miércoles, 11 de febrero de 2009

El boxeador polaco – Eduardo Halfon

MELANCOLÍA. (Del lat. melancholĭa, y este del gr. μελαγχολία, bilis negra). 1. f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales.

Eso es, sí, ni más ni menos, la melancolía es el nexo que destaca como ningún otro entre todos los relatos incluidos en “El boxeador polaco”. Admito que también lo es el recuerdo que sin avisar asalta de vez en cuando a Eduardo Halfon —no el escritor sino el personaje, el protagonista de cada uno de estos seis cuentos, Eduardito, como lo llama Milan Rakic, pianista serbio de mirada noctámbula que añora una vida nómada de caravana en caravana y envidia a sus antepasados gitanos en “Epístrofe”, o Dudú, como lo llama Lía, la mujer de pubis rasurado. Me parece imposible, aun inverosímil, no enamorarse de alguien que se llama Lía y que además vuelve de un viaje con el pubis tersamente rasurado. A mí también, Eduardito, o Dudú, o Eduardo, personaje y escritor, coincido contigo, con ambos, es imposible no enamorarse de una mujer así—. Pero decía que también es vínculo entre las historias de “El boxeador polaco” el recuerdo de un abuelo judío que estuvo en Auschwitz, de los cinco dígitos verdes tatuados en su antebrazo izquierdo, del boxeador polaco que le salvó la vida… conforme, ese recuerdo también, no voy a discutirlo, pero me parece más apropiado la melancolía, insisto, la melancolía, sobre todo en “Lejano”, primero de los relatos, en el que se cuenta la historia de un Eduardo Halfon profesor universitario intentando rescatar a uno de sus alumnos —estudiante prometedor y poeta en ciernes— cuando éste ya ha dejado de asistir a las clases, pero además, obedeciendo a la lectura que él mismo hace de un ensayo de Ricardo Piglia —Un cuento siempre cuenta dos historias… Un relato visible esconde un relato secreto… El cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto…—, además se imparte una inteligente lección, que no por trillada deja de ser válida, de cómo acercarse a la lectura: el gusto tenía que ir acompañado de un entendimiento más refinado, que casi siempre no nos gustaba algo sencillamente porque no lo entendíamos, porque no habíamos hecho un esfuerzo por entenderlo y lo más fácil, consecuentemente, era decir que no nos había gustado y lavarnos las manos de todo el asunto. Hay que fomentar el criterio, les dije, ejercitar la habilidad de análisis y síntesis, y no sólo escupir opiniones vacías. Hay que aprender a leer más allá de las palabras… Y también, más adelante: Así se lee un cuento, dejándose arrastrar por el río del autor. Ya sean esas aguas plácidas o vertiginosas, no importa. El asunto es tener el coraje y la confianza para zambullirse de lleno. Entonces la literatura, o el arte en general, se vuelve un tipo de espejo donde se reflejan todas nuestras perfecciones e imperfecciones. Algunas asustan. Otras duelen. Es curiosa la ficción ¿no? Un cuento no es más que una mentira. Una ilusión. Y esa ilusión sólo funciona si confiamos en ella. Me encanta eso del espejo donde se reflejan todas nuestras perfecciones e imperfecciones. Algunas asustan. Otras duelen. Más razón que un santo. Eso es un cuento. Lo firmo ya. Verdades como puños me he encontrado en las historias de “El boxeador polaco”, cuya escritura avanza a ritmo pausado, sin altibajos —qué agradable resulta explorar tanta calma, porque la calma también puede ser frondosa y es justo entonces cuando hay que explorarla— avanza tal cual camina y habla Joe Krupp, uno de los personajes de “Twaineando”: despacio, sosegado, como si sus pasos y palabras no tuvieran ya ninguna urgencia por llegar a donde se dirigían o como si en realidad no se dirigieran a ninguna parte. El autor tampoco tiene prisa en llegar, no tiene prisa en que lleguemos. He advertido en mi propia voluntad una ligera resistencia al abordar el siguiente relato cuando todavía estaba degustando el anterior. Paso a paso el libro se acaba y me resisto a ello. Dice el Halfon protagonista — ¿o lo dice el Halfon escritor? No sé, a estas alturas poco importa si lo dice uno u otro— que Joe Krupp sonríe como un hombre enamorado, aunque enseguida se corrige y dice que sonríe como un hombre triste. Y así es exactamente como escribe Eduardo Halfon —y ahora sí, que conste, me estoy refiriendo al escritor— como un hombre enamorado de la literatura, se nota, si no, difícil resulta entender la delicadeza y la ternura que ha ido dejando como un rastro de migas de pan en sus relatos para que nosotros las recojamos al leerlos y encontremos el mismo camino que él anduvo al escribirlos; pero también escribe como un hombre triste, ya lo he dicho al principio y he insistido en ello y ahora me repito: la tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, la sincera melancolía que hace hermoso este volumen de cuentos, cuya lectura nos deja como al pianista Milan Rakic después de su delirante actuación, con un aire de soldado herido, pero no herido de muerte sino herido de vida, herido feliz, herido boyante, herido satisfecho, sí, ni más ni menos, así nos deja: heridos y satisfechos.

