lunes, 6 de abril de 2009

Puente de los suspiros – Richard Russo

¡Ufff…! necesito parar, descansar un momento, sólo un momento, espera, necesito detenerme para recuperar el resuello… y yo creía que a mis 43 años ya era un hombre fiel a mis principios, de voluntad inalterable, incapaz de traicionar mis convicciones… yo, que en una historia contada en quince páginas suelo encontrar sensaciones sobre las que reflexionar las siguientes dos semanas, que considero la lectura de un buen relato como mínimo suficiente para satisfacer cualquiera de mis expectativas y como máximo algo deslumbrante, apoteósico, como un encuentro en la tercera fase, yo… claudico, lo reconozco, me rindo, cedo ante la deslealtad y admito que uno de los mejores libros que he leído últimamente es un novelón de casi 700 páginas.

A sus sesenta años y habiendo escrito un puñado de importantes novelas como Mohawk, Alto riesgo, Ni un pelo de tonto y Empire Falls —merecedora del premio Pulitzer en 2002—, y de un libro de relatos a tener muy en cuenta como La hija de la puta —publicado en España por emecé en 2004— parece incuestionable que Richard Russo es uno de los grandes escritores norteamericanos. En alguna parte he leído —y si no lo he hecho me gusta pensarlo— que forma una especie de triunvirato junto con los otros dos Richard’s, Ford y Bausch, con los que comparte generación —los tres han nacido entre 1944 y 1949— y atmósfera literaria. Personalmente no me gustaría tener que decantarme por ninguno de los tres. El mencionado La hija de la puta, Rock Springs y Alguien que me cuide, son libros de frecuente consulta para mí.

Al igual que su autor el protagonista de esta nueva novela, Puente de los suspiros, es un hombre de sesenta años; los tres protagonistas rondan esa misma edad, Louis Charles Lynch, Sarah Berg y Bobby Marconi, sesenta años: una edad a la que cualquiera puede sentir la tentación de hacer inventario. Louis se define a sí mismo como un hombre apegado a sus costumbres, sedentario, amante de su mujer, buen padre, con una vida sencilla y agradable en un pequeño pueblo del norte del estado de Nueva York. Él y su esposa, Sarah Berg, mujer sensata y con una visión más acertada de la realidad, deciden viajar a Venecia para visitar a Bobby, viejo amigo de la infancia a quien dejaron de frecuentar en el último curso del instituto y convertido actualmente en un pintor de éxito mundial. Louis considera el viaje proyectado una interrupción violenta de los ritmos establecidos en su vida adulta, y además no puede evitar el temor de que a Bobby, a quien no ha visto desde los 18 años, haya dejado de importarle. Su inclinación a visitar el pasado, a volver la vista atrás, le lleva a intentar escribir la historia del pueblo, Thomaston. La titulará “La historia más aburrida jamás contada”, pero el resultado no es ni por asomo lo que anuncia ese título. Los recuerdos que se nos narran podrían perfectamente formar parte del libro que está escribiendo el protagonista, y creo que se trata de una de las historias más ágiles y jugosas que pueden encontrarse en las librerías. Según avanzamos quedan evidentes los flojos sentimientos que cimentaban la amistad de Louis y Bobby. Nos enteramos de lo endeble y circunstancial que era ya en sus inicios el afecto que les unía. El primero era retraído y el segundo ya tenía cierto pasado como pandillero cuando se conocieron. Richard Russo vuelve a trabajar con personajes reales, ni mucho ni poco estridentes, creíbles, cercanos en la medida justa, y los trata con una ternura tan exquisita, con una bondad tan equilibrada, tan… admito que en las páginas 490 y 491 se humedecieron mis pupilas: qué miedo provoca la posibilidad de que la vida acabe resultando algo distinto a lo que deseábamos… pero es difícil entenderlo si no se han leído las 389 páginas que preceden. Así que ánimo.

