martes, 18 de septiembre de 2007

un viejo relato

El cuento titulado EL MIRADOR obtuvo en 1992 (PUF, ¡cuántos años ya!) el premio “Literatura breve” que por entonces convocaba el Ayuntamiento de Mislata. Entre los componentes del jurado se encontraban Vicent Berenguer, Carlos Marzal, Juan Pablo Zapater y Vicente Gallego, todos ellos escritores con un criterio incuestionable.
Dicho premio prometía —basta echar un vistazo a la lista de premiados: Felipe Benitez Reyes, Antoni Martí, Juan Manuel de Prada, Ramón Guillem, José Luis Martínez… — y es una pena que a los pocos años dejara de convocarse.
Me decido a transcribirlo a continuación porque en la actualidad resulta imposible encontrar los cuadernillos que se publicaban con los relatos ganadores, y porque hoy lo he vuelto a leer y —la verdad— sigue gustándome.



No puedes imaginar las cosas que me piden que haga.
SIGOURNEY WEAVER en La calle de la media Luna


Son las seis de la tarde.
Estamos en pleno verano, a mediados del mes de agosto. El sol cae demasiado violento. Es insoportable.
Ella, la mujer, ha entrado sin encender la luz porque no debe encenderla, le ha dicho que no la encienda. “Bastará con la luz que dejen pasar las persianas”. Ha esperado un momento, junto a la puerta, tal vez a que sus ojos se acostumbren a esa penumbra vaga, y ha ido luego directamente a sentarse en el borde de la cama.
A través de una puerta, al fondo de la alcoba, se escucha el gotear irritante de un grifo. Todo lo demás está muy quieto allí dentro. Hasta el tiempo parece detenido.
Ha cruzado sus piernas con algo de resignación, e inclinado su cuerpo apuntalándolo con un codo sobre la almohada. Mira a su alrededor. Parece incómoda, un tanto acalorada. Observa el papel pintado que cubre las paredes, sus manchas de humedad. Observa la huella blanca del interruptor a media altura, entre el cabezal y la mesilla de noche. Observa también un cenicero de hojalata colmado de colillas y advierte de pronto el olor hiriente y seco de la ceniza, de un humo antiguo que ha viciado el aire de la alcoba como si nunca hubiese sido ventilada. Lo escudriña todo con la mirada sin demasiado interés, con aburrimiento. El suyo es un modo de actuar manejado por la monotonía y el oficio, adiestrado para la interpretación de esta escena.
Se mueve. Se levanta y camina descalza y lentamente hasta el centro de la alcoba. La cruza y se detiene frente a un espejo de cuerpo entero colgado en la pared, mirándose, de pie y sin moverse. Embelesada estudia el volumen de sus senos bajo la blusa. Los adivina firmes y sólidos. Los toma entre sus manos, los dos, muy fuerte. No lleva sujetador.
Se mueve desperezándose, se contornea un poco, imita a un reptil hechizado, a una serpiente asomándose al borde de un capazo de esparto mientras suena la música de una flauta encantadora. Ella sabe hacerlo, le ha dicho que lo haga bien, “como otras veces”, eso le ha dicho. Sacude revoltosamente su cabeza y el cabello se le alborota derramándose como una cascada sobre su rostro deformado, con una mirada de loca rabiosa, o de deseo.
Muy despacio comienza a desabrocharse la blusa. Sus dedos tantean con apetito, buscan, acarician expertos; rozan hasta que los poros de toda su carne se rebelan, hasta que sus pezones se endurecen como botones de nacar y entonces ella, la mujer, remanga la falda hasta su cintura y se acuclilla quedándose quieta de nuevo, abriendo un poco sus piernas, mostrándose. Tampoco lleva bragas.
Se ha quitado la ropa. La mujer totalmente desnuda está en el suelo.
Ha cerrado sus ojos al sentir el frío de las baldosas en la carne de sus nalgas, en su espalda, en sus muslos también, y eso la estremece, y sonríe. Extiende sus brazos y costosamente hace rodar su cuerpo quedando tendida bocabajo, sobre su vientre y sus tetas aplastadas, ignorando intencionadamente al muchacho que ha entrado en la habitación con sigilo y se ha parado justo detrás, a dos pasos de ella, contemplándola.
Poco a poco, concediendo a su balanceo una lasitud provocadora, se va incorporando hasta quedar apoyada sobre sus cuatro extremidades como un animal. Y esa mirada de laca rabiosa se vuelve ahora felina, Se llenan de un brillo lascivo sus ojos de pantera, esperando, aguardando que él, el muchacho, más joven que ella, mucho más joven, casi un niño, termine de desvestirse y se acerque a ella por la espalda y la acaricie. Que la descubra con el tacto, que se la aprenda igual que un ciego. Que la tome suavemente, casi con cariño primero y luego con rabia. Que la golpee, “debe verse bien cómo te golpea”, le ha dicho, “que te maltrate, eso excita”. Y ella lo ha hecho, se ha dejado golpear con las manos abiertas en sus piernas y en sus caderas, a ambos lados, sujetándose el muchacho con fuerza a sus cabellos lo mismo que un jinete a las riendas. Inclinándose sobre ella para murmurarle al oído, casi sin voz, palabras obscenas. Amenazándola con hacerla gritar, hacerla morir de placer y de dolor. Prometiéndole también romper sus entrañas, partirla en dos, llegarle hasta lo más hondo.
Así, uno dentro del otro, los dos acoplados, parecen dos fieras entre el follaje oscuro de una jungla. Dos fieras ejecutando una ceremonia que tiene nada de premeditación y todo de instinto, lo mismo que un acto de supervivencia, por eso resulta tan grotesco y tan salvaje.