martes, 10 de febrero de 2009

Flores para un cyborg - Diego Muñoz Valenzuela


Hoy se publica en LA TORMENTA EN UN VASO la opinión que me ha merecido la lectura de Flores para un cyborg (E.D.A. libros), del autor Chileno Diego Muñoz Valenzuela.
Visita la página del blog o pincha aquí para leerla.

domingo, 1 de febrero de 2009

Hambre – Knut Hamsun

Knut Hamsun (1859-1952) está considerado en la actualidad uno de los escritores fundamentales de la literatura noruega, aunque no estaría de más considerarlo uno de los escritores fundamentales de la literatura en general. Sus libros llevan cincuenta años reeditándose en España por editoriales de tirada importante como Anagrama, Alfaguara, Plaza y Janés, Círculo de lectores, Planeta, Bruguera… pese a lo cual no parece estar llamado a ser un autor conocido; ni siquiera haber sido declarado maestro por autores como Thomas Mann, Maxim Gorki, Henry Miller o Paul Auster, ha conseguido enmendar esta desafortunada situación. Tal vez esta circunstancia se deba al desprecio y aislamiento que sufrió durante años no ya él como hombre sino la totalidad de su obra, y ello debido a la fascinación que mostró por la causa nazi. Por este posicionamiento a favor de Hitler el estado noruego le condenó a pagar una indemnización que supuso su ruina. Quien fuera aclamado como héroe por sus creaciones literarias murió repudiado porque su manera de pensar fue desaprobada y calificada como desleal a la patria. Pero bueno, ahí están sus libros, más de cuarenta, y muchos de ellos convertidos en clásicos.
Desde 1882 a 1888 Knut Hamsun vivió en Estados Unidos intentando convertirse en escritor. Ignoro si cuando escribió Hambre en 1888 lo hizo fijándose en aquel periodo concreto de su vida. No me he preocupado en averiguarlo, prefiero imaginar que así fue. Prefiero imaginar que no fue sencillo para un aspirante a escritor con 23 años recién cumplidos trasladarse desde la zona rural en que nació hasta las exuberantes ciudades norteamericanas. El protagonista de Hambre también quiere ser escritor. Es más, es lo único que quiere, lo desea con todas sus fuerzas. Deambula por las calles de Christiania sin trabajo, sin dinero, empeñando hasta los botones de su chaleco para poder comer, mascando virutas de madera para paliar el dolor de estómago que el hambre provoca. No ocurre nada más en la novela, no hay más acción que esa: un hombre necesita saciar su apetito físico pero también necesita saciar su apetito intelectual. Le urge comer en la misma medida en que le urge escribir. La creación literaria es el alimento con que aplacar el sufrimiento de su espíritu. Evitando los guiones y los entrecomillados el autor mezcla y confunde los pensamientos del protagonista con los diálogos, turna los tiempos verbales sin avanzar ni retroceder en la acción, combina como sin venir a cuento el pretérito perfecto simple con el presente y el lector ni siquiera lo advierte. Hay quien encuentra en Hambre uno de los puntos de partida de la novela moderna que vendría en el siglo siguiente. Después de digerir la lectura del libro no creo que quien así piensa vaya mal encaminado. En Hambre, Knut Hamsun plantea el conflicto suscitado en el hombre moderno. Un hombre contradictorio que vive atrapado por el ritmo de vida impuesto en las ciudades y no consigue acoplarse en las estructuras individualistas de la sociedad actual. Es un hombre complejo y arrogante intelectualmente que no puede evitar cuestionarlo todo y aspira a huir, marcharse a otro lugar, lejos de todo aquello que le revuelve el estómago, marcharse, sí, pero ¿dónde? Un hombre que sufre porque sabe lo que es el sufrimiento, sabe nombrar los sentimientos con las palabras adecuadas, analizarlos, reflexionar sobre sus consecuencias, y por eso se sitúa más cerca de la ansiedad y el desconsuelo que el resto de desorientados que pueblan la urbe, a quienes precisamente su ignorancia parece colocarlos en el camino de la felicidad. Es lo fácil, cuando uno no piensa el mayor problema que se le puede presentar es un dolor de muelas.