Los conflictos planteados por Richard Russo en sus historias tienen mucho que ver con el antagonismo. Suele exponer dos mundos opuestos y perfectamente delimitados para hacerlos colisionar en un momento de la narración y así crear en el lector la necesidad de vincularse y escoger entre uno y otro. En Alto riesgo era la contienda generacional entre un padre y un hijo, en Empire Falls el contraste entre las clases sociales de una misma comunidad, y en Puente de los suspiros es el conflicto que surge entre una bondad cercana a la candidez, y una indiferencia que podría confundirse con la crueldad, entre personas que están convencidas que la gente es buena por naturaleza y personas que opinan que nadie posee garantías de que esa regla se cumpla y por lo tanto más vale permanecer con alguno de los sentidos alerta, entre los que prefieren quedarse para conservar sus posesiones y los que se arriesgan marchándose porque lo poco que consigan siempre será más de lo que dejaron atrás. Unos aspiran a la felicidad a través de la raigambre y los otros lo mismo pero a través del riesgo. Es la vida, en definitiva, es el mundo, somos nosotros, lo que buscamos, lo que acabamos encontrando. “En el transcurso de su vida un hombre oye por casualidad un buen número de opiniones sobre él y por ellas se entera del ancho abismo que hay entre su percepción pública y la imagen que espera proyectar”. Suscribo esta afirmación. No es la primera vez que la leo, no me ha dicho nada nuevo: lo que creemos ser y lo que parecemos — Louis Charles Lynch se considera un hombre inteligente, aunque lamenta no haber conseguido trasladar a los demás esa impresión—, no es nuevo pero me enamora esa forma de expresarlo. Richard Russo vuelve a hacer lo que ya había hecho anteriormente: hablarnos de un hombre, de su familia y sus amigos, de una calle, de un barrio, una comunidad — ¿Fue Josep Pla quien sostuvo que no era necesario salir de tu pueblo para ser cosmopolita? — La existencia de un sólo hombre no es más que una excusa para hablarnos de la vida con mayúsculas, del lugar que ocupamos respecto a quienes nos rodean. Qué miedo provoca —repito— la posibilidad de que la vida acabe resultando algo distinto a lo que deseábamos. Y al cabo así es, dicen que la vida es aquello que nos sucede mientras hacemos planes para otra cosa, y por lo tanto poco importa aquello en lo que hayamos ansiado convertirnos. “La gente no cambia”, afirma la madre de Louis. Uno puede engordar o adelgazar, crecer, perder el cabello, empezar a afeitarse, pero siempre seguirá siendo el mismo; los miedos, las frustraciones, las esperanzas, la capacidad de reacción, serán idénticas a los 6, a los 17 y a los 60 años. Cuánta verdad. Esa es una máxima que se repite en la novela como un mantra. También el profesor Berg, padre de la esposa de Louis, en una de sus clases proclama a sus alumnos que “a los 17 ó 18 años nuestro carácter y actitud están por lo general formados. Básicamente buscamos pruebas que apoyen conclusiones a las que ya hemos llegado con relación al mundo y nuestro lugar en él”. Los cambios que la gente experimenta a lo largo de su vida son una ilusión. “Lo que no entiendes es que un día tú serás esa mujer”, le dice a Sarah su madre, después de que ésta la dibuje “a primera hora de la mañana, antes de que estuviera despierta del todo. Estaba sentada en el rincón para el desayuno, en bata, con una taza de café humeante delante, y en la mano derecha sujetaba un cigarrillo, cuya larga ceniza estaba a punto de caer. Ése era el detalle del que había estado más orgullosa Sarah, porque sugería lo mucho que su madre llevaba sentada allí, mirando al vacío”. No es la primera vez que reflexiono sobre la certeza de que toda historia se repite, de que uno es como es por cómo fueron sus progenitores. Y ahí te van las virtudes y los defectos, ahí, en el mismo paquete, por suerte o por desgracia, te va todo.

En la contraportada de la edición publicada por Alfaguara puede leerse lo siguiente: “Richard Russo vuelve a demostrar su talento inigualable para narrar cómo viven, sienten y piensan personas ordinarias en situaciones extraordinarias”. Situaciones extraordinarias, dice. Creo que no. En eso se han equivocado, es mi opinión. Considero más acertado afirmar que Puente de los suspiros habla de personas ordinarias en situaciones ordinarias, y para mí ese es uno de los aciertos del libro, el mayor acierto; la normalidad de las vidas que se nos cuentan y la vastedad de la historia nos permite tropezar una y otra vez con personajes que hemos conocido y ambientes y escenarios en los que también nosotros hemos actuado. Situaciones ordinarias, ya lo creo que ordinarias, pero cómo nos las cuenta Richard Russo, de qué manera las cuenta para que haya leído las 687 páginas de tirón. Chapó.