La mujer, ahora, muerde sus labios, acaricia su vientre, su cintura, exagerando la sinuosidad de su cuerpo. Siente el gusto espeso de su sangre y su sudor al lamer la comisura de su boca. Se dobla, se contorsiona hasta crugirle los huesos, estira uno de sus brazos, se esfuerza para alcanzar ligeramente, para rozar con la yema de sus dedos los testículos, la cara interior de los muslos, el miembro húmedo del muchacho que se revuelve con más furia, con más excitación, con más rapidez y gime de dolor y de rabia. Deja el muchacho extinguirse un bramido de agonía entre sus labios porque no quiere, porque aún no, porque desea que dure toda la tarde y la tarde toda la vida cuando se aparta irremediablemente, se sale de dentro de ella sin soltar sus caderas y vierte el esperma a ciegas, sin mirar, sobre su espalda.
El líquido surge entre los espasmos del cuerpo del muchacho, a borbotones, y está caliente y huele. Anega la habitación con su olor.
El muchacho se ha quedado quieto, de rodillas, inmóvil, respirando con dificultad. Su miembro se ha desplomado sin vida entre sus muslos, gordo y enrojecido.
El aire se ha vuelto pesado, podría decirse irrespirable. La calma es de repente más exagerada, más profunda. Solo de vez en cuando el ladrido de un perro se escucha a través de la ventana como algo muy lejano. También el ruido del motor de un automóvil llega ahora desde la calle. Y luego de otro. Y de otro. Después el silencio vuelve.
Ella nuevamente se ha tendido bocabajo, satisfecha, y ha dispuesto sus brazos formando una cruz. Hace calor, piensa. Y sonríe, ensaya un gesto malicioso, un estremecimiento ya involuntario cuando él comienza a frotarle la espalda de arriba a bajo, cuando le frota los hombros y la nuca y lleva los dedos hasta su boca y los introduce para que ella los muerda sin violencia, sin hacer daño, cuando le acaricia sus nalgas untando el esperma como un aceite, repartiéndolo como una grasa por todo su cuerpo.
Ella siente de pronto los labios de él sobre su nuca. Ya no siente sus manos, siente su lengua, la humedad de su aliento, su calidez, y el calor aumenta. Sabe que él también se ha tendido en el suelo, entre sus rodillas. Que le abre sus piernas, que las aparta porque le estroban para besarla sin dificultad, para lamer sus nalgas, para lamer sus muslos como un felino, con largos lengüetazos. Que la incorpora un poco para introducir la lengua con la rapidez de un navajazo en su vagina, y luego extraerla, acercarla y alejarla, y descender hasta esa abertura carnosa, empapada en sus propios flujos, anegada. Ella, la mujer, consiente. Sabiéndose derrotada consiente y se complace un poco perversamente en esa tortura lenta a que está siendo sometida, porque él, el muchacho, está cumpliendo sus promesas, llevando a cabo sus amenazas. Le está llegando hasta lo más hondo.
La mujer respira ahora sofocada, jadea exageradamente, deprisa, más deprisa y fuerte. Se agita, se incorpora, se retuerce, se tiende. Sus dedos se tensan, arañan el suelo en una reacción de impotencia, se aturde. Es el vértigo lo que ella siente. Debe girarse pero no puede, debe mostrar sus ojos ahora, se lo ha ordenado, “quiero verte la cara cuando te corras”, pero es incapaz de ese esfuerzo. Es incapaz de todo. Tan sólo consigue arquear su cuerpo hast ael límite y pensar que se vacía. Lo sabe, sabe que se vacía. Sabe que su sexo es un animal salvaje, es el corazón de una bestia malherida que se agita segundos antes de morir. Y palpita. Lo siente palpitar, al principio desesperadamente, igual que un pez fuera del agua, y luego más lento, más lento, mucho más lento cada vez, se apaga y es la calma. Es una quietud de océano.
Es entonces cuando ella abre los ojos sobresaltada, con un sentimiento a medio camino entre la sorpresa y el terror, igual que si los faros amarillos de un automóvil la hubiesen deslumbrado paralizándola en mitad de una carretera, y enseguida piensa que está tremendamente fatigada. Piensa que le duelen las piernas. Y quiere dormir.
En ese mismo instante, casi simultáneo al orgasmo de la mujer, ha comenzado a escucharse un gemido, una respiración a duras penas contenida. Una respiración ajena. Algo feo cruzando la alcoba como un gruñido la noche de una ciudad con niebla. Inmediatamente todo queda en silencio. Los cuerpos del muchacho y de la mujer tirados en el suelo, yaciendo quietos igual que dos marionetas sin hilos, sin tocarse ni mirarse, los ojos fijos en ningún lugar, fijos en la nada. Sin hablar. Absolutamente callados. En reposo.
Ahora sólo se oyen las respiraciones.
Hace ya unos minutos que ese murmullo débil y cadencioso es lo único existente cuando el hombre surge de la penumbra, se adelanta dos o tres pasos, complacido, disimulando con torpeza el desorden de sus ropas. Ha permanecido todo el tiempo oculto en un rincón y ahora se adelanta y se mueve lentamente, como un espectro entre el humo denso de un paraje cenagoso. Se acerca a la cama vuelve el rostro y observa los cuerpos con una atención insistente, todavía con un rezagado destello de pasión en la mirada. Deposita cuidadosamente un fajo de billetes sobre las sábanas y abandona la alcoba igual que si lo hiciera atravesando sus muros, cerrando la puerta tras de sí muy despacio, sin hacer ruido. Ningún ruido.