Una de las cualidades que favorecen el descubrimiento de lo que considero buena literatura es la necesidad que me despierta un libro respecto al siguiente. Tirando de Hambre encontré a John Fante y tirando de Fante a Bukowski, y éste me llevó a Carson MCCullers y sucesivamente a John Cheever, a Salinger, de éste regresé a Twain para comprobar que en Holden Caulfield hay mucho de Huckleberry Finn, y luego fui a parar a Melville y a Hawtorne y a Sherwood Anderson y su excelente Winesburg, Ohio, y a continuación vinieron Henmingway, Carver, Ford, Richard Bausch… Si la lectura de un libro se agota en sí misma, si esa lectura no despierta en mí la avidez de acometer otra y ésta, otra y otra más, pienso que algo ha fallado. Y resulta que cada vez que intento localizar el origen de este revoltijo caótico, el arranque de estas idas y venidas, es Hambre el libro que más pronto me viene a la cabeza. A lo largo de los 120 años transcurridos desde que Knut Hamsun lo escribió, el conflicto humano al que me refería anteriormente se advierte en Kafka, en Albert Camus, en Fante (sobre todo en su obra Pregúntale al polvo, tan emparentada con Hambre), Bukowski (Factotum le debe tanto a la obra de Hamsun) e incluso en algunos personajes inadaptados de John Cheever, pero sobre todo en el mismo Cheever, ya que según se desprende de sus Diarios el martirio personal, moral e intelectual sufrido por el autor norteamericano no dista mucho del sufrimiento que padece el protagonista de la obra de Hamsun.

Creo que en Hambre podemos encontrar todavía aspectos estilísticos de lo más novedosos y una complejidad en sus personajes que podría trasladarlos al día de hoy; a sus 120 años de edad el libro es uno de esos ancianos de la tribu a los que se acude para solicitar consejo. Aunque de una manera silenciosa y en muchos casos instintiva, Hambre está más presente en la literatura actual de lo que parece.

jueves, 29 de enero de 2009

Dossier Salinger en La Periódica Revisión Dominical

Aprovechando que el 1 de enero pasado J. D. Salinger cumplía 90 años, La Periódica Revisión Dominical publicó un DOSSIER SALINGER, compuesto por varios textos repasando la totalidad de su obra, una entrevista que Salinger concedió en 1974, una recopilación de declaraciones que hiciera el mismo Salinger a diferentes publicaciones norteamericanas a lo largo de los años y la traducción al castellano de un par de relatos inéditos.

El trabajo realizado por los componentes de esta publicación (Roberto Santander, Martín Abadía y Emiliano “Mome” Marilungo) me ha parecido de lo más interesante y creo que vale la pena echarle algún que otro vistazo. Que lo disfrutéis.

martes, 27 de enero de 2009

lunes, 26 de enero de 2009

A 88 kilómetros de la gasolinera – E. Annie Proulx

No es raro que una obra literaria adquiera popularidad cuando es llevada a la gran pantalla, es más, esa es la consecuencia a que el cine nos tiene acostumbrados. Sin embargo creo que no ocurrió así con el libro de E. Annie Proulx (Norwich, Connecticut, 1935) En terreno vedado: historias de Wyoming (1999), volumen que incluye el magnífico relato Brokeback Mountain (publicado por primera vez en The New Yorker, en octubre de 1997 y merecedor al año siguiente del premio O’Henry). La impresión que yo tengo es que muchas son las personas que conocen la película de Ang Lee, pero muy pocas las que saben que sus cimientos se encuentran en un relato de apenas 30 páginas —lo mismo que la película Vidas rebeldes de John Huston es un relato escrito por Arthur Miller.

