sábado, 9 de febrero de 2008

(des)integrar a mi madre

Mi madre es una buena persona, estoy convencido de ello, pero está mayor ya, muy mayor. Vive en la misma casa en que nació hace casi ochenta años, es más, duerme todas las noches en la misma cama en la que mi abuela dio a luz a todos sus hijos y seguramente en la misma cama tendremos que amortajarla. Es una buena persona, cualquiera que la conozca puede confirmarlo, pero la pobre anda un poco preocupada. Ha oído algo sobre un “Visado por puntos”, alguna de sus amigas, mientras tomaban el sol sentadas en un banco de la plaza, ha venido con el cuento de no se qué criterios para obtenerlo y la ha dejado con el corazón en un puño. Nada más llegar a casa me ha llamado por teléfono y lo hemos hablado, en valenciano, claro, porque ella nació en un pequeño pueblo de la Ribera Alta (comarca de la Comunidad Valenciana, situada en los márgenes del Xúquer, donde la vid ofrece los famosos moscateles y malvasías de Turís y Monserrat) y carece de conocimiento del español (léase castellano). Mientras la escucho pienso que pese a llevar cerca de un siglo bregando su capacitación profesional es deficiente y que ignora por completo el sistema legal de este país —ella, la pobre, opina que no ir a misa al menos los domingos es delito (¿no lo es, verdad? ¿o sí?) — y cuando hemos hablado de costumbres ella siempre sale con que su vecina tiene costumbre de sacudir la mopa, la alfombra y las migas del mantel por la ventana que da a la calle y que el marido tiene costumbre de dejar que su perro deposite zurullos de elefante en mitad de la acera. Ah y la cultura… la cultura ni mentarla, ella, que estudió lo justo para que el tendero no la engañe con el cambio y saber escribir su nombre. Me dice alarmada que jamás podrá cumplirlos, los criterios, a su edad, que jamás podrá obtener el dichoso visado y lo malo es que tiene razón. Yo pienso igualmente que ya no existe forma humana de integrarla. La verdad es que lo llevo pensando desde hace varios días en que yo también me desayuné con el visado de marras y me da miedo ese pensamiento. Ella me ha telefoneado para desahogarse, para pedirme apoyo y a mí me da miedo mi incapacidad para ayudarla porque mentiría si le dijera que se la puede integrar. Me da miedo decirle la verdad y como ella insiste a lo único que acierto es aconsejarla que no abra la puerta a nadie si Rajoy gana las próximas elecciones, que me llame enseguida, que se espere hasta que yo vaya, por si acaso al GRAN HERMANO se le ocurre acudir a su casa para desintegrarla.

3 comentarios:

Luther dijo...

!Pepe, que se te ven los correajes!

Miguel Ángel Muñoz dijo...

Y lo peor de este fantástico texto es que está a mitad de camino entre la ciencia-ficción y lo pausible. Lo mejor, que el hijo le diga, espérate a que llegue yo...
Un abrazo.

María Jesús Lamora dijo...

Je, je, je.
Me gusta el relato.
Abrazo