... … …

Es tarde. Las diez. La noche comienza ya a envolver las calles perezosamente, con la discreción de un velo de seda, cuando el hombre regresa a su casa.
El calor se mantiene.
Ha escuchado al entrar, todavía con los dedos apoyados en el pomo de la puerta, un ruido de agua al final del pasillo, en el cuarto de baño. Ha mirado en torno suyo como para cerciorarse de que está solo, y se ha quedado quieto después de peinar sus cabellos hacia atrás con los dedos. Está fatigado. Ha estado así durante un momento, con los brazos caidos tal vez en señal de abatimiento, sin moverse.
El hombre piensa en su mujer, no piensa ya en otra cosa. Ha dejado de pensar en todo lo que no sea ella. Minuciosamente imagina la forma de su cuerpo, la silueta esbozada como un bulto borroso al otro lado de la cortina de la ducha.
Rápidamente lo que era algo parecido a un sentimiento de vergüenza deja paso a un indicio breve de ansiedad, a un sudor frío en el pecho y las axilas y una debilidad repentina en las rodillas. El hombre lo intuye: es otra vez el deseo que vuelve, se afianza. De nuevo ese apetito que acecha en algún recoveco de su vientre, la curiosidad voraz por ese cuerpo desnudo que descubre, al fin, asomándose al vano de la puerta entornada, difuminado y turbio al otro lado de la cortina opaca, bajo el chorro de agua fría.
En silencio, como un ladrón, con miedo a que un fortuito movimiento suyo delate su presencia, el hombre la contempla con avidez enjabonarse lentamente los hombros y los brazos. Los senos. Sí, los senos también, demorándose uninstante sobre ellos, evitándolos muy despacio. De la misma forma que si ella se supiera observada recreándose con vicio sobre el vello rizado de su pubis.
La mirada del hombre es intensa. Tremendamente intensa. Es atónita.
El hombre no respira. No se mueve. No quiere que ella lo descubra mirando, todavía no. Por eso no se atreve a respirar. Sólo contempla y escucha mientras ella suspira un par de veces. Suspira profundamente. Se relaja. Se abandona permitiendo que el agua arrastre la espuma a lo largo de sus piernas.
Antes, en el pasillo, lo ha imaginado y ahora todo es igual a como él pensaba. El hombre lo ve: el rostro de su mujer levantado hacia el techo, sus labios un poco entreabiertos, los párpados cerrados. Y sus manos. También ve sus manos, sus caricias, esos gestos que parecen falsamente adormecidos, esos hábiles movimientos que quizás ella ejecuta únicamente para que él la contemple.
El deseo es ya enorme, insoportable, casi le duele. El hombre se clava las uñas en el costado de un muslo y luego acerca una mano hasta sus ingles y la deja allí, sin movimiento.
Ella, con la espalda apoyada en la pared del fondo, se toca con cuidado. Con mucha suavidad acaricia sus caderas y sus muslos, a ambos lados, allí donde le duele, porque hoy ella lo ha hecho. El hombre le había ordenado “que te maltrate, eso excita”, y ella, su mujer, lo ha hecho. Esta tarde se ha dejado golpear por el muchacho.
Y el muchacho, muy joven esta vez, casi un niño, sin experiencia, la ha golpeado al parecer con excesiva dureza.

1 comentario:

scriers dijo...

A mí me ha gustado mucho hoy, pese a tener 16 años. Me ha gustado tanto como su blog, que no tiene desperdicio. Felicidades.

Javi.