Descubrí a E. Annie Proulx con Canciones del corazón, colección de cuentos publicada por la editorial Tusquets en 1997 —aunque su versión original date de diez años antes— y me impactó la crudeza de sus argumentos y el magnetismo de su prosa. Después leí En terreno vedado: historias de Wyoming y volvió a pasmarme. Página tras página resoplaba y pensaba que esos cuentos son de los que levantan ampollas de envidia, con esa contundencia, esa capacidad para agarrar al lector por donde más le duele (y aquí cada cual sabrá de donde prefiere ser agarrado) y dejarlo sin respiración. La autora reconoce en el prólogo del libro que la idea de escribir una colección de relatos situada en Wyoming la cautivó por completo, y esa atracción irresistible, ese embelesamiento, es el que traslada a los lectores de sus relatos —que al parecer ha seguido recogiendo en sendas colecciones tituladas Bad dirt: Wyoming stories 2 (2004) y Fine just the way it is: Wyoming stories 3 (2008) (¡ánimo señores editores, ánimo!)—. Reconozco que el cuento titulado Brokeback Mountain está entre los mejores que le he leído a Annie Proulx. Hasta el momento me he negado a ver la adaptación cinematográfica. Según me han comentado es una interpretación demasiado superficial y rosa la que hizo Ang Lee, que convirtió en una simplona historia de amor lo que para la autora del texto original estaba más próximo a una atracción irresistible y pasional entre dos hombres que no tiene más opción que amarse y por eso lo hacen hasta las últimas consecuencias, por demasiado hombres, de puro macho, diría el tango... pero no, no es de éste relato del que quería hablar, no. El libro En terreno vedado se cierra con un relato de dos páginas que vuelve a mi pensamiento con demasiada frecuencia. Posee esa magia que disfruto hallando en algunos cuentos cuya lectura me acompaña durante mucho tiempo. Posee una sencillez esquemática y el calado de un océano. Dos páginas, qué digo dos páginas, dos párrafos le bastan a Annie Proulx para noquearme con A 88 kilómetros de la gasolinera. En las primeras líneas la autora nos presenta al ranchero Croom. Enseguida nos lo hace imaginar a la perfección: mirada estrábica, pelos sueltos como extremos enroscados de cuerdas de violín, bailarín de pies ligeros, borracho. Pero algo atormenta al ranchero Croom; algo no le deja seguir viviendo. Y es extraño, porque uno se lo imagina trabajando de sol a sol en un rancho tan enorme que la vista se pierde en el horizonte siguiendo el alambre de espinos, ni un alma en 88 kilómetros a la redonda; uno se lo imagina acodado sobre el cuerno de la silla, mascando hojas de tabaco y escupiendo como un sapo, se lo imagina sentado en el porche, de cerveza casera hasta las cejas, pero ni por asomo se lo imagina retrocediendo ni lamentándose. Es un hombre rudo y solitario el ranchero Croom. No parece la clase de hombre que deba arrepentirse de nada.

El ranchero Croom con botas hechas a medida y un astroso sombrero, ganadero de mirada estrábica, con unos cuantos pelos sueltos como extremos enroscados de cuerdas de violín, bailarín de pies ligeros sobre tablas astilladas o bajando las escaleras del sótano a coger del botellero una de sus extrañas cervezas de fabricación casera, espumosas, brumosas, botellas que estallan lanzando guirnaldas de espuma, el ranchero Croom, borracho, galopa de noche por la oscura llanura, gira en un lugar por donde sabe que se llega al borde de un cañón, allí desmonta y mira desde arriba los desprendimientos, espera, luego da un paso adelante y hiende el aire con su último alarido, las mangas de su camisa se ondulan sobre unos brazos como aspas de molino, los vaqueros flotan sobre la caña de las botas, pero antes de chocar contra el suelo se eleva hasta lo alto del despeñadero como un corcho en un cubo de leche.