lunes, 9 de marzo de 2009

Submáquina – Esther García LLovet

Tifani Figueroa —ex policía y en la actualidad investigadora de alquiler— es el suelo sobre el que se cimientan las seis historias que integran Submáquina, publicado recientemente por Salto de página, editorial madrileña que en poco tiempo ha crecido hasta situarse en primera línea gracias a los acertados títulos que reúnen en su catálogo. La autora, Esther García Llovet (Málaga, 1963), cuyo anterior libro, Coda (Lengua de trapo, 2003), fue finalista de los premios “Órbitas” y “Casa de América de Narrativa”, ha creado en esta ocasión un personaje impasible, una mujer curtida, enigmática, y ha optado por mostrarla a rachas, en las dosis justas para despertar una intensa curiosidad, para que con cada relato el lector necesite saber más de ella. Y es que hay momentos en que García Llovet ha preferido esconderla, camuflarla entre las historias de los secundarios que la acompañan, dejarnos con la miel en los labios… En el primer cuento, Cargador, se nos da a entender que Tifani ha desaparecido. “No le gustaba la gente. Le gustaban los extraños”, dice el protagonista de ese relato. Y creo que esa información adquiere trascendencia a medida que se avanza en la lectura del libro. Es fácil la primera vez que se accede a ese detalle —al final de un párrafo, como algo dicho al vuelo, sin importancia—, tomarlo como un rasgo más del personaje, un elemento de los tantos que ayudan a la autora a configurar la personalidad de Tifani. Pero en el siguiente relato, Resorte —en el que se cuenta el contacto sexual que de manera fortuita mantiene la protagonista con un taxista—, ya se intuye que esas líneas —“No le gustaba la gente. Le gustaban los extraños”— no son de relleno, ya se intuye que esas líneas poseen un significado particular. Y al leer Seguro —el más extenso, 65 páginas, y en mi opinión el más acertado del volumen junto con el anterior, Resorte—, se tiene el convencimiento de que únicamente ese trazo ya basta para definir a Tifani Figueroa. Submáquina es un puñado de relatos escritos a conciencia que consiguen perturbar precisamente por lo que he dicho con anterioridad: el lector se queda con la miel en los labios, con la misma sensación que a veces se experimenta al final de una de esas buenas películas que te dejan satisfecho, sí, pero con la convicción de que habrá segunda parte. ¿O no, Esther? ¿Me equivoco al pensar que volveremos a tener noticias de Tifani Figueroa?

Coincido con Fernando Royuela cuando en el prólogo que abre el libro dice que la atmósfera creada por Esther García Llovet es un elemento fundamental. Las escenas descritas por la autora me han traído a la cabeza el mundo que Guillermo Arriaga suele representar en sus guiones, o la deriva de muchos personajes creados por Barry Gifford. Y lo digo sin intención de emparentar la escritura de García Llovet con la de éstos, pero es que la sensación que en su día me produjeron Arriaga o Gifford se asemeja mucho a la que hoy me ha producido Submáquina: un efecto de electrificación causado por el nervio de las historias, una energía que se acumula mientras se lee y de repente ¡¡CHASQ!!: una chispa electrostática. No sé si me explico. Como ese chasquido que sacude nuestro cuerpo al descender de un coche y tocar su carrocería después de un atractivo paseo. ¿Podría darse el caso, pues, de lectores que estando sus cuerpos cargados de electricidad estática esa repentina descarga acabara por incendiar el libro entre sus manos? Y tanto que podría. Cosas más raras se han visto. En previsión del riesgo advertido creo aconsejable sostener el libro usando unos guantes ignífugos y lo más importante, no olvidar una cadenita que colgando de la cubierta satinada favorezca el paso de la electricidad a tierra. Una vez cumplidos estos requisitos, déjense llevar, relájense, el viaje no es largo pero sí intenso; háganme caso, si quieren saber dónde ha ido a parar Tifani Figueroa tendrán que conducir hasta la frontera.

lunes, 2 de marzo de 2009

Avióndepapel.tv

Nace Avióndepapel.tv, interesante iniciativa dirigida por David González Torres (responsable de la revista de curiosidad literaria Avióndepapel y del blog El hueco del viernes), a quien sinceramente deseo buena fortuna en este nuevo proyecto.

Corto y pego a continuación un extracto del “quienes somos”:

una nueva televisión en Internet que conecta a escritores con lectores. Acudimos a los principales eventos literarios. Asistimos a las conferencias de los autores más reputados. Nos interesamos por los nuevos autores, por las nuevas tendencias literarias. Los escritores nos abrirán sus libros. Nos confesarán sus influencias. Nos darán sus recomendaciones. Realizamos entrevistas en profundidad que te revelarán como viven, como escriben, como se mueven en el mundo editorial. Nace una nueva forma de ver y entender la literatura, a la palabra le añadimos la imagen. Aviondepapel.tv, tu televisión literaria. Míranos, escúchanos, léenos.

lunes, 23 de febrero de 2009

La soledad de los ventrílocuos – Matías Candeira

La soledad de los ventrílocuos (Tropo editores, diciembre de 2008) me ha parecido un libro psicodélico. Cierto es que mientras lo iba leyendo apreciaba en el estilo de su escritura una entonación cercana al absurdo, a lo paradójico. La prosa parecía brotar sin orden, sin pudor, sin freno, desde el mismísimo territorio de los sueños más densos e inexplicables; imágenes, personajes, diálogos y símbolos coexisten en el libro de manera inverosímil. Sin embargo a medida que avanzaba en la lectura me iba convenciendo de que la travesía diseñada por su autor, Matías Candeira (Madrid, 1984), estaba abocada al surrealismo.

