria, al tiempo que me dedica una ya amplia sonrisa. Nos saludamos y allí mismo, todavía de pie, junto a una góndola rebosante de libros, empieza a contarme lo que ocurrió durante las jornadas previas al día de acción de gracias del año 2000, aprovechando la ocasión para entreverar su relato con el de sus últimos años. Me habla con grandísima familiaridad, como si apenas hubieran transcurrido unas pocas horas desde la última vez que coincidimos. Quién sabe si por la edad —acaba de cumplir los 55— o por el cáncer de próstata que le han diagnosticado, parece que ha intensificado su hábito de reflexionar a cada momento como si se tratara del último. Y sin embargo se esfuerza por fingirse ajeno a los acontecimientos que integran la época en la que vive, aunque dice que tampoco eso importa tanto, ya que está seguro de que así es como se sienten muchos otros seres humanos. Lo escucho mientras habla de su actual relación con Ann —su primera esposa—, me habla de Sally —quien después de varios años de convivencia acaba de abandonarlo—, de sus tres hijos, Ralph —fallecido a los nueve años—, Paul y Clarissa. Lo escucho y sus palabras transmiten miedo… no, miedo no, es más bien derrota lo que transmiten pero también esperanza. Ha sentido que el equilibrio de su existencia se tambalea a una edad en la que se tiende a afrontar el futuro desde el sosiego, y por eso tiene que echar mano de una enorme dosis de indolencia para enfrentarse a las dificultades, si bien, como él mismo afirma, eso no tenga que significar que se encuentra capacitado para superarlas.

Es un buen tipo, contagia serenidad. Es lo que pensé nada más conocerlo, allá por 1990, cuando todavía albergaba alguna pretensión de convertirse en novelista y escribía en una publicación deportiva de Nueva York. Me tienta preguntarle si todavía le ronda la literatura, pero prefiero dejarlo hablar. La sinceridad con que lo hace alcanza tales cotas que poco importa si lo que relata se ambienta en un lugar costero de Nueva Jersey en el que jamás he estado. Al escucharlo tengo la sensación de haber recorrido las mismas calles y frecuentado los mismos barrios. El cielo que cubre Sea-Clift es el mismo aquí, a miles de kilómetros de distancia. También el color del mar que se observa desde Surf Road es idéntico e idéntica la lluvia que cae sobre la Route 37 o Cream Ridge. Y cómo no la impotencia que le asalta en este mundo que dice se le viene abajo con tanta rapidez como el Queen Regent — (una de las tantas anécdotas que me refiere) demolición que conecta tan directamente con el estado de ánimo de mi amigo que casi se convierte en metáfora— y la impotencia, digo, que de la misma forma también a mí me asalta en este mundo que se viene abajo porque sus sentimientos son los míos y mías las palabras que utiliza para describirlos.

Cuando nos despedimos niega con un movimiento de cabeza de una manera casi imperceptible. Algo me dice que difícilmente volveremos a vernos. Y lo lamento. Encajamos nuestras manos. Se gira sin dejar de sonreír, comienza a alejarse. Me atrevo a decírselo:
—No sabes cuánto lo lamento, Frank —me mira por encima de su hombro—, eres uno de esos tipos que a cualquiera le gustaría frecuentar mientras se va envejeciendo.

Sí, me atrevo a decírselo porque la verdad es que lo echaré de menos. Aunque recurriendo a sus propias palabras:

Nunca se está seguro de nada, digan lo que digan las grandes novelas.

silencios: 21 abril 1910


jueves, 3 de abril de 2008

Un inédito en LA NAVE DE LOS LOCOS

Fernando Valls —profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona, autor de numerosos trabajos sobre la narrativa española, director de las colecciones Reloj de arena y Cristal de cuarzo, de la editorial palentina Menoscuarto, y colaborador de publicaciones como Ínsula, Clarín, Mercurio y Revista de Occidente—, gestiona uno de los blogs más interesantes que pueden visitarse desde que se estrenó el 30 de diciembre de 2007, La nave de los locos, donde se puede leer mi relato inédito Estado carencial.

Un millón de gracias Fernando.

martes, 18 de marzo de 2008

Vídeo de ENCONTRES

Aquí os dejo el vídeo de mi intervención en el programa ENCONTRES, emitido el 10 de marzo en Punt dos, canal de Televisión Valenciana.

video

sábado, 8 de marzo de 2008

No es país para viejos - la película

Leí No es país para viejos en cuanto la editorial Mondadori publicó la traducción al castellano en noviembre de 2006 —estaba esperándolo. Procuro leer todo lo que Cormac McCarthy publica, es uno de mis autores de cabecera— y que se haya basado en éste libro ha sido la principal razón para decidirme a ver la película de los hermanos Coen el mismo día de su estreno. La novela utiliza un lenguaje cinematográfico que sin duda ha facilitado mucho su adaptación; el resultado de la película es más que correcto, fiel en extremo al texto original. La atmósfera, los diálogos —sencillos pero aforísticos— el ritmo pausado, el territorio fronterizo —tanto físico como moral, de idéntica manera a como ya lo consiguieron en cintas como Fargo— se ha plasmado en imágenes con bastante acierto. Sin embargo considero que los tres personajes principales no quedan suficientemente definidos. Parece que a los hermanos Coen les ha bastado con esbozarlos. No se aprecia la incertidumbre de Lewelyn Moss, quien por casualidad se ha metido donde no debía y llegado el momento prefiere dirigirse al fondo en lugar de bracear buscando la superficie. El mundo interior del sheriff Bell como paradigma de una época concluida y —más significativo— de una forma anacrónica de entender el mundo, tampoco acaba de concretarse. Y para terminar, se nos presenta el personaje interpretado por Javier Bardem como un simple asesino, alguien que mata sin ton ni son, cuando, en la novela de McCarthy, Chigurh es un hombre de principios, sujeto a normas que le exigen una conducta determinada —independientemente de que se compartan o se rechacen esos principios—, un hombre de honor cuyos actos obedecen a la reflexión de cómo han de ser las cosas, un hombre que sabe los sacrificios necesarios para conseguirlo. No estamos muy acostumbrados a encontrar personas con ese grado de integridad, personas que diseñen su existencia a largo plazo y se esfuercen día a día, minuto a minuto, por acatar las exigencias que ellos mismos se hayan fijado.

Como ejemplo de la conducta inquebrantable que guía los actos del asesino, del convencimiento que muestra respecto a sus propias acciones, basta el extracto de la conversación que éste mantiene cuando se presenta en el despacho del gran jefe con la intención de restituirle el maletín repleto de un dinero que le pertenece. Podría haberse quedado con el dinero —no desvelaré aquí la alternativa que se plantea en la película, aunque en mi opinión es lo que acaba por desvirtuarla—, pero Chigurh prefiere devolverlo. Le dice que faltan alrededor de cien mil dólares y lamenta no haberlo podido recuperar todo.

¿Quién carajo es usted?
Me llamo Antón Chigurh.
Eso ya lo sé.
Entonces, ¿por qué lo pregunta?
Qué quiere. Supongo que eso es lo que quiero saber.
Bien. Yo diría que el objeto de mi visita es básicamente establecer mi autenticidad. Como persona experta en un campo difícil. Como persona totalmente fiable y absolutamente honrada. Algo así.
Alguien con quien yo podría tener tratos.
Sí.
Va en serio.
Absolutamente.

Pese a que al principio se apuntan maneras, hacia el final de la película los hermanos Coen dejan escapar una óptima oportunidad de retratar el mal no como algo repudiable desde la subjetividad de la víctima sino como algo que también habita en la conciencia de todos nosotros, y creo que de eso habla en definitiva la mayor parte de la obra de McCarthy. Y también creo que la objetividad de su mirada es uno de los grandes aciertos en la literatura del autor norteamericano. La objetividad y la duda que con ella consigue avivar, el miedo a girarse y reconocer ahí mismo, a menos de un paso de distancia, la morbosa atracción que despierta Antón Chigurh como ya antes la había despertado Lester Ballard en Hijos de Dios o el juez Holden en Meridiano de sangre.

Un consejo: si han leído el libro no es necesario que vean la película. Otro: si ya han visto la película lean el libro. Y otro más: si no han visto la película léanlo igualmente.

silencios: 8 marzo 1941


viernes, 29 de febrero de 2008

EL tacto... en Televisión Valenciana

La dirección del programa ENCONTRES —dirigido y presentado por el escritor Ricardo Bellveser y enfocado como lugar de reunión y conversación de los creadores valencianos alrededor de sus propias creaciones y sobre la actualidad de la cultura valenciana, española y europea— ha tenido la amabilidad de invitarme el próximo 10 de marzo para presentar mi libro de cuentos EL TACTO DE UN BILLETE FALSO.

ENCONTRES se emite en Punt dos, canal de Televisión Valenciana, los lunes a las 23:00 horas, y los viernes a las 02:15 horas.

jueves, 21 de febrero de 2008

Cuestión de orejas

Mi amigo Manolo vive desde hace dos décadas con su amigo Paco —cuando digo vive me refiero a que vive, o sea, que viven los dos, juntos, arrejuntados y en escándalo— y yo sé que la ilusión de ambos siempre ha sido legalizar su situación, documentarla en sagrado ya de una, vamos, casarse como todo hijo de vecino pero por la iglesia, el “sí quiero” ante el altar, nada de una boda civil cualquiera oficiada por un juez o un funcionario cualquiera; lo que ellos anhelan es que su unión sea bendecida, que se le confiera gracia divina a su alianza y si por ellos fuera por algún que otro obispo y en la catedral de Valencia, aunque bien sé yo que se conformarían con el sacerdote de la parroquia del barrio que ambos frecuentan. Porque ellos son católicos practicantes, de los de misa los miércoles y los domingos y si se presta ejercicios espirituales cada dos meses, no de los de chicha y nabo no, católicos, apostólicos y romanos y por si fuera poco incondicionales y entusiastas hasta la médula de Antonio Machín y Rocio Jurado. Pues bien, hace unos días me lo encontré en la plaza, a Manolo, saliendo de la iglesia del pueblo, y el pobre estaba más que ofendido. Con la excusa del matrimonio celebrado por el sacerdote de Benidorm entre Petita y su novio Luka —dos elefantes de 3000 kilos residentes en el parque de naturaleza Terra Natura— se había atrevido a solicitar al párroco los mismos derechos que la iglesia reconoce a los paquidermos y éste —cómo no, claro, hasta ahí podíamos llegar— lo había despachado con cajas destempladas. Casi más triste que agredido se sentía mi amigo. Con esos nombres, Petita y Luka, con esos nombres de pitiminí y esas ancas de mastodonte y casados por la iglesia; y los Manolos y Pacos del mundo qué ¿eh? qué. No sé qué más quieren, me dijo con los ojos llorosos y la punta de la nariz escaldada, si nosotros también tenemos trompa. No es cuestión de trompa, le respondí medio en broma, para aflojar la tensión más que nada, más bien debe ser cuestión de orejas. Le dije lo de las orejas y enseguida supe que había metido la pata: en un acto reflejo mi amigo se echó una mano al pabellón del oído y encogió los párpados mirándome a través de una rendijita, preguntándose —lo conozco, lo conozco desde que éramos niños y sé que el muy loco por amor es capaz de todo— si será muy doloroso agrandárselos.

martes, 19 de febrero de 2008

"El tacto..." en el Ayuntamiento de Alfafar

Siegfried en la forja de Reginn
Siegfried contempla fascinado cómo Reginn forja de nuevo los fragmentos rotos de la espada de su padre regalo de Odin. La espada conquistadora ayudará a Siegfried en la misión que se le ha asignado de matar al dragón Fafnir.
W. Von Hanschild. Fresco 1880
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El maestro forjador de espadas comenzaba con una barra que consistía en ocho capas de acero separadas por y envueltas en varias capas delgadas de hierro. Esto sería calentado, martillado y doblado repetidas veces, hasta que fuera transformado en una matriz de espada de cerca de mil capas, lista para darle los acabados. Para forjar una espada superior el trozo de metal se debe templar y martillar más de cien veces. Aunque una hoja acabada pesa solamente cerca de 1.2 kilogramos, él tiene que comenzar con 1.8 kilogramos de acero de alta calidad, ya que mucho del metal se quita durante los procesos de limadura final, afilado y pulido.

Hablo de memoria si digo que cuando yo contaba diez años Manolo Montero andaría rondando la treintena. Por aquella época Manolo Montero era uno de los maestros en la escuela municipal de Alfafar en la que yo pasé buena parte de mi infancia. Para mí y entonces Manolo Montero era “Don Manuel”. Nadie puede negar que en la vida se dan momentos, sucesos, anécdotas que con el paso del tiempo despojan al pasado de la normalidad para arroparlo con el esplendor de lo extraordinario; la intervención de personas que a priori parecen como otras pero que con los años acaban dando forma concreta a nuestra existencia y su recuerdo viaja ya para siempre como una lapa adherida a nuestra memoria. Manolo Montero es una de esas personas. Finalicé mis estudios de la antigua educación general básica y me marché a la capital para estudiar bachillerato, pero esos tres o cuatro años en los que coincidimos bastaron para que cada vez que intento trasladarme hasta mi infancia me encuentre con “Don Manuel”. Había otros, sí; recuerdo aquellos cursos en los que cada asignatura la impartía un maestro distinto pero para mi siempre será “Don Manuel”. Y ahora, cuando han pasado nada más y nada menos que tres décadas, me produce una mezcla de vergüenza y orgullo el hecho de que sea “Don Manuel” quien el próximo día 22 de febrero a las ocho de la tarde intervenga en un acto que el Ayuntamiento de Alfafar ha organizado alrededor de mi libro EL TACTO DE UN BILLETE FALSO.

Nadie puede negar que las esquirlas desprendidas en la forja procedan del mismo acero que la espada.

silencios: 19 febrero 1952


domingo, 17 de febrero de 2008

El regreso de The Verve

Cuando The Verve publicó su primer álbum a principios de los noventa Richard Aschroft contaba con 22 añitos. En 1995 lanzaron A norther soul y en 1997, dos años antes de que la banda se separara publicaron el inmortal Urban hymns.

Ya como solista Richard Aschroft publica Alone with everybody, Human conditions y Keys to the world, tres colecciones a tener muy en cuenta, sobre todo la última de ellas.

Pues bien, la buena noticia es que en 2007 Aschroft ha vuelto a reunirse con Nick McCabe, Simon Jones y Meter Salisbury, con la intención de grabar un nuevo álbum firmado por The Verve.

Aquí los espero. Mientras tanto, pinchad sobre el título de Words Just Get In The Way, una joya incluida en Keys to the world. Disfrutadla, vale la pena.

sábado, 9 de febrero de 2008

(des)integrar a mi madre

Mi madre es una buena persona, estoy convencido de ello, pero está mayor ya, muy mayor. Vive en la misma casa en que nació hace casi ochenta años, es más, duerme todas las noches en la misma cama en la que mi abuela dio a luz a todos sus hijos y seguramente en la misma cama tendremos que amortajarla. Es una buena persona, cualquiera que la conozca puede confirmarlo, pero la pobre anda un poco preocupada. Ha oído algo sobre un “Visado por puntos”, alguna de sus amigas, mientras tomaban el sol sentadas en un banco de la plaza, ha venido con el cuento de no se qué criterios para obtenerlo y la ha dejado con el corazón en un puño. Nada más llegar a casa me ha llamado por teléfono y lo hemos hablado, en valenciano, claro, porque ella nació en un pequeño pueblo de la Ribera Alta (comarca de la Comunidad Valenciana, situada en los márgenes del Xúquer, donde la vid ofrece los famosos moscateles y malvasías de Turís y Monserrat) y carece de conocimiento del español (léase castellano). Mientras la escucho pienso que pese a llevar cerca de un siglo bregando su capacitación profesional es deficiente y que ignora por completo el sistema legal de este país —ella, la pobre, opina que no ir a misa al menos los domingos es delito (¿no lo es, verdad? ¿o sí?) — y cuando hemos hablado de costumbres ella siempre sale con que su vecina tiene costumbre de sacudir la mopa, la alfombra y las migas del mantel por la ventana que da a la calle y que el marido tiene costumbre de dejar que su perro deposite zurullos de elefante en mitad de la acera. Ah y la cultura… la cultura ni mentarla, ella, que estudió lo justo para que el tendero no la engañe con el cambio y saber escribir su nombre. Me dice alarmada que jamás podrá cumplirlos, los criterios, a su edad, que jamás podrá obtener el dichoso visado y lo malo es que tiene razón. Yo pienso igualmente que ya no existe forma humana de integrarla. La verdad es que lo llevo pensando desde hace varios días en que yo también me desayuné con el visado de marras y me da miedo ese pensamiento. Ella me ha telefoneado para desahogarse, para pedirme apoyo y a mí me da miedo mi incapacidad para ayudarla porque mentiría si le dijera que se la puede integrar. Me da miedo decirle la verdad y como ella insiste a lo único que acierto es aconsejarla que no abra la puerta a nadie si Rajoy gana las próximas elecciones, que me llame enseguida, que se espere hasta que yo vaya, por si acaso al GRAN HERMANO se le ocurre acudir a su casa para desintegrarla.