La señora Croom irrumpe en escena en el segundo párrafo. Una mujer callada, sometida, con un moño recogido en la nuca, vestido oscuro, abotonado desde la garganta hasta las rodillas, cuello y puños de encaje almidonado, botas de caucho hasta media caña que le permiten trajinar en la pocilga; una mujer espigada con menos años de lo que su rostro aparenta y que en el fondo y en lo no tan fondo no es ya que no lamente sino más bien se alegra de la muerte de su marido.

La señora Croom en el tejado, sierra en mano, abre un agujero sobre el ático, una habitación que lleva doce años sin pisar gracias a los candados y advertencias del viejo Croom, acicates de su curiosidad, el sudor vuela cuando sustituye la sierra por un cincel y un martillo hasta que una dentada placa del caballete se desprende y puede ver el interior; justo lo que había pensado: los cadáveres de las amantes del señor Croom; las reconoce por las fotografías de los periódicos: MUJER DESAPARECIDA; algunos tan tiesos como la cecina y más o menos del mismo color, algunos enmohecidos por haber estado bajo una gotera, todos ellos maltratados, cubiertos de alquitranadas huellas de manos, señales de tacones de botas, algunos del azul brillante de los restos de la pintura que utilizaron años atrás para los postigos, uno envuelto en periódicos desde los pezones hasta la rodilla.

Independientemente del mundo que Annie Proulx nos dibuja con estos dos párrafos, la clave del relato, en mi opinión, se encuentra en la siguiente frase: “justo lo que había pensado”. Sí, la señora Croom consigue acceder a la buhardilla y allí descubre “justo lo que había pensado”. Se me atragantó el bocado literario cuando la leí por primera vez y vuelve a atragantárseme cuando vuelvo a leerla. O sea, la señora Croom lo sabía, lo sabía y callaba y seguía reuniéndose los domingos por la mañana con los miembros de su congregación religiosa; con su voz oscura entonaba salmos bajo la dirección del pastor y callaba y seguía viviendo junto a un hombre que se divertía matando mujeres y almacenando cadáveres en el ático de su propia casa. No dijo nada a nadie la señora Croom. Me estremece mucho más lo que esas cinco palabras encierran que el resto de la historia. Esas cinco palabras describen la personalidad de la señora Croom con más profundidad que muchas y más extensas descripciones, dejan abierta la historia no ya para que el lector se imagine lo que vendrá a continuación sino lo que ha ocurrido hasta llegar a ese momento, la sinrazón que a menudo dirige los pasos de una existencia yerma. Esa única frase le ha bastado a E. Annie Proulx para ponerme los pelos de punta. Si eso no es un buen relato…

sábado, 24 de enero de 2009

El cuento en Babelia

El artículo que hoy publica el periódico EL PAÍS en su suplemento literario BABELIA (posiblemente traerá cola en la “blogsfera”) me ha dejado un poco frío. Ignoro si el autor poseía intenciones reivindicativas —en el fondo deseo que no. No estoy por la labor de crear un frente común de cuentistas agraviados; prefiero que se mida a un cuentista con idéntica vara que a un novelista: por la calidad de sus creaciones—, ya que el efecto que a mí me ha trasladado es el de haber elaborado una crónica ligera de lo que podría ser pero no es. De entre todas las opiniones que se citan es la de Miguel Ángel Muñoz con la que mejor sintonizo. Yo también prefiero mostrarme cauto acerca de la atención que actualmente se dedica al cuento, que en definitiva parece más de la que es y es menos de la que merece.

A lo largo de todo el artículo su autor lo salpica aquí y allá con alusiones a la figura de Wakefield, protagonista de un relato de Hawtorne —creo más adecuada para el fin recurrir a la figura de Bartleby. Conociendo al personaje de Melville me gusta imaginar que cuando alguien le solicite escribir una novela, seguro que contestará: "Preferiría no hacerlo"— maneja la figura de Wakefield, digo, con el propósito de utilizarlo como analogía literaria respecto a la situación del cuento en este país, para terminar con esta frase: “Y los lectores decidirán si la vuelta a casa del cuento tendrá el mismo destino que tuvo Wakefield que, tras su larga ausencia, se convirtió en un marido amante”. Ojalá: es lo único que puedo decir. Ojalá acierte con sus deseos, aunque me encuentro entre los que piensan que malamente puede regresar el cuento a un lugar del que jamás se ha ausentado.