El arte psicodélico —cuyo apogeo se alcanza durante las décadas ’60 ’70— se refiere al que dicta la experiencia inducida por el uso de substancias cuyo efecto no es otro que alterar la capacidad sensorial. Empleando el término “psicodélico” no quiero decir que Candeira se haya ayudado de hongos y peyotes para escribir este libro porque ni lo sé ni me importa, nada más apartado de mi intención; de cualquier modo, con substancias o sin ellas, lo que ha conseguido es un impecable producto alucinógeno. Sólo por eso creo que La soledad de los ventrílocuos es un libro psicodélico. Las historias que se nos narran poseen la suficiente cantidad de fantasía y resultan hasta tal punto atrayentes que difícilmente he podido cuestionar su veracidad: Esteban, una marioneta tocada con sombrero de explorador que machete en mano se lanza a una oscuridad desconocida con la intención de perseguir un sueño de grandeza (La soledad de los ventrílocuos); el agujero que una mujer tiene al lado de su ombligo, incansable y delicioso cantante de boleros (Al final de Sara); un mago moribundo que incuba un huevo para asegurar su descendencia (Fuegos en la oscuridad); un vendedor de cabezas momificadas (Los que esperan); Baus, el hombre terrible y enorme de ojos inmensos, hermosos y profundos, que vive encerrado en una jaula de feria y tiene unas placas de metal brillante incrustadas en la espalda (Subsuelo). Y junto a estos personajes estrambóticos, en ese recorrido delirante que el autor propone, encontramos otros a los que en absoluto chirría la anormalidad, es más, conviven con ella como si nada, como si fuera lo más natural del mundo: el narrador de El hombre en el barreño, quien siente admiración por ese personaje que vive a remojo para templar las altas temperaturas que su corazón alcanza cada vez que ve pasar frente a él a la mujer de la que se ha enamorado; o el protagonista de Un trozo de otra mujer, testigo de la resurrección de una mano que él mismo ha amputado a una muerta en la mesa de autopsias, “Cómo iba a negarme a darle la bienvenida”, piensa en cuanto la ve moverse, y más adelante “Que duermas bien” le dice, después de arroparla con sábanas limpias sobre la cama de invitados. Nada ni nadie queda fuera de sitio en este fascinante desvarío.

Hay un cuadro de Salvador Dalí en el que he pensado una vez leídos los catorce cuentos que se incluyen en el libro: Niño geopolítico mirando el nacimiento del hombre nuevo —el relato titulado Fuegos en la oscuridad podría pasar perfectamente por la historia que precede a la creación del artista de Figueras—. He pensado además en dos libros: Gog de Giovanni Papini, y Locus Solus de Raymond Roussel —si no lo ha hecho, aconsejo al autor que los lea, visto el libro que ha escrito estoy convencido de que serán de su agrado—. Y he pensado también que Matías Candeira se ha divertido escribiendo La soledad de los ventrílocuos, ¿por qué? bueno, principalmente porque no resulta difícil, todo lo contrario, divertirse leyéndolo.

miércoles, 11 de febrero de 2009

El boxeador polaco – Eduardo Halfon

MELANCOLÍA. (Del lat. melancholĭa, y este del gr. μελαγχολία, bilis negra). 1. f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales.

Eso es, sí, ni más ni menos, la melancolía es el nexo que destaca como ningún otro entre todos los relatos incluidos en “El boxeador polaco”. Admito que también lo es el recuerdo que sin avisar asalta de vez en cuando a Eduardo Halfon —no el escritor sino el personaje, el protagonista de cada uno de estos seis cuentos, Eduardito, como lo llama Milan Rakic, pianista serbio de mirada noctámbula que añora una vida nómada de caravana en caravana y envidia a sus antepasados gitanos en “Epístrofe”, o Dudú, como lo llama Lía, la mujer de pubis rasurado. Me parece imposible, aun inverosímil, no enamorarse de alguien que se llama Lía y que además vuelve de un viaje con el pubis tersamente rasurado. A mí también, Eduardito, o Dudú, o Eduardo, personaje y escritor, coincido contigo, con ambos, es imposible no enamorarse de una mujer así—. Pero decía que también es vínculo entre las historias de “El boxeador polaco” el recuerdo de un abuelo judío que estuvo en Auschwitz, de los cinco dígitos verdes tatuados en su antebrazo izquierdo, del boxeador polaco que le salvó la vida… conforme, ese recuerdo también, no voy a discutirlo, pero me parece más apropiado la melancolía, insisto, la melancolía, sobre todo en “Lejano”, primero de los relatos, en el que se cuenta la historia de un Eduardo Halfon profesor universitario intentando rescatar a uno de sus alumnos —estudiante prometedor y poeta en ciernes— cuando éste ya ha dejado de asistir a las clases, pero además, obedeciendo a la lectura que él mismo hace de un ensayo de Ricardo Piglia —Un cuento siempre cuenta dos historias… Un relato visible esconde un relato secreto… El cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto…—, además se imparte una inteligente lección, que no por trillada deja de ser válida, de cómo acercarse a la lectura: el gusto tenía que ir acompañado de un entendimiento más refinado, que casi siempre no nos gustaba algo sencillamente porque no lo entendíamos, porque no habíamos hecho un esfuerzo por entenderlo y lo más fácil, consecuentemente, era decir que no nos había gustado y lavarnos las manos de todo el asunto. Hay que fomentar el criterio, les dije, ejercitar la habilidad de análisis y síntesis, y no sólo escupir opiniones vacías. Hay que aprender a leer más allá de las palabras… Y también, más adelante: Así se lee un cuento, dejándose arrastrar por el río del autor. Ya sean esas aguas plácidas o vertiginosas, no importa. El asunto es tener el coraje y la confianza para zambullirse de lleno. Entonces la literatura, o el arte en general, se vuelve un tipo de espejo donde se reflejan todas nuestras perfecciones e imperfecciones. Algunas asustan. Otras duelen. Es curiosa la ficción ¿no? Un cuento no es más que una mentira. Una ilusión. Y esa ilusión sólo funciona si confiamos en ella. Me encanta eso del espejo donde se reflejan todas nuestras perfecciones e imperfecciones. Algunas asustan. Otras duelen. Más razón que un santo. Eso es un cuento. Lo firmo ya. Verdades como puños me he encontrado en las historias de “El boxeador polaco”, cuya escritura avanza a ritmo pausado, sin altibajos —qué agradable resulta explorar tanta calma, porque la calma también puede ser frondosa y es justo entonces cuando hay que explorarla— avanza tal cual camina y habla Joe Krupp, uno de los personajes de “Twaineando”: despacio, sosegado, como si sus pasos y palabras no tuvieran ya ninguna urgencia por llegar a donde se dirigían o como si en realidad no se dirigieran a ninguna parte. El autor tampoco tiene prisa en llegar, no tiene prisa en que lleguemos. He advertido en mi propia voluntad una ligera resistencia al abordar el siguiente relato cuando todavía estaba degustando el anterior. Paso a paso el libro se acaba y me resisto a ello. Dice el Halfon protagonista — ¿o lo dice el Halfon escritor? No sé, a estas alturas poco importa si lo dice uno u otro— que Joe Krupp sonríe como un hombre enamorado, aunque enseguida se corrige y dice que sonríe como un hombre triste. Y así es exactamente como escribe Eduardo Halfon —y ahora sí, que conste, me estoy refiriendo al escritor— como un hombre enamorado de la literatura, se nota, si no, difícil resulta entender la delicadeza y la ternura que ha ido dejando como un rastro de migas de pan en sus relatos para que nosotros las recojamos al leerlos y encontremos el mismo camino que él anduvo al escribirlos; pero también escribe como un hombre triste, ya lo he dicho al principio y he insistido en ello y ahora me repito: la tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, la sincera melancolía que hace hermoso este volumen de cuentos, cuya lectura nos deja como al pianista Milan Rakic después de su delirante actuación, con un aire de soldado herido, pero no herido de muerte sino herido de vida, herido feliz, herido boyante, herido satisfecho, sí, ni más ni menos, así nos deja: heridos y satisfechos.

martes, 10 de febrero de 2009

Flores para un cyborg - Diego Muñoz Valenzuela


Hoy se publica en LA TORMENTA EN UN VASO la opinión que me ha merecido la lectura de Flores para un cyborg (E.D.A. libros), del autor Chileno Diego Muñoz Valenzuela.
Visita la página del blog o pincha aquí para leerla.

domingo, 1 de febrero de 2009

Hambre – Knut Hamsun

Knut Hamsun (1859-1952) está considerado en la actualidad uno de los escritores fundamentales de la literatura noruega, aunque no estaría de más considerarlo uno de los escritores fundamentales de la literatura en general. Sus libros llevan cincuenta años reeditándose en España por editoriales de tirada importante como Anagrama, Alfaguara, Plaza y Janés, Círculo de lectores, Planeta, Bruguera… pese a lo cual no parece estar llamado a ser un autor conocido; ni siquiera haber sido declarado maestro por autores como Thomas Mann, Maxim Gorki, Henry Miller o Paul Auster, ha conseguido enmendar esta desafortunada situación. Tal vez esta circunstancia se deba al desprecio y aislamiento que sufrió durante años no ya él como hombre sino la totalidad de su obra, y ello debido a la fascinación que mostró por la causa nazi. Por este posicionamiento a favor de Hitler el estado noruego le condenó a pagar una indemnización que supuso su ruina. Quien fuera aclamado como héroe por sus creaciones literarias murió repudiado porque su manera de pensar fue desaprobada y calificada como desleal a la patria. Pero bueno, ahí están sus libros, más de cuarenta, y muchos de ellos convertidos en clásicos.
Desde 1882 a 1888 Knut Hamsun vivió en Estados Unidos intentando convertirse en escritor. Ignoro si cuando escribió Hambre en 1888 lo hizo fijándose en aquel periodo concreto de su vida. No me he preocupado en averiguarlo, prefiero imaginar que así fue. Prefiero imaginar que no fue sencillo para un aspirante a escritor con 23 años recién cumplidos trasladarse desde la zona rural en que nació hasta las exuberantes ciudades norteamericanas. El protagonista de Hambre también quiere ser escritor. Es más, es lo único que quiere, lo desea con todas sus fuerzas. Deambula por las calles de Christiania sin trabajo, sin dinero, empeñando hasta los botones de su chaleco para poder comer, mascando virutas de madera para paliar el dolor de estómago que el hambre provoca. No ocurre nada más en la novela, no hay más acción que esa: un hombre necesita saciar su apetito físico pero también necesita saciar su apetito intelectual. Le urge comer en la misma medida en que le urge escribir. La creación literaria es el alimento con que aplacar el sufrimiento de su espíritu. Evitando los guiones y los entrecomillados el autor mezcla y confunde los pensamientos del protagonista con los diálogos, turna los tiempos verbales sin avanzar ni retroceder en la acción, combina como sin venir a cuento el pretérito perfecto simple con el presente y el lector ni siquiera lo advierte. Hay quien encuentra en Hambre uno de los puntos de partida de la novela moderna que vendría en el siglo siguiente. Después de digerir la lectura del libro no creo que quien así piensa vaya mal encaminado. En Hambre, Knut Hamsun plantea el conflicto suscitado en el hombre moderno. Un hombre contradictorio que vive atrapado por el ritmo de vida impuesto en las ciudades y no consigue acoplarse en las estructuras individualistas de la sociedad actual. Es un hombre complejo y arrogante intelectualmente que no puede evitar cuestionarlo todo y aspira a huir, marcharse a otro lugar, lejos de todo aquello que le revuelve el estómago, marcharse, sí, pero ¿dónde? Un hombre que sufre porque sabe lo que es el sufrimiento, sabe nombrar los sentimientos con las palabras adecuadas, analizarlos, reflexionar sobre sus consecuencias, y por eso se sitúa más cerca de la ansiedad y el desconsuelo que el resto de desorientados que pueblan la urbe, a quienes precisamente su ignorancia parece colocarlos en el camino de la felicidad. Es lo fácil, cuando uno no piensa el mayor problema que se le puede presentar es un dolor de muelas.

Una de las cualidades que favorecen el descubrimiento de lo que considero buena literatura es la necesidad que me despierta un libro respecto al siguiente. Tirando de Hambre encontré a John Fante y tirando de Fante a Bukowski, y éste me llevó a Carson MCCullers y sucesivamente a John Cheever, a Salinger, de éste regresé a Twain para comprobar que en Holden Caulfield hay mucho de Huckleberry Finn, y luego fui a parar a Melville y a Hawtorne y a Sherwood Anderson y su excelente Winesburg, Ohio, y a continuación vinieron Henmingway, Carver, Ford, Richard Bausch… Si la lectura de un libro se agota en sí misma, si esa lectura no despierta en mí la avidez de acometer otra y ésta, otra y otra más, pienso que algo ha fallado. Y resulta que cada vez que intento localizar el origen de este revoltijo caótico, el arranque de estas idas y venidas, es Hambre el libro que más pronto me viene a la cabeza. A lo largo de los 120 años transcurridos desde que Knut Hamsun lo escribió, el conflicto humano al que me refería anteriormente se advierte en Kafka, en Albert Camus, en Fante (sobre todo en su obra Pregúntale al polvo, tan emparentada con Hambre), Bukowski (Factotum le debe tanto a la obra de Hamsun) e incluso en algunos personajes inadaptados de John Cheever, pero sobre todo en el mismo Cheever, ya que según se desprende de sus Diarios el martirio personal, moral e intelectual sufrido por el autor norteamericano no dista mucho del sufrimiento que padece el protagonista de la obra de Hamsun.

Creo que en Hambre podemos encontrar todavía aspectos estilísticos de lo más novedosos y una complejidad en sus personajes que podría trasladarlos al día de hoy; a sus 120 años de edad el libro es uno de esos ancianos de la tribu a los que se acude para solicitar consejo. Aunque de una manera silenciosa y en muchos casos instintiva, Hambre está más presente en la literatura actual de lo que parece.

jueves, 29 de enero de 2009

Dossier Salinger en La Periódica Revisión Dominical

Aprovechando que el 1 de enero pasado J. D. Salinger cumplía 90 años, La Periódica Revisión Dominical publicó un DOSSIER SALINGER, compuesto por varios textos repasando la totalidad de su obra, una entrevista que Salinger concedió en 1974, una recopilación de declaraciones que hiciera el mismo Salinger a diferentes publicaciones norteamericanas a lo largo de los años y la traducción al castellano de un par de relatos inéditos.

El trabajo realizado por los componentes de esta publicación (Roberto Santander, Martín Abadía y Emiliano “Mome” Marilungo) me ha parecido de lo más interesante y creo que vale la pena echarle algún que otro vistazo. Que lo disfrutéis.

martes, 27 de enero de 2009

lunes, 26 de enero de 2009

A 88 kilómetros de la gasolinera – E. Annie Proulx

No es raro que una obra literaria adquiera popularidad cuando es llevada a la gran pantalla, es más, esa es la consecuencia a que el cine nos tiene acostumbrados. Sin embargo creo que no ocurrió así con el libro de E. Annie Proulx (Norwich, Connecticut, 1935) En terreno vedado: historias de Wyoming (1999), volumen que incluye el magnífico relato Brokeback Mountain (publicado por primera vez en The New Yorker, en octubre de 1997 y merecedor al año siguiente del premio O’Henry). La impresión que yo tengo es que muchas son las personas que conocen la película de Ang Lee, pero muy pocas las que saben que sus cimientos se encuentran en un relato de apenas 30 páginas —lo mismo que la película Vidas rebeldes de John Huston es un relato escrito por Arthur Miller.

Descubrí a E. Annie Proulx con Canciones del corazón, colección de cuentos publicada por la editorial Tusquets en 1997 —aunque su versión original date de diez años antes— y me impactó la crudeza de sus argumentos y el magnetismo de su prosa. Después leí En terreno vedado: historias de Wyoming y volvió a pasmarme. Página tras página resoplaba y pensaba que esos cuentos son de los que levantan ampollas de envidia, con esa contundencia, esa capacidad para agarrar al lector por donde más le duele (y aquí cada cual sabrá de donde prefiere ser agarrado) y dejarlo sin respiración. La autora reconoce en el prólogo del libro que la idea de escribir una colección de relatos situada en Wyoming la cautivó por completo, y esa atracción irresistible, ese embelesamiento, es el que traslada a los lectores de sus relatos —que al parecer ha seguido recogiendo en sendas colecciones tituladas Bad dirt: Wyoming stories 2 (2004) y Fine just the way it is: Wyoming stories 3 (2008) (¡ánimo señores editores, ánimo!)—. Reconozco que el cuento titulado Brokeback Mountain está entre los mejores que le he leído a Annie Proulx. Hasta el momento me he negado a ver la adaptación cinematográfica. Según me han comentado es una interpretación demasiado superficial y rosa la que hizo Ang Lee, que convirtió en una simplona historia de amor lo que para la autora del texto original estaba más próximo a una atracción irresistible y pasional entre dos hombres que no tiene más opción que amarse y por eso lo hacen hasta las últimas consecuencias, por demasiado hombres, de puro macho, diría el tango... pero no, no es de éste relato del que quería hablar, no. El libro En terreno vedado se cierra con un relato de dos páginas que vuelve a mi pensamiento con demasiada frecuencia. Posee esa magia que disfruto hallando en algunos cuentos cuya lectura me acompaña durante mucho tiempo. Posee una sencillez esquemática y el calado de un océano. Dos páginas, qué digo dos páginas, dos párrafos le bastan a Annie Proulx para noquearme con A 88 kilómetros de la gasolinera. En las primeras líneas la autora nos presenta al ranchero Croom. Enseguida nos lo hace imaginar a la perfección: mirada estrábica, pelos sueltos como extremos enroscados de cuerdas de violín, bailarín de pies ligeros, borracho. Pero algo atormenta al ranchero Croom; algo no le deja seguir viviendo. Y es extraño, porque uno se lo imagina trabajando de sol a sol en un rancho tan enorme que la vista se pierde en el horizonte siguiendo el alambre de espinos, ni un alma en 88 kilómetros a la redonda; uno se lo imagina acodado sobre el cuerno de la silla, mascando hojas de tabaco y escupiendo como un sapo, se lo imagina sentado en el porche, de cerveza casera hasta las cejas, pero ni por asomo se lo imagina retrocediendo ni lamentándose. Es un hombre rudo y solitario el ranchero Croom. No parece la clase de hombre que deba arrepentirse de nada.

El ranchero Croom con botas hechas a medida y un astroso sombrero, ganadero de mirada estrábica, con unos cuantos pelos sueltos como extremos enroscados de cuerdas de violín, bailarín de pies ligeros sobre tablas astilladas o bajando las escaleras del sótano a coger del botellero una de sus extrañas cervezas de fabricación casera, espumosas, brumosas, botellas que estallan lanzando guirnaldas de espuma, el ranchero Croom, borracho, galopa de noche por la oscura llanura, gira en un lugar por donde sabe que se llega al borde de un cañón, allí desmonta y mira desde arriba los desprendimientos, espera, luego da un paso adelante y hiende el aire con su último alarido, las mangas de su camisa se ondulan sobre unos brazos como aspas de molino, los vaqueros flotan sobre la caña de las botas, pero antes de chocar contra el suelo se eleva hasta lo alto del despeñadero como un corcho en un cubo de leche.

La señora Croom irrumpe en escena en el segundo párrafo. Una mujer callada, sometida, con un moño recogido en la nuca, vestido oscuro, abotonado desde la garganta hasta las rodillas, cuello y puños de encaje almidonado, botas de caucho hasta media caña que le permiten trajinar en la pocilga; una mujer espigada con menos años de lo que su rostro aparenta y que en el fondo y en lo no tan fondo no es ya que no lamente sino más bien se alegra de la muerte de su marido.

La señora Croom en el tejado, sierra en mano, abre un agujero sobre el ático, una habitación que lleva doce años sin pisar gracias a los candados y advertencias del viejo Croom, acicates de su curiosidad, el sudor vuela cuando sustituye la sierra por un cincel y un martillo hasta que una dentada placa del caballete se desprende y puede ver el interior; justo lo que había pensado: los cadáveres de las amantes del señor Croom; las reconoce por las fotografías de los periódicos: MUJER DESAPARECIDA; algunos tan tiesos como la cecina y más o menos del mismo color, algunos enmohecidos por haber estado bajo una gotera, todos ellos maltratados, cubiertos de alquitranadas huellas de manos, señales de tacones de botas, algunos del azul brillante de los restos de la pintura que utilizaron años atrás para los postigos, uno envuelto en periódicos desde los pezones hasta la rodilla.

Independientemente del mundo que Annie Proulx nos dibuja con estos dos párrafos, la clave del relato, en mi opinión, se encuentra en la siguiente frase: “justo lo que había pensado”. Sí, la señora Croom consigue acceder a la buhardilla y allí descubre “justo lo que había pensado”. Se me atragantó el bocado literario cuando la leí por primera vez y vuelve a atragantárseme cuando vuelvo a leerla. O sea, la señora Croom lo sabía, lo sabía y callaba y seguía reuniéndose los domingos por la mañana con los miembros de su congregación religiosa; con su voz oscura entonaba salmos bajo la dirección del pastor y callaba y seguía viviendo junto a un hombre que se divertía matando mujeres y almacenando cadáveres en el ático de su propia casa. No dijo nada a nadie la señora Croom. Me estremece mucho más lo que esas cinco palabras encierran que el resto de la historia. Esas cinco palabras describen la personalidad de la señora Croom con más profundidad que muchas y más extensas descripciones, dejan abierta la historia no ya para que el lector se imagine lo que vendrá a continuación sino lo que ha ocurrido hasta llegar a ese momento, la sinrazón que a menudo dirige los pasos de una existencia yerma. Esa única frase le ha bastado a E. Annie Proulx para ponerme los pelos de punta. Si eso no es un buen relato…