En lo que sí coincide la mayoría, al parecer, y es algo que ha llamado poderosamente mi atención, es la relación establecida entre la narrativa breve y los blogs —es en ellos donde últimamente he encontrado recomendación a lecturas que a la postre han resultado verdaderamente satisfactorias y que de otro modo me habrían pasado desapercibidas—, lo que en mi opinión demuestra que para hablar y leer sobre el cuento todavía hay que echar mano de medios alternativos y marginales, o sea, que el cuento sigue sin interesar ni a editoriales ni a distribuidores ni a libreros ni a medios de comunicación ni a revistas especializadas ni, por supuesto, al lector. En una ocasión un amigo me dijo: “los poetas nos leemos entre nosotros mismos”. Idéntica sensación es la que yo percibo con los cuentistas.

Antes de terminar he de reconocer que me satisface encontrar esta bitácora mencionada al final del artículo, entre una relación de “páginas digitales con especial atención al cuento”, en la que también figuran otras que son de habitual consulta para mí:
El síndrome Chéjov (http://elsindromechejov.com).
La nave de los locos (http://nalocos.blogspot.com/).
El hueco del viernes (http://elhuecodelviernes.blogspot.com/).
Coffee & Garamond (http://paulviejo.com/).
Bitácora de Sergi Bellver (http://alasdealbatros.blogspot.com/).
Vivir del cuento (http://vivirdelcuento.blogspot.com/).
Literatura en breve (http://rne.literaturaenbreve.com/).
Relataduras (http://juancarlosmarquez.blogspot.com/).
El ladrón de Shady Hill (John Cheever blog) (http://cheever.wordpress.com/)

viernes, 23 de enero de 2009

Rafael Guastavino, Holden Caulfield y otros

Un amigo me recomienda la exposición que en el centro cultural del Carmen de Valencia puede visitarse hasta el 15 de marzo próximo. Me dice que sorprende, y no poco, descubrir que a finales del siglo XIX (¡ojo! siglo XIX, allá por 1890) un tipo nacido en Valencia participara en modernizar arquitectónicamente varias ciudades norteamericanas.

Rafael Guastavino —más o menos es lo que leo— nace en 1842 en Valencia y estudia para Maestro de Obras y Arquitecto en Barcelona. Se traslada a América en 1881, donde espera encontrar un ambiente económico y social favorable para desarrollar hasta su perfección una técnica que permite construir bóvedas tabicadas con ladrillo visto (técnica que posiblemente vio desarrollar durante su infancia y adolescencia en Valencia). Participó en el diseño y elaboración de bóvedas en edificios de Boston, Washington D.C. Baltimore, Filadelfia y por supuesto Nueva York, donde dejó su huella en la estación Grand Central, en el Museo Americano de Historia Natural y muchos más, si no me equivoco alrededor de 360 obras. Pero es al llegar aquí, a estos dos edificios —la estación Grand Central y el Museo Americano de Historia Natural—, cuando se me ponen los pelos de punta. Inmediatamente recuerdo que es en Grand Central donde Holden Caulfield guarda su equipaje y charla con unas monjas y más tarde regresa para poder dormir sobre uno de los bancos que allí se encuentran, y que es al Museo de Historia Natural al que se refiere cuando dice: "Me encantaba ese maldito museo". No me atrevo a imaginar cuántos personajes de John Cheever se habrán movido bajo las bóvedas ejecutadas por el valenciano Guastavino, o cuántos de John Dos Passos, o de Truman Capote…

No entiendo de arquitectura, lo admito, es una disciplina que jamás se ha contado entre mis aficiones, sin embargo estoy convencido de que la apariencia de nuestras ciudades tiene mucho que ver a la hora de componer el carácter de los individuos que la habitan, por eso y porque Rafael Guastavino me ha traído a la cabeza a J.D. Salinger y a John Cheever y a tantos otros, he pensado que sería de lo más interesante poder calcular cuánto de valenciano poseen muchos de mis héroes literarios.

jueves, 8 de enero de 2009

martes, 6 de enero de 2009

Mis reyes magos

(un tal Mateo Leví): … habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño.
Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.
Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.


Reconozco que este año han vuelto a